Adiós masivo a Almudena Grandes
19:00
28 Noviembre 2021

Adiós masivo a Almudena Grandes

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reconoce en el Tanatorio de La Paz (Madrid), que ''su aportación intelectual ha hecho de nuestro país un lugar mejor''. Familiares, amigos y lectores rinden tributo a la escritora, fallecida a los 61 años

"Luego empecé a comprender que el tiempo nunca se gana, y que nunca se pierde, que la vida se gasta, simplemente". Lo escribió en 'Malena no es un nombre de tango'. Y como todo lo que aloja una verdad, termina siendo cierto. Almudena Grandes falleció ayer en su casa de Madrid a los 61 años. El cáncer fulminó a una de las escritoras más respetadas, más queridas, de mejor textura literaria. La sala 17 del Tanatorio de La Paz (Tres Cantos) fue la penúltima parada antes del entierro de mañana en el Cementerio Civil de Madrid, donde tres presidentes de la II República, donde Pío Baroja, donde Grimau, donde Pablo Iglesias (fundador del PSOE), donde Dolores Ibarruri, donde Marcelino Camacho. La izquierda fue su lugar y el republicanismo su fe.

El río de la gente comenzó a llegar al tanatorio a las 11.00, donde la familia de la autora de 'Los años difíciles' resistía el primer golpe de ausencia. Amigos, políticos, lectores, compañeros, escritoras y escritores... El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, llegó entre los primeros: "Su aportación intelectual ha hecho de nuestro país un lugar mejor, con el que estaba tan comprometida", comentó. El poeta Luis García Montero, marido de Almudena Grandes, lo recibió en el velatorio. Minutos antes había salido la presidenta del Congreso, Meritxell Batet; y poco después llegó el ministro de Cultura, Miquel Iceta. La Consejera de Turismo de la Comunidad de Madrid, también se acercó hasta Tres Cantos; igual que el secretario general de CCOO, Unai Sordo; y el Defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo. Así como la Fiscal General del Estado, Dolores Delgado, junto a Baltasar Garzón. Algo más tarde llegó el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero. También la secretaria general de Unidas Podemos, Ione Belarra. Y el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños; el de Exteriores, José Manuel Albares; y la exvicepresidenta, Carmen Calvo.

Los amigos le rendían también este tributo último en pequeños grupos junto a la familia de la escritora: sus hijos, su hermana y hermanos, sus tíos... Los editores Chus Visor, Miguel García Sánchez y Ángeles Aguilera; los escritores Marta Sanz, Domingo Villar, Ian Gibson y Benjamín Prado. La periodista Montserrat Domínguez. Ana Belén y Víctor Manuel. El galerista Álvaro Alcázar. Los directores de cine Mariano Barroso, Charly Arnaiz y Alberto Ortega. Los poetas Luis Muñoz, Raquel Lanseros, Fernando Valverde, José Ramón Ripoll, Joaquín Pérez Azaústre, Martín López Vega (director de gabinete de Dirección del Instituto Cervantes), Ernesto Pérez Zúñiga, Diego Doncel... Una tribu dispar y cómplice convocada alrededor de un frío.

Las conversaciones se cruzaban para rematar casi siempre en un espacio común: Almudena. Su potencia hedonista, su alegría, su condición de imán de mil gentes distintas, su miedo también cuando la enfermedad enseñó finalmente las garras. Y las ganas de ganar. En la última semana dejó preparados los papeles. Hace un par de días su editor en Tusquets, Juan Cerezo, estuvo en su casa de Madrid. Ella le dio instrucciones para la última novela de la saga en marcha, Episodios de una guerra interminable, a punto de culminar con la última entrega, Mariano en el Bidasoa, que remató mientras avanzaba la enfermedad. "Dio instrucciones de cuándo debía publicarse, de cómo hacerlo y de dónde estaba el capítulo último, pues ella siempre escribía la primera versión en un cuaderno y después pasaba el texto ya con las correcciones necesarias al ordenador. Mantuvo fuerza hasta el final, hasta el último día para organizar todo lo que implica a su gran proyecto literario", cuenta una amiga de la autora.

Los llantos se sucedían, pero alguien recordó que uno de los motores de explosión de su vida (junto al compromiso cívico) era la defensa y el contagio de del hedonismo: "La alegría me hizo fuerte porque me enseñó que no existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría", escribió. Hoy, por un tiempo entre los suyos, ha quedado abolida. Perder a un amigo da pánico. Eso es así. Y es lo que también rondaba ayer como un calambre maldito en el Tanatorio de La Paz. La alegría desapareció de golpe el sábado alrededor de las cinco de la tarde en decenas de íntimos, en cientos de conocidos, en miles de lectores. Una noticia corría por los móviles como un tajo: "Ha muerto Almudena Grandes".

No habrá más cenas, más sobremesas iguales, más firmas de libros, más risas que estallan de ese modo suyo contra la atmósfera, inventando para los demás la alegría. "Pero queda su obra", dijo alguien. Quedan las novelas, los artículos, los relatos, las palabras, que suavizan el vértigo de la distancia. A las 15.00, en el Tanatorio de La Paz había una cola de gente con pena para abrazar a Luis en la sala 17. Queda la tarde. Queda el silencio. Queda Almudena, que nos enseñó a recordar.


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