De Jong da un hilo de vida a un Sevilla embestido por un soberbio Haaland
23:14
17 Febrero 2021

De Jong da un hilo de vida a un Sevilla embestido por un soberbio Haaland

El Sevilla cae ante el Borussia Dortmund por 2-3 y se agarra a la eliminatoria gracias al gol del delantero holandés. La estrella del conjunto alemán suma 18 goles en 13 partidos en Europa

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El Sevilla palideció frente al Borussia Dortmund (2-3) en uno de sus peores partidos de la temporada. Los alemanes vencieron a los de Lopetegui, que acusaron los mazazos de Haaland, imperial y decisivo. El gol de De Jong en el 85 iluminó el partido de vuelta.

Ladró el Borussia Dortmund y mordió el Sevilla. En el minuto 6, tras un buen arranque visitante, Suso fintó en el gajo del área. Primero amagó el disparo con la buena, con su izquierda, luego se la acomodó en la derecha y pateó previsible pero con fe. Hummels, muy blando, algo tapado, envenenó la pelota, alojándola en la red de su portero, un desconcertado Hitz. Un despeje suicida. Tocaba trepar. La ensoñación local terminó mudando a pesadilla.

Jadon Sancho, con sus regates, con su agudeza, mantuvo el ánimo prendido en los suyos. Los dientes apenas se les habían clavado en la carne. No se les notó el gol en contra, al revés, les había incendiado las botas. Haaland hacía de pivote, devolviendo cada balón que recibía, bregando con los centrales, dulcificando el ataque de los alemanes. Incómodos los de Lopetegui; livianos, muy tibios, irreconocibles. En el minuto 20, el noruego se descolgó hacia una banda. Recibió la pelota allí, lejana. La domesticó, la cuidó y se la regaló mullida y suave a Dahoud, que merodeaba el área rival. El centrocampista germano-sirio, con espacio, se preparó el disparo con primor culinario, a su amor, colocando el balón imposible para Bono, que voló en balde.

El tanto desmoronó al Sevilla, que olvidó el plan trazado. Ni presión, ni conquista en los costados, ni severidad atrás. Pura molicie. Apenas ocho minutos después, Haaland se adueñó de la bola, corrió hacia puerta sin ser trabado, regio, con Diego Carlos reculando, apavorado, metus reverentialis; el delantero se apoyó en Sancho, que se la devolvió con precisión, sorteando a la retaguardia blanquirroja, dejándolo completamente solo frente a Bono. No perdonó. Qué gran balonmanista perdió Noruega. Jugada de parqué, de veinte por cuarenta. Si le hubiera derribado un contrario, habrían pitado siete metros.

Una cosa es la superioridad y otra, la tragedia. El Sevilla era de arcilla. Los de Erin Terzic olisquearon el desconcierto y presionaron con rabia. Papu Gómez perdió un balón en el centro del campo. El BVB montó una contra feroz. Reus arrastró el esférico hasta el área de Bono y cedió a Haaland que, oh sorpresa, volvió a ser inclemente, batiendo al marroquí con un disparo cruzado y raso. Se les había ido el partido a los nervionenses ante la exhibición de la otra gran bestia europea, que pareció responder a Mbappé. Lleva el chico 18 goles en 13 partidos en Champions. Y tiene 20 años. Unos números sin comparación posible. El descanso fue una toalla sacudida frente al rostro, algo de aire tras la somanta.

Rakitic cedió su puesto a Gudelj tras el entreacto. Lopetegui quería taponar la hemorragia, agarrarse al partido como el Coyote a la rama. Empezó Papu muy activo, habituado ya al extremo, buscando a un En-Nesyri traslúcido durante la primera mitad. Pero nada funcionaba. El jabeo de los suyos en los primeros minutos tras la reanudación terminó de desquiciar a Lopetegui, que miraba el reloj ofuscado. Munir, De Jong y Óliver Torres entraron en el campo, trocando la punta de ataque sevillista. Insustancial y desesperante frente a la defensa del Dortmund, a priori, uno de sus puntos débiles.

La asistencia de Óscar

El Borussia Dortmund esperaba paciente, ordenado, fatuo. Un derribo de Akanji a De Jong en el área aceleró el pulso de los sevillistas. Makkelie no vio penalti. A falta de veinte minutos, el Sevilla andaba perdido en el centro del campo, en el laberinto de su impotencia, romos, incapaces de inquietar a Hitz, mero espectador, con el látex de los guantes aún inmaculado. Sin ideas en la creación, entró Óscar Rodríguez para abrir alguna ventana a balón parado. Toda búsqueda de luz es honrosa. Y casi lo consigue el centrocampista en su primera aparición, un lanzamiento de falta que se estrelló en el palo derecho del meta suizo de los renanos.

Se notaban las gradas apagadas, el cansancio, la elaborada cerrazón negriamarilla. Terzic comenzó a dar oxígeno a su equipo. Passlack y Brandt salieron a contener el último arreón del Sevilla, ese gol esperanzador para una vuelta que será como bailar sobre cristales. Un gol que llegó, que no se quedó en el limbo de los goles deseados, en ese estrato invisible. No hay héroes sin hazañas, y al Sevilla habían vuelto a involucrarlo en un milagro. Óscar asistió a De Jong que, gélido, cruzó ante el portero visitante. Un gol que es yodo para una herida que parecía profunda.


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