Concierto de Año Nuevo: Welser-Möst, sonría por favor
18:06
1 Enero 2023

Concierto de Año Nuevo: Welser-Möst, sonría por favor

No se trataba de convertir la polca rápida de Johann Strauss hijo en un trasunto sinfónico del reguetón que venían de bailar algunos de los resacosos telespectadores. Habría bastado con que Welser-Möst sonriera mientras marcaba, con su impoluto chaleco gris, las entradas de los músicos.

Directo Así vivimos el Concierto de Año Nuevo

Se había volcado Franz Welser-Möst en los preparativos de su tercera intervención como médium de la Filarmónica de Viena durante el concierto de mayor audiencia del mundo. Quería el maestro austriaco evitar a toda costa el déjà vu catódico con un programa que reivindicaba la figura de Josef Strauss (por encima de la de su padre Johann) y que incluía nada menos que 14 obras (de un total de 15, sin contar las tres propinas) nunca antes escuchadas en la matiné sinfónica del Musikverein. Pero ya se sabe que las tradiciones mejor arraigadas no admiten reformulación y el Concierto de Año Nuevo, a pesar de los esfuerzos de Welser-Möst, no sólo cumplió con el guion de los bostezos, sino que se ciñó escrupulosamente a los peores presagios.

Le precede a Welser-Möst cierta fama de director aburrido, sobre todo si nos atenemos a sus dos anteriores comparecencias de Año Nuevo en la Sala Dorada (en 2011 y 2013), muy alejadas de la vitalidad festiva que cabe esperar del repertorio bailable de la familia Strauss y que él se empeña en abordar desde el rigor y la asepsia musicológica, sin apenas concesiones al humor, a la diversión ni mucho menos al desenfreno con que fueron concebidas algunas de estas piezas, en que se describen los nervios de las parejas en las pistas de baile de un parque de atracciones, con tiernas alusiones al fervor carnal de los adolescentes de la época, y que incluso recrean escenas de borrachos caminando por las calles de Viena tras una noche de juerga.

No se trataba de convertir la polca rápida Frisch heran! (¡Venid con alegría!) de Johann hijo en un trasunto sinfónico del reguetón que venían de bailar algunos de los más fieles y resacosos telespectadores. Le habría bastado a Welser-Möst con sonreír mientras marcaba, con su impoluto chaleco gris, las entradas de los músicos de cada sección. Le pudieron los nervios (no es fácil empuñar la batuta ante una audiencia planetaria que ronda los 50 millones de espectadores), pero también un exceso de devoción por un repertorio que conoce mejor que nadie (se jacta de custodiar en la biblioteca de su casa más de 7.000 partituras con todos los valses y polcas de la dinastía Strauss) y que, quizá por eso, no debería dirigir tan en serio.

Lo tendrán fácil los muchos detractores de Welser-Möst, al que han acuñado el sobrenombre de Frankly Worse-than-Most (francamente, peor que la mayoría) obviando los muchos méritos que apuntalan la carrera del director de Linz, incluido el de haber reducido considerablemente la edad media de los abonados de la Orquesta de Cleveland (de la que es titular desde hace 20 años) con sesiones escolares por todos los colegios de Ohio. Por eso, porque ya nadie duda de que dirigir es mucho más que saber leer partituras, sorprende que Welser-Möst insista en resultar tan poco comunicativo, y hasta pacato en su expresión corporal, convencido como está de que sus compromisos se circunscriben a las horas de ensayo, cuando el público no le ve.

Debemos agradecerle, eso sí, que incluyera en el programa insospechados pasajes sinfónicos de gran calidad, como la deliciosa sección de cuerdas del vals Heldengedichte (Poemas heroicos) de Josef Strauss, la fantasiosa introducción de In lauschiger Nacht (En una noche acogedora) de Carl Michael Ziehrer o la sorprendente intervención del fagot en la obertura de Isabella, opereta de Franz von Suppè que Welser-Möst le regaló a su sobrina del mismo nombre (no fue la única dedicatoria personal: la misteriosa Angélica de la polca francesa de Josef Strauss tenía a su mujer como principal destinataria). Otra de las grandes novedades del Concierto de Año Nuevo fue la presencia, por primera vez en la historia, del Coro de Niñas de Viena, fundado en 2004.

Por lo demás, no hubo contratiempos en la escaleta del Concierto de Año Nuevo, que en su 83ª edición contaba con un protocolo de actuación en el improbable caso de que alguno de los valses fuera interrumpido por activistas climáticos. La primera de las tres propinas (la secreta) corrió por cuenta de Johan Strauss hijo y llevaba por título El galope de los bandidos. Luego, como mandan los cánones, el público interrumpió el comienzo de El bello Danubio Azul para que Welser-Möst tomara la palabra en un brevísimo discurso (nada que ver con el de Riccardo Muti en 2021) y parafraseara a Nietzsche («la vida sin música sería un error») antes de dar paso a la más enérgica felicitación del año por parte de los músicos de la orquesta: «¡Prosit Neujahr!».

Después Welser-Möst dirigió el palmeo acompasado del público durante una triunfal Marcha Radetzky, que por cuarto año consecutivo volvió a subir a los atriles en el arreglo firmado al alimón por los miembros de la Filarmónica de Viena en sustitución de la más soldadesca y polémica versión del compositor y miembro del partido nazi Leopold Weninger. La gran noticia que muchos esperaban no se produjo: el nombramiento de la primera directora en hacerse cargo del Concierto de Año Nuevo (con candidatas como Joana Mallwitz, Oksana Lyniv o la todopoderosa Mirga Graþinytë-Tyla) tendrá que esperar, por lo menos, hasta 2025. Mientras el público se deleitaba en el balneario auditivo de las Acuarelas de Josef Strauss, la Filarmónica de Viena envió un comunicado en el que anunciaba al sucesor de Welser-Möst: será el maestro alemán de 63 años Christian Thielemann, quien ya asumió la responsabilidad en 2019.


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