'Crimes of the future': Cronenberg se come a Cronenberg en una ortodoxa celebración de sí mismo
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23 Mayo 2022

'Crimes of the future': Cronenberg se come a Cronenberg en una ortodoxa celebración de sí mismo

El director canadiense vuelve después de ocho años a la dirección para presentar en el Festival de Cannes una hipnótica y brillante celebración de su ideario y de su cine

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Cuenta la leyenda que la diosa Deméter se enfadó de tal manera con Eresictón, el soberbio y sacrílego rey de Tesalia, que ordenó a Limos (el hambre) un castigo ejemplar. Primero vendió su fortuna, luego la de su padre, más tarde la de su reino entero y finalmente acabó convertido en mendigo alimentándose vorazmente de la inmundicia que encontraba. No había manera de saciarse. Y así hasta que decidió comerse a sí mismo; se autocanabalizó. Problema resuelto. Cannes es casi una diosa y su poder para matar de hambre a sus directores favoritos, inconmensurable. David Cronenberg es uno de ellos, quizá (sólo quizás) no tan arrogante como Eresictón, pero sí lo suficiente para estar hambriento de esa Palma de Oro que se le niega año tras año. Fue Premio del Jurado con 'Crash' en 1996, pero el hambre no ceja.

Y así que llegó a este año del 75 aniversario en calidad del más esperado. 'Crimes of the future' es su regreso al cine después de ocho años. Es, como es ley en su filmografía, una película esencialmente sacrílega. La protagoniza su último actor fetiche, Viggo Mortensen, acompañado de Léa Seydoux (una institución francesa) y Kristen Stewart (el último y más joven de los grandes iconos). Se cuenta una historia de transhumanismo, de cuerpos que se transforman y mutan, de carne que se abre a nuevos territorios existenciales y de espacios oxidados por la más grave de las soledades. No hace falta ver más que un fragmento diminuto de un único fotograma para que quede claro que es Cronenberg; un Cronenberg dispuesto a sacrificarse y comerse a sí mismo si es preciso con tal de saciar un hambre que es sobre todo castigo de dioses. Y de Cannes.

Léa Seydoux y Viggo Mortensen en un momento de 'Crimes of the future'.Léa Seydoux y Viggo Mortensen en un momento de 'Crimes of the future'.CANNES

'Crimes of the future' sigue con el aliento suspendido y con una fidelidad casi bíblica buena parte del ideario del Cronenberg más identificable (no diremos clásico). No en balde, el guión fue escrito en 1999; es decir, cuando estrenaba 'eXistenZ', una fábula de metacuerpos a un lado y otro de la realidad. En aquella cinta los personajes se incorporaban orgánicamente a unos juegos que discurrían por universos paralelos. Ahora todo se dirime en la posibilidad de la evolución humana hacia un cuerpo nuevo con órganos nuevos con sexualidades nuevas y con la posibilidad cierta de hacer de los propios desechos en general y de los plásticos en particular su alimento. Como le ocurrió Eresictón antes de autocanibalizarse.

La película vuelve a demostrar la habilidad del director para convertir escenarios anónimos en la estampa del mismísimo Apocalipsis. Los diálogos discurren como la propia música pendiente de electrizar cada centímetro de la pantalla. Es provocación, pero sin escándalo, siempre desde la consciencia de cada uno de los límites. Es parábola, pero únicamente pendiente de sí, sin jugar a las moralejas aleccionadoras. Y luego está la cirugía como el nuevo sexo. Las epidermis se abren con elegancia y de la misma manera que los personajes de 'Crash' caían enamorados de las cicatrices, los de 'Crimes of the future' exhiben su lujuria desde lo más hondo de la carne. Que nadie se asuste, todo está bajo control. Eso que decía el director de un desmayo como mínimo por proyección formaba parte de la campaña de márketing. Aquí todo es mucho más delicado, tenue y magnético.

Kristen Stewart en 'Crimes Of the Future'.Kristen Stewart en 'Crimes Of the Future'.

La película cuenta la vida de Saul Tenser (Viggo Mortensen), un artista conocido por sus performances revolucionarias y subversivas y por su facilidad para 'parir' órganos ante un público encendido como los trapecistas dan volteretas. Con la ayuda de Caprice (Léa Seydoux), una antigua cirujana, escenifica la extirpación y la metamorfosis de sus vísceras. Timlin (Kristen Stewart), investigadora de la Oficina del Registro Nacional de Órganos, sigue de cerca sus prácticas. Y así hasta que un misterioso grupo aparece para convertir a Saul en profeta de la inminente etapa de la evolución humana.

"¿Puede el cuerpo humano evolucionar para resolver los problemas que hemos creado? ¿Puede generar un sistema que le permita digerir los materiales plásticos y sintéticos, no solo con el objetivo de aportar una solución a la cuestión del cambio climático, sino para crecer, prosperar y sobrevivir?", se pregunta Cronenberg convertido en mesías de sí mismo.

La cámara se mueve entre su propia desolación con un gesto de asombro en cada panorámica calculada y sonámbula, en cada susurro, en cada escenificación de lo que tal vez vendrá. Cronenberg en definitiva se organiza un cálido y preciso homenaje a sí mismo que tiene algo de irrefutable mausoleo. Y ahí su virtud y su penitencia. Que nada sorprenda puede ser a la vez una gran virtud y el mayor defecto. Cronenberg se come a Cronenberg en una solemne eucaristía de sí mismo. Pero, como en el caso Eresictón, no hay Cronenberg para tanto hambre.


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