Cate Blanchett se hace monumento en la hipnótica 'TÁR', de Todd Field
17:36
1 Septiembre 2022

Cate Blanchett se hace monumento en la hipnótica 'TÁR', de Todd Field

La actriz australiana, que interpreta a una directora de orquesta (primero abusadora y luego cancelada), demuestra como una excelente interpretación es también la mejor manera de dirigir una película

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Mantiene Foucault en su instante más poderoso que el poder no es una propiedad sino una estrategia. Es falso, insiste el filósofo, que el poder se detente o se posea. El poder, básicamente, se ejerce. O, de forma, más radical, el poder nos ejerce, nos configura, nos atraviesa y nos hace ser lo que somos: impotentes (salvo pocas y no muy honrosas excepciones). Y Cate Blanchett, desde la distancia que da ser Cate Blanchett en cualquier lugar incluido el Lido de Venecia, le da la razón. TÁR, la película del estadounidense Todd Field de la que ella es protagonista algo más que absoluta, habla del poder y de sus derivaciones más nocivas o simplemente despreciables. Pero también es básicamente un ejercicio de poder, del poder de la interpretación para no sólo crear un personaje sino para convertir el oficio de actor en una suerte de introducción al hipnotismo. Por abreviar: nadie está a su altura. Es así.

Para situarnos, la cinta, más allá de su historia, significa el regreso a la dirección de un cineasta poco prolífico. O, en la acepción de madre, vago. Field se descubrió al mundo en 2001 con En la habitación, un estudio de personajes tan incómodo y turbio como pautado y cortante. Sangraba y hacía sangrar. A media voz, sin descomponer el gesto, alcanzaba las octavas más altas de un grito ensordecedor. Hubo que esperar a 2006 para asistir a su segundo trabajo, Juegos secretos, algo más irregular, pero mucho más oscuro y exactamente igual soportado por la tensión que aporta el silencio. Y luego... Ya. Hasta ahora mismo, hasta 26 años más tarde... nada. Varios proyectos truncados y una larga y elaboradísima serie de excusas no consiguen más que dar la razón a la madre que todos llevamos dentro y algunos, dentro y fuera. No parece muy aplicado.

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TÁR es la historia de una directora de orquesta poderosa. TÁR es la historia misma del poder de una directora de orquesta. TÁR es, antes que cualquier otra cosa, una radiografía del poder, con todo lo que eso significa, desde la veneración que infunde a su paso la distinguida honorabilidad de una directora de orquesta. Por el camino quedan preguntas tan actuales como la distancia que separa a un creador de su obra o hasta qué punto la maldad del autor se filtra en se filtra más o menos en su trabajo. Por poner etiquetas: #cancelación.

Si se quiere, no son temas nuevos en la corta filmografía del director. En sus dos trabajos anteriores, la manipulación y la obsesión como condiciones necesarias del abuso estaban ya ahí. Pero siempre, pendiente de la intimidad familiar de los lugares comunes, de los sentimientos profundos, compartidos y, en efecto, íntimos. Ahora, Field insiste y dobla la apuesta. Lo que le interesa es el amplio y subyugante marco de símbolos que arrastra consigo la cultura como fuente y emblema del prestigio. El director encamina al espectador por un mundo peculiar, desconocido y, sin embargo, terriblemente ritualizado e institucionalizado.

La primera secuencia coloca a la protagonista en un escenario en el que es sometida a una larguísima entrevista pública. Se trata de, rigurosamente, una presentación. La figura venerada de la directora de nombre Tár es preguntada por cada detalle de una vida descomunal. La cámara se mantiene atenta al compás de las palabras de forma tan meticulosa y fiel como desproporcionada. Y ahí, en ese ritmo a la vez lento y profundo en el que cada inflexión de la voz cuenta y cada gesto anuncia un precipicio, deposita Field toda la película. Y es ahí, donde Blanchett hace acto de presencia.

Blanchett con el director Todd FieldBlanchett con el director Todd FieldTIZIANA FABI/AFP

"Este guion fue escrito para una artista, Cate Blanchett. Si ella hubiera dicho que no, la película nunca habría visto la luz del día", dice el director. Y, la verdad, sus palabras poco difieren de las de tantos otros en este universo que vivimos donde todo son abrazos. Y, sin embargo, en esos primeros minutos imposibles de vértigo y en la escena que le sigue, ella como profesora en la famosa Escuela Juilliard de Nueva York, se comprende que Field no miente. Pasados cinco instantes de reloj sólo hay una directora (de orquesta, de cine y hasta de los elfos). Y ésa es una monumental Blanchett abrochándose, con perdón, su tercer Oscar.

Bien es cierto, y esto contabiliza en el debe del director, que la película vive entera infectada de su propia importancia. El ambiente conduce a ello. Trabajo del director debería haber sido no dejarse impresionar tanto. Pero no hay manera. La música clásica está ahí para -entre otras muchas cosas como emocionar, entusiasmar o hacer pensar- impresionar. Es, quizá desgraciadamente, bandera y etiqueta de prestigio. Y, por ello, impresiona. Y Field, admitámoslo, se deja llevar. Pero eso no hace más que abundar en la idea y certeza de la grandeza de Blanchett. Puede con todo.

Maliciosa, vehemente, cariñosa, manipuladora, adorable, divertida o sólo despreciable. Todo eso es, a la vez o de forma consecutiva y en lo que tarda un ser humano en pestañear, la misma persona en una exhibición de funambulismo tan magnética como arrolladora. Y, lo más evidente, poderosa. El poder, dice Foucault, se ejerce. Primer y último ejercicio: Blanchett en TÁR.


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