75 años de la llegada al trono de Humberto II de Italia, el rey que duró un mes
21:04
9 Mayo 2021

75 años de la llegada al trono de Humberto II de Italia, el rey que duró un mes

Todos quienes conocieron al rey Humberto II de Italia coinciden en señalar su buena planta, su regio señorío, que no necesitaba de tronos ni palacios para hacerse evidente, su discreción, su dignidad en el sufrimiento, su cultura y, sobre todo, un inmarcesible amor por su patria. El “Re di Maggio”, como se le llama por haber reinado sólo en ese mes de 1946, tenía, no obstante, más experiencia de gobierno. Ya en 1944 su padre Víctor Manuel III le cedió la Lugartenencia del Reino, pero sus esperanzas de dedicar su vida a Italia como monarca reinante se vieron truncadas por un referéndum cuya limpieza se ha puesto repetidamente en duda, hasta el punto de que la Santa Sede se negó durante quince años a recibir a los presidentes de la República Italiana. Hace muchos años hablé sobre ese supuesto fraude, en su casa de Bérgamo, con el vicepresidente de la “Consulta de Senadores del Reino” Franco Malnati, autor del demoledor libro “La grande frode. Come l’Italia fu fatta Repubblica”.

Muchos nos preguntamos qué hubiera sido de Italia si hubiese seguido reinando. El país debe a los Saboya su independencia y su unidad. Humberto II nunca abdicó, jamás perdió la regia prerrogativa -es decir, el poder para otorgar, renovar o validar títulos nobiliarios- y demostró siempre un inmenso amor por su pueblo. Baste un ejemplo: cuando Gadafi expulsó de Libia a los italianos, Humberto habló con su amigo Hassan II de Marruecos para que intercediera por ellos. Era 1975 y hacía muchos lustros que había perdido el trono. Siempre recibió a los italianos que pasaban por Portugal y estaba enterado puntualmente de cuanto sucedía en su patria.

Vivió treinta y seis años en la población portuguesa de Cascais: once años en Villa d’Este, de la familia Pinto Basto, trasladándose en 1961 a una casa que no podía tener otro nombre que “Villa Italia”, desde 2008 transformada en hotel. Leía, paseaba su alta figura por las casas de la aristocracia portuguesa y de sus “colegas de la realeza”: Villa Giralda en Estoril, de los Condes de Barcelona, vendida luego al alemán Klaus Saafled, o la Quinta do Anjinho en Sintra, de los Condes de Paris, hoy transformada en Escuela Nacional de Bomberos. Sin olvidar su estrecha relación con su hermana la reina Juana de los Búlgaros, también exiliada en Estoril tras pasar varios años en Egipto y luego en España.

Uno de los recurrentes errores de la humanidad es achacar a los hijos los errores de sus padres. A Humberto no le dejaron demostrar de lo que era capaz, haciéndole cargar con decisiones que se tomaron en el reinado de Víctor Manuel III, y transcurrió su vida en la melancolía de un exilio injusto que le fue desangrando poco a poco, para acabar siendo sepultado en 1983, como deseaba, en la Abadía de Altacomba, en la Saboya francesa, sobre la placidez del lago del Bourget.

Personalmente he visto muchas veces en Ginebra cómo a su único hijo varón, el príncipe Victor Manuel de Saboya, se le cuadraban los monárquicos que aún consideran que ese régimen puede ser una alternativa posible para Italia, sometida con frecuencia a convulsiones políticas que los reyes están en la mejor posición para sosegar. Su madre, la reina María José, nacida princesa de Bélgica, se identificó tanto con los Saboya que en su encantadora villa suiza de Merlinge recibía a sus amigos rodeada de libros sobre la dinastía, algunos de los cuales eran de su autoría. Cuando la reina murió en enero de 2001 vivía yo en Buenos Aires y organizamos un funeral en sufragio de su alma en la iglesia de Mater Admirabilis, al que asistió el Embajador de Italia en Argentina. Aún recuerdo cómo, en las comidas de esa embajada, que ostentaba el conde Giovanni Iannuzzi, se usaban blancos platos de porcelana con el nodo dorado, símbolo heráldico de los Saboya, de esa dinastía que, tras siglos reinando en el ducado de ese nombre, en Cerdeña y en Italia, sigue mirando a su último rey como un ejemplo de grandeza en la dificultad.


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