De Agatha Christie a Capote: diez cuentos de Navidad... pero ninguno de Dickens
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31 Diciembre 2021

De Agatha Christie a Capote: diez cuentos de Navidad... pero ninguno de Dickens

Un baile en vísperas de Año Nuevo, una propina inocente, una reunión familiar en torno al patriarca que acaba fatal, huellas en la nieve, reyes magos nada convencionales... Distintos escenarios y autores diversos (Joyce, Chéjov, Capote, Pardo Bazán) han firmado 10 textos con aroma a la Navidad

MANUEL LLORENTE Madrid Actualizado Viernes, 31 diciembre 2021 - 01:00Enviar por emailComentarCódigo 350 euros de recompensa por descifrar una carta manuscrita de Charles Dickens antes de año nuevo Literatura El problema de Charles Dickens con las mujeres: del odio a su madre a la crueldad con su mujer

Necesitamos que nos cuenten historias y creérnoslas. Da igual que ocurran lejos y en otras épocas con tal de que nos atrapen. Se dice que Charles Dickens inventó la Navidad con aquel cuento de la transformación del malvado y avaro Scrooge donde no faltaba la nieve ni los buenos propósitos, pero hay cientos de leyendas y relatos donde la fantasía, animales, niños y hasta algún crimen al estilo Agatha Christie son los ingredientes de estas 10 invitaciones, tan distintas, ambientadas en estas fechas.

UN ÁRBOL DE NAVIDAD Y UNA BODA (1848). FIÓDOR DOSTOIEVSKI

Nunca pudo bajar la guardia el autor de Crimen y castigo, de quien se ha conmemorado este 11 de noviembre los 200 años de su nacimiento. Cuando no era aquel simulacro de fusilamiento (y posterior confinamiento en Siberia) eran las deudas de juego, o el fallecimiento de una hija o los ataques de epilepsia. «Todas estas crisis de su vida son otras tantas fuentes que vienen a fecundar su arte», escribió de él Stefan Zweig en el libro que le dedicó. Y esa amargura se cuela en las páginas que relatan el episodio de un hombre gordo, Yulián Mastakóvich, que es invitado a un baile infantil en la víspera de Año Nuevo. Enterado por una indiscreción (o una maledicencia, cómo saberlo) que el padre de una niña de 11 años y adorable como un querubín «le había reservado una dote de 300.000 rublos», empieza a rondarla. Es inquietante, sí, el relato. Porque el hombre calcula los años (cinco) que le quedan para poder casarse con ella. Porque la niña acaba de recibir como regalo una muñeca, que es lo único que le interesa. Porque quien relata la historia es otro invitado que ve, sin ser visto, cómo se acerca ese hombre a la niña, cómo se adentra en sus cábalas... Y así.

UN RECUERDO NAVIDEÑO (1956) TRUMAN CAPOTE

Pocos escritores han echado tanto de menos la infancia y su paisaje como el autor de Desayuno en Tiffany's. En la Alabama sureña de los años 20 y 30 aquel muchacho rubio y enclenque no se separaba de una prima solterona y algo tullida que se llamaba Sook. Los dos vivían una realidad paralela e inocente, hacían tartas y soñaban con la nieve. A aquel niño, que deambulaba descalzo por las orillas del río entre serpientes y pasaba la tarde en las ramas de un árbol, lo cuidaron tíos y abuelos porque su madre andaba en la ciudad buscándose la vida y el padre estaba muy ocupado ingeniándoselas cómo timar a algún pardillo. Tanto en Un recuerdo navideño como en Una Navidad (1982) flota ese aire rural de vivir al margen, de contarse chismes, de acercarse hasta una cabaña donde se vende whisky de contrabando, de encender estufas de carbón y noches en las que alguna rama de una higuera araña la ventana que hace temblar al muchacho insomne. Nunca olvidó Truman Capote aquel paraíso perdido que compartió con una niña que llegaría a escribir Matar a un ruiseñor,Harper Lee, en el que cobraban cinco centavos a los adultos y dos a los niños que quisieran ver un polluelo de tres patas.

Truman Capote.Truman Capote.

NAVIDADES TRÁGICAS (1938) AGATHA CHRISTIE

Y tanto que trágicas porque se trata de un asesinato, de un crimen violento que además ocurre en la tarde de Nochebuena. Un anciano impedido logra reunir a todos sus hijos, desde el pusilánime Alfred hasta George, miembro del Parlamento por Westeringham, además del enmadrado David, Harry el trotamundos y las cuñadas (atildadas, taimadas, según). La lista se completa con una muchacha de origen español, el mayordomo (Edward Tressilian) y el detective Hercules Poirot, que dice: «En Navidad abunda mucho la hipocresía». Todos los hijos tienen motivos para matar al viejo Simeon. La codicia del dinero y unos diamantes sin pulir que trajo de Sudáfrica son un buen reclamo. Pero ¿quién es el que parece? Intriga. Y sangre. En el umbral de esta novela, Agatha Christie promete un asesinato en toda regla como respuesta a un devoto quien la afeó que sus últimos crímenes se estaban volviendo «demasiado refinados, decadentes incluso». Nada más lejos, pues como dirá un protagonista, parafraseando a Lady Macbeth: «¿Quién hubiera creído que el viejo tuviese tanta sangre dentro de él?».

EL HUÉSPED DE LAS NIEVES (1982) RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Nunca dijo su autor que este relato fuera concebido como un cuento de Navidad, pero como tampoco hay reglas claras, háganme caso y lea este texto que empieza como si fuera una leyenda: «Había una vez, por los Montes de Toledo...». Puede tener cierto aire a Alfanhuí, pero leve. Los protagonistas son un niño y las huellas en la nieve «de dos palmos» de un misterioso animal que se había acercado hasta los corrales y las cuadras de una casa en el campo, lejos de la aldea. Los animales, dice el padre del chaval, acuden a las casas cuando la nieve lo cubre todo en busca de comida. ¿Volverá? Nicolás mira intrigado por la ventana y ve la luna sobre el bosque donde se esconde el visitante. Su padre urde un plan para descubrirlo si regresa: han de esperarlo durante la noche e intentar atraparlo. Como si se tratara de la llegada de unos Reyes Magos. ¿Qué ocurrirá?

EL CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN (1990) PAUL AUSTER

Puede que usted haya visto su adaptación al cine (cómo no acordarse de Harvey Keitel y William Hurt en Smoke y Blue in the face) pero aquí nos interesa la historia de un escritor que acepta sin mucha convicción el reto de inventarse un cuento de Navidad sin que sepa qué contar. Hasta que entabla conversación con el dependiente de un estanco que tiene una fijación: todas las mañanas durante los últimos 12 años ha estado fotografiando la esquina de dos calles a la misma hora, las siete de la mañana. ¿Y de dónde viene esa manía? El azar le llevó a perseguir a un ladronzuelo de quien recogió su cartera. Y aquí llega cierto espíritu de la Navidad: decide devolverla pero en su dirección no aparece el joven sino su abuela, una señor mayor y ciega. La anciana, a falta del nieto, da por buena la visita del desconocido pues de lo que se trata ese día es de no estar solo. Ojo a esta frase del relato: «Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad».

El escritor Antón ChéjovEl escritor Antón Chéjov

VANKA (1886) ANTÓN CHÉJOV

La imagen de los niños tristes, famélicos, abandonados y también pillos que Dickens describió tiene en este cuento de Chéjov su arquetipo. El médico ruso, hijo de un comerciante que compró su libertad, publicó este cuento el 25 de diciembre de 1886 en La Gaceta de San Petersburgo y a buen seguro que atravesó el alma de más de un lector. Esta narración describe la carta de un niño de nueve años, huérfano de padre y madre, que el día de Navidad escribe a su abuelo en medio de una nostalgia que le ahoga. El ayudante de zapatero le relata su pesar en un Moscú inabarcable, donde «todas las casas son de señores y hay muchos caballos, pero no hay ovejas y los perros no son malos» y vemos al niño mirando sin parpadear los escaparates con anzuelos y sedales que puedan resistir los embates de siluros de 15 kilos. Pero el recuerdo de la aldea destroza al chaval, que escucha desde la ciudad cómo el hielo crujía al paso de su abuelo mientras se iba fijando en los abetos para cortar el más apuesto y llevarlo hasta la casa de los señores donde colocarían los regalos: qué tiempos aquellos en que aún vivía su madre, institutriz de aquella mansión. La carta del niño al abuelo, siempre con pipa, es una súplica y un sueño (¿y una carta a los Reyes Magos?). Cartas que, le han dicho, los «cocheros borrachos las distribuían por toda la tierra en coches de postas con tintineantes campanillas».

UN RELOJ HACE TICTAC EN NAVIDAD PATRICIA HIGHSMITH

Las fotos de la escritora de Texas la muestran (de mayor) huraña y fea, la imaginamos huraña, rodeada de gatos y encerrada en su casa suiza a la que nunca se acercan los niños con lamparillas rojas por estas fechas para pedirle un aguinaldo. Ya, pero resulta que ahí está este cuento que empieza como si lo hubiera firmado Hans Christian Andersen: «¿Le sobra a usted un franco, madame?». Esta primera línea ya sugiere mucho. Y ocurrirá (sí) lo que podemos imaginar: una señora atractiva, chaqueta de tweed y varias bolsas con regalos, sale de un taxi y le da a un niño de unos 10 años dos francos. Y al instante (cómo es la Navidad) un billete de 10. Sin duda Michèle se siente satisfecha pues siente que mantiene su ¿sensibilidad social? Pero vaticina en alto su marido, de humilde cuna: «Ese niño volverá». Volverá él y su hermana pequeña Marie-Jeanne que, ¿hace falta decirlo?, viven en un sótano. Zapatos de regalo, meriendas en la casa de la señora, el niño jugando con el perrito de tres meses de Michèle... pero también ha desaparecido un reloj que era el tesoro más preciado de su marido: la angustia que asalta a esa mujer lleva el sello Highsmith. Está atrapada entre su generosidad, la advertencia de su marido y la posible traición del niño que quizá la esté robando. Giro inesperado, desenlace imprevisto porque, dice el narrador, «la Navidad siempre ponía nerviosas a las personas».

Patricia Highsmith.Patricia Highsmith.

LA ESTRELLA BLANCA (1912) EMILIA PARDO BAZÁN

Este cuento lo protagonizan los Reyes Magos, pero la condesa, que tenía su personalidad, decidió que Melchor fuera el monarca negro y estuviera enamorado del amor, pero sin fortuna. Mal asunto el de exigir el alma a las concubinas, pese a que para ello recurriera a filtros y conjuros o ritos como el de mezclar fragmentos de uñas, cabellos y agua en que sus amadas se habían lavado las manos. Mientras, y en otro lugar, Baltasar se ocupaba más del estudio y contemplación de las constelaciones que de manejar las bridas de su imperio, pese a que un sobrino codicie su puesto. Y Melchor: lo suyo era la conquista del mundo, de él se decía que estaba dotado con el don de la adivinación y antes de entrar en campaña «iba prevenido de augurios y horóscopos». Emilia Pardo Bazán envuelve al lector en un elixir que huele a leyenda. «Tengo el presentimiento de que el cielo habrá de acercarse a la tierra. Mis cálculos me permiten afirman», deja caer Baltasar el Sapientísimo, «que aparecerá una estrella desconocida y esa estrella será la única que tendrá piedad de los humanos». Y esperaron los magos. Hasta que apareció, lenta y majestuosa, y...

EL TENIENTE CORONEL Y LA NAVIDAD (1998) ANTÓNIO LOBO ANTUNES

¿Cómo saber dónde acaba la realidad y empieza la ficción en este escritor (y en la vida misma)? En esos textos breves, sin aparente pretensión, que fue publicando en la prensa del país vecino y que recopiló en Libro de crónicas, iba trazando los perfiles difusos de una época sin tiempo que vivió lustros atrás. Crónica de Navidad es un claro ejemplo, pero le falta la picardía del texto que nos ocupa y que se inicia con el desdén de un hombre retirado, grave y seguramente maniático que detesta las calles iluminadas, la agitación de las tiendas y, harto, descuelga el teléfono para evitar buenos deseos. Pero, ay, es tentado por un vecino para que pruebe su roscón de Reyes, que no tendría mayor importancia si no fuera porque esa noche acudirá a ese piso una cuñada suya, viuda para más señas. El deseo se dispara en la imaginación del militar en la reserva («Llámeme Ofelia, por amor de Dios»), el reloj sigue avanzando, el televisor está apagado, «tal vez no estaría mal compartir el sofá con la cuñada de los collares y de los anillos, espulgándole el escote con la palma por debajo del trozo de roscón por causa de las migas».

James Joyce.James Joyce.

LOS MUERTOS (1914) JAMES JOYCE

Este relato habría que leerlo cada año. Da igual el desenlace (desasosegante). Sólo por llegar a esta frase, al final, merece la pena: «Sí, los periódicos tenían razón: nevaba en toda Irlanda. La nieve caía en cada rincón de la sombría llanura central, y en las montañas peladas...». Dos partes, distintas y complementarias, cosen este relato (magnífica la versión llevada al cine por John Huston) de Joyce antes de ser Joyce: la algarabía de la cena en el baile anual de las señoritas Morkan donde no falta el borrachín al que hay que alejar del licor, el ajetreo de los abrigos, los chanclos y los zapatos, el ponche, el «¿sabe que estoy enfadada con usted?», los cantos desentonados, el discurso ampuloso de Gabriel. Y tras el bullicio, el regreso silencioso, delator, de una pareja al hotel en un coche de punto y la confesión de un amor de adolescencia que llega a través de la melodía de una canción. El muchacho trabajaba en una fábrica de gas y tenía 17 años.

«-Y ¿de qué murió tan joven, Gretta? De tuberculosis, ¿verdad?

-Creo que murió por mi culpa».


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