Así reparte comida en los pueblos del Donbás la ONG de José Andrés: ''Cada vez se queda menos gente''
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12 Mayo 2022

Así reparte comida en los pueblos del Donbás la ONG de José Andrés: ''Cada vez se queda menos gente''

La dificultad para conectar ciudades y mantener abiertas las líneas de abastecimiento complican la vida a los habitantes del este de Ucrania

En el Donbás la vida puede durar lo que tarda una bala de Kalashnikov en recorrer el trayecto entre el fusil y el blanco. A 750 metros por segundo, no es ni un abrir y cerrar de ojos. ¡Pum! No importa que seas un civil, un periodista o parte de un convoy de ayuda humanitaria. Pero hoy ha habido suerte, y el malentendido en el control militar ha terminado con un disparo al aire.

La escena sucede a la salida de Vasylivska Pustosh, una pequeña aldea a escasos 13 kilómetros de Kramatorsk. Hasta el 24 de febrero, alrededor de 200 personas habitaban sus calles, ahora “quien sabe”. Respuesta que repiten distintas mujeres, de diferentes edades, alrededor de una furgoneta negra cargada de bolsas blancas con comida.

Al mismo tiempo que el ejército ruso continúa provocando bajas en su contenido avance sobre Donetsk y Lugansk, organizaciones como la World Central Kitchen, ONG del chef español José Andrés, se anticipan a las necesidades generadas por la guerra. “Traemos 150 bolsas con comida y leche porque, aunque esta población no está lejos (de Kramatorsk), no hay autobuses para ir y volver a la ciudad, y apenas pueden comprar algo”, explica Oleksandr Ivanov, uno de los encargados del reparto en Vasylivska Pustosh.

Ya son varias semanas sin agua ni gas, lo que provoca que los vecinos tengan que acudir a este punto de la aldea para llenar sus garrafas.

Ya son varias semanas sin agua ni gas, lo que provoca que los vecinos tengan que acudir a este punto de la aldea para llenar sus garrafas. F.T.

Ahora, docenas de personas se acercan al vehículo en busca de un pack que les nutra de pasta, leche, verduras, hortalizas y otros productos con los que alimentar a sus familias. Lo mismo sucede en una decena de pueblos de una región que está siendo castigada desde el cielo por los aviones y helicópteros rusos.

Desde el boca a boca

Hace semanas que el transporte dejó de funcionar, pocos tienen coche y en la única tienda abierta tan solo venden pan. Todo comenzó como arrancan muchas de las iniciativas en esta zona del país: con una conversación entre amigos. Un vecino pidió ayuda a otro vecino y este a varios más. Al final, lo que iba a ser una cadena local para obtener alimentos más básicos terminó con la movilización de la ayuda internacional a través de un movimiento de voluntarios creado en la capital de Donetsk.

A través del transporte ferroviario, tan importante en esta guerra para la Ucrania que resiste, se realizan descargas en Potrovsk, a 80 kilómetros de distancia. Ha pasado un mes desde el ataque que robó la vida a 57 civiles y la estación de Kramatorsk continúa clausurada.

Los voluntarios llevan un registro de las personas que reciben la ayuda en los diferentes enclaves.

Los voluntarios llevan un registro de las personas que reciben la ayuda en los diferentes enclaves. F.T.

Ya en la ciudad, la mayor parte del trabajo se divide en seis centros que dispone la organización local y los viajes a las poblaciones menos accesibles. Y, aunque algunas personas confiesan que han regresado, son muchas las que se fueron. También entre el equipo de voluntarios que, según confiesa Ivanov, han tenido que reagruparse hasta en tres ocasiones: “Cada vez menos gente se queda, también sucede entre nosotros. La gente tiene miedo y huye”.

Problema de suministros

El cambio de objetivos y estrategia rusa han generado problemas añadidos a Ucrania. Zelenski continúa pidiendo ayuda militar para hacer frente en las llanuras del Donbás, pero más allá de los frentes bélicos del sur y el este, las consecuencias de casi 80 días de conflicto a gran escala comienzan a aflorar.

Los ataques contra la infraestructura ferroviaria y el bloqueo de los puertos del mar Negro ya causan estragos. En el país más extenso de Europa, la mayoría de gasolineras cuelgan el cartel de cerrado y las colas son kilométricas. Existen restricciones para llenar el depósito y los precios han subido.

Limitaciones que, además de frenar algunas huidas en la zona este de Ucrania, también dificultan el reparto de ayuda y el transporte de heridos en ambulancia hasta los centros médicos de Dnipro, la principal ciudad en el centro-este del país. De esta urbe dividida por el río Dniéper, viajan cada día grupos de ciudadanos anónimos desorganizados que transportan medicamentos para sus familias y vecinos de Sloviansk y una Kramatorsk que ha perdido más del 70% de la población.

Hambre colateral

Las consecuencias no se circunscriben a las fronteras ucranianas en un mundo globalizado. Según Naciones Unidas, la cadena de suministro de alimentos “se está desmoronando”, algo que parece va a afectar a la seguridad alimentaria de algunos países, especialmente en Oriente Medio.

Dos mujeres regresan a sus casas tras acercarse a la entrada del pueblo a recoger la comida de la ONG de José Andrés.

Dos mujeres regresan a sus casas tras acercarse a la entrada del pueblo a recoger la comida de la ONG de José Andrés. F.T.

Jakob Kern, director del Programa Mundial de Alimentos ha advertido del "hambre colateral" que van a sufrir en algunas regiones que dependen en gran medida del trigo. El ´granero de Europa´ exporta alrededor del 12% del cereal mundial y en países como el Líbano, las importaciones ucranianas suponen más del 60%.

Cifras y lugares lejanos a una tierra fértil en el Donbás que no se ha cultivado y donde, reconocen, la guerra no tiene nada que ver con la ocupación de 2014. Ocho años atrás, hubo muertos, y cortes en la corriente de luz y agua, pero una parte importante de los prorrusos que pretendieron instaurar repúblicas populares en toda la región eran vecinos sin medios ni experiencia militar.

Ahora, las explosiones impiden el descanso de una población que ha visto pasar los aviones del Kremlin a la altura de sus casas. Los vídeos se comparten a través de las aplicaciones de mensajería y los mapas se consultan más que nunca para tratar de intuir la velocidad y dirección del avance invasor.

“Esta es mi casa y no quiero marcharme”, suspira Tanya, de 34 años, en la cola de Vasylivska Pustosh. Kateryna, su hermana cuatro años más joven, reconoce que el miedo a no poder escapar aumentó con la reagrupación de tropas en el Donbás. Pero tampoco ve el momento de hacer las maletas. “El dinero que tengo no es suficiente para vivir en Europa, ¿a dónde voy a ir? ¿qué podría hacer después?”, se pregunta.

No muy lejos, un vecino rellena garrafas sucias en un pozo, antes de colocarlas sobre una carretilla. Con un cigarro que no se despega de su boca, masculla con franqueza las dudas que surgen estos días a muchos de sus compatriotas: “Estamos mal, pero en el pueblo al menos sé dónde encontrar agua”.

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