Crónica viajera: de Valladolid a Peñíscola, entre Berlanga, 'El Cid' y más madera
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16 Octubre 2021

Crónica viajera: de Valladolid a Peñíscola, entre Berlanga, 'El Cid' y más madera

Hoy toca darle otro toque a este artículo, convertirlo en un crónica viajera, cultural y miscelánea. Me he pasado el largo puente del Pilar y de la Fiesta Nacional dando tumbos entre Valladolid y Peñíscola, pasando por Madrid solo para encerrarme a trabajar y dejar bien cerrados los grifos de mi casa.

Según he comprobado, media España se lanzó al abordaje de los trenes, que iban petados ya sin huelga de maquinistas. Los trenes hacen por la famosa unidad de España más que los políticos y tanto como la Liga de Fútbol. Los españoles nos plantamos en la otra punta del país y descubrimos que, caramba, allí también hay gente maja, cosas que ver y mucho que comer.

Primera estación, Valladolid. Desde Madrid, y gracias a la vía del Ave y a los túneles, un suspiro, poco más de una hora y ya estás en la entrada del Campo Grande, ese maravilloso parque con pavos reales y con todo el frondor del que hablaba Francisco Umbral, tomándole prestada la palabra a Blas de Otero de uno de sus versos.

El gran centro de Valladolid se pasea divinamente, que diría Luis Escobar, gracias a la peatonalización de muchas de sus calles. Me había invitado la Fundación Miguel Delibes para hablar ante el público con la periodista cultural Angélica Tanarro dentro de un ciclo de largo recorrido llamado Cronistas.

Patio interior del Museo Nacional de Escultura en Valladolid.

Patio interior del Museo Nacional de Escultura en Valladolid. Manuel Hidalgo

La charla, viernes 8 por la tarde, transcurrió nada menos que en el Círculo de Recreo, qué edificio, madre, de principios del siglo pasado, qué fachada, qué cariátides, qué escaleras, qué salones, qué techos, qué biblioteca, qué sala de billar y qué todo.

Angélica y yo hablamos de periodismo, de Luis García Berlanga y El último austrohúngaro y, por supuesto, de Miguel Delibes. Bajo la advocación del escritor, acababa de terminar un Congreso Internacional de Periodismo, organizado por su periódico, El Norte de Castilla, y flotaba en el aire una melancolía del ánimo, un pesimismo de la inteligencia crítica y un obligado optimismo de la voluntad que mira hacia adelante. La crisis del periodismo tiene tela.

La alargada sombra de Delibes

En los actos culturales, ya es de rigor, mayoría aplastante de mujeres, de mediana edad para arriba sobre todo. Los hombres, al sol. Los jóvenes, missings. Acudió al encuentro, y bien que se lo agradezco, mi amigo Gustavo Martín Garzo, que acaba de publicar una novela, El árbol de los sueños (Galaxia Gutenberg). También vino el arqueólogo Germán Delibes, con su mujer, Pepi Caballero, que fue secretaria personal del escritor durante muchos años.

El centenario del nacimiento de Delibes, por la cosa de la pandemia, se quedó corto. En Valladolid, en el Día del Cine Español, la Seminci -empieza el próximo sábado- acababa de proyectar como homenaje El camino (1963), la estupenda película de Ana Mariscal, que se estrena en Francia tras su redescubrimiento en Cannes. En Madrid, en la Biblioteca Regional “Joaquín Leguina” se ha inaugurado esta semana la exposición Delibes más allá de las novelas. El cine y el teatro, comisariada por Jesús Marchamalo. Habrá que verla y agenciarse el catálogo.

Fernando Zamácola, director de la Fundación Miguel Delibes, después del evento circular-recreativo, invitó gentilmente a cenar y a seguir hablando en la terraza de El Bar, un encantador restaurante con pinta entre bistró y taberna ilustrada de toda la vida: qué romanitas de cigalitas, qué rabo de toro deshuesado, qué vino de Toro.

En la Plaza Mayor se celebraba con tiempo primaveral y muchas bodegas una Feria del Vino de la región, y a la mañana siguiente, sábado, cayó un Cigales por probar y un Rueda por contrastar. En Valladolid se come de maravilla, la ciudad tiene más terrazas que Madrid -que ya es decir- y se sirven unas tapas de premio. Pero como no todo iba a ser sufrir con la buena comida y la buena bebida, me diseñé un tour cultural de primera.

De Juan Muñoz y Santo Domingo

En Patio Herreriano, el Museo de Arte Contemporáneo Español de Valladolid, solo ver el edificio y el claustro renacentista del antiguo monasterio de San Benito ya vale la pena. Pero es que ahora mismo se pueden ver dos buenas exposiciones: Tres imágenes o cuatro, con obras del escultor Juan Muñoz, en el vigésimo aniversario de su muerte, y La tierra habla, el cielo escucha, de Guillermo Pérez Villalta.

La primera, con sus característicos conjuntos de “chinos” de cráneo pelado, pequeña, pero intensa. La segunda, con casi un centenar de obras, otro luminoso, colorido y sensual desparrame, marca de la casa, de divinidades, mitos, héroes y humanos. Ambas se pueden visitar hasta el 16 de enero.

Obra de Juan Muñoz en el Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo.

Obra de Juan Muñoz en el Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo. Manuel Hidalgo

El sábado 9 me tomé un respiro entre las flores del jardín romántico de la casa natal de José Zorrilla, pero no entré a verla porque detesto las visitas guiadas. Acababa de entrar, apenas unos pasos atrás, y tras contemplar y atravesar su espectacular portada, en la austera iglesia de San Pablo, donde fue bautizado Felipe II.

Estaba en “Territorio Dominico”, por así decirlo, y poco se está recordando el ochocientos aniversario de la muerte de Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) -en cuatro versiones retratado por El Greco centurias después-, fundador de la Orden de Predicadores. Poco, digo, para lo que dieron que hablar, con su ímpetu y sus disputas teológicas, sus más ilustres y controvertidos dominicos, desde Tomás de Torquemada a Jerónimo de Savonarola, pasando por Bartolomé de las Casas y tantos otros.

Escultura y 'Non finito'

Territorio Dominico fue también el vecino colegio de San Gregorio -otra portada sobresaliente, un patio para quedarse a vivir-, sede del Museo Nacional de Escultura. Me di un garbeo por sus salas, que he visitado varias veces -una antología sublime de la mejor escultura religiosa española e internacional del Renacimiento y, sobre todo, del Barroco-, donde tiemblan el misterio y la sangre por la fuerza trágica y teatral de las obras de Alonso Berruguete, Gregorio Fernández y todos los demás.

Mi objetivo era el Palacio de Villena, justo enfrente, también sede del museo, donde además de ver un impresionante y bellísimo Belén Napolitano de finales del siglo XVIII -enorme, con más de 600 figuras-, me esperaba la exposición temporal Non finito. El arte de lo inacabado, una producción propia del museo en colaboración con Fundación “la Caixa”. ¡Imperdible! Estará abierta hasta el 9 de enero.

Exposición 'Non Finito' en el Museo Nacional de Escultura.

Exposición 'Non Finito' en el Museo Nacional de Escultura. Museo Nacional de Escultura

En seis salas se han reunido obras inacabadas -cuadros, esculturas, fotografías…-, bocetos o proyectos de piezas futuras que sirvieron de puente o quedaron abandonadas por desistimiento del artista o, incluso, por su fallecimiento fulminante mientras las elaboraba, como es el caso de un retrato de Joaquín Sorolla. Hay obras de Dégas, Rembrandt, Picasso y de muy diversos artistas contemporáneos. Todo es bello por sí mismo, todo hace pensar en las incidencias y accidentes de la vida, en lo innecesario, a veces, de la perfección de lo ultimado. Me detuve en el gabinete dedicado al paradigma mítico de lo non finito, la Torre de Babel, con Fritz Lang y la secuencia babélica de su Metrópolis (1927), y me quedé abducido ante un video -dibujos al carboncillo animados- del sudafricano William Kentridge, supongo que de su serie Drawings for Projection, que pasó por el CCCB de Barcelona. ¡Obra maestra!

'Calabuch' y Anthonny Mann

Última estación, Castellón, con coche a la puerta para llegar a Peñíscola. Objetivo: más oficios berlanguianos en unas jornadas municipales oportunamente tituladas Puente hacia Berlanga, esta vez en compañía de Josi Ganzenmüller y de Guillermina Royo-Villanova y de su editora, Christina Linares, que ha editado su ensayo Tamaño natural en Renacimiento.

Al lado de una recomendable exposición sobre Berlanga y Rafael Azcona, comisariada por Luis Alberto Cabezón, actuamos a pleno sol sobre el empedrado de la plaza de Santa María, en la península donde está el precioso pueblo viejo y el castillo de la ciudad. Tocó hablar del erotismo (escaso), de las mujeres (poco protagonistas) y de la misoginia (mucha) en el cine de Berlanga. Y, por supuesto, de Calabuch (1956), que se rodó en Peñíscola.

'Calabuch'.

'Calabuch'.

Sin querer, pero muy a propósito, protagonizamos una absurda escena berlanguiana. Corríamos el riesgo de que el sol del mediodía nos tumbara y fuimos moviendo la mesa, las sillas y los micrófonos del escenario de nuestra intervención -y el reducido público, con nosotros- hacia la zona de sombra: ¡como en la secuencia de la boda de El verdugo (1963), cuando contrayentes, padrinos y celebrante se van moviendo hacia el único cirio que ilumina la ceremonia!

Fue el día 12, apoteosis del puente, y no cabía ni una mochila más, ni un pantalón corto más, ni unas zapatillas deportivas más en Peñíscola. En nuestro hotel, las familias -tercera edad viajera, a tope- se apelotonaban y desbordaban sus platos ante las decenas de fuentes del bufé. ¡Qué apetito voraz tiene el turista antes y después de la playa!

Pero no todo va a ser Berlanga. En Peñíscola puedes comer en un restaurante llamado Calabuch y pasar a al local de al lado a tomar una copa en la terraza de un bar llamado Mio Cid. O viceversa. Y es que, hace ahora sesenta años, Anthonny Mann rodó en Peñíscola El Cid. Habrá que celebrarlo, ¿no?

Sin embargo, ay, que mal nos llevamos los españoles, pese a Sofía Loren, con esa película magistral, y todo por culpa de la apropiación político-cultural que hizo el franquismo de Rodrigo Díaz de Vivar, de los tejemanejes del productor Samuel Bronston con el Régimen y, lo que faltaba, del rifle de Charlton Heston.

Drama íntimo sobre el amor, la lealtad, el honor, la amistad y la traición, con ribetes de tragedia griega y shakespeariana, con aventuras y batallas, El Cid es una película formidable. No es que lo explicara yo -en el desierto y ante el mal disimulado estupor general-, hace quince años, en mi libro El Cid. Mátalo tú (el amor), es que, sobre todo, ya lo había dicho Martin Scorsese, incluso con más entusiasmo si cabe, cuando hizo que su fundación restaurara la película en su condición de gran clásico.

Fotograma de 'El Cid'.

Fotograma de 'El Cid'.

Después (y antes) se han hecho series y Arturo Pérez-Reverte publicó en 2019 su novela Sidi. José Luis Gómez acaba de representar en el Teatro de la Abadía Mio Cid, su versión del anónimo poema épico de 1207 -uno de los principales de la épica europea-, al que los dramaturgos Guillén de Castro (Las mocedades del Cid, 1615) y Pierre Corneille -en El Cid (1636), su mejor obra-, ya le echaron el ojo. Y, copiándose unos a otros, también el músico Jules Massenet, en 1885, para su ópera homónima. ¿Nos va a privar el gusto de Franco de una de las figuras más atractivas y relevantes de la historia, la literatura y el cine? ¡Apañados estaríamos (o estamos)!

Notorious ha publicado, con gran despliegue fotográfico -como acostumbra-, El Cid, libro que reúne textos de Lucía M. Cabanelas, Juan Manuel Corral, Juan Laborda y Víctor Matellano, una completa y documentada guía para conocer los entresijos, los antecedentes, los contextos y, en fin, todos los elementos de la excelente película de Anthonny Mann, una suerte de western medieval con, al menos, una decena de magníficas secuencias, y para qué hablar de la fotografía de Robert Krasker (El tercer hombre) y de la música sinfónica de Miklós Rózsa (Ben-Hur).

Hay muchas cosas que redescubrir en El Cid, si se ve con atención y sin prejuicios, incluso los motivos por los que, en contra de lo que se cree, disgustó a muchos notables del franquismo. Aunque, por las mismas, tampoco es ése el asunto.

Estuvo muy bien el arroz con sobrasada, cortesía de Patricia Artero, en la terraza de Mirinda, ante la interminable Playa Norte de Peñíscola, pero los mosquitos me brearon con nocturnidad en la inquietante (corrientes peligrosas) Playa de las Viudas.

Y, otra vez, coche y tren para el regreso, autopistas y estaciones a rebosar. Otra cosa, no, pero los españoles no paramos quietos. Y, en menos de quince días, otro puente, el de Todos los Santos. Mal momento para empezar una dieta.

Arte Luis García Berlanga Peñíscola Rodrigo Díaz de Vivar Valladolid

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