De la ''conducta criminal'' de Nixon al ''diabólico Trump'': similitudes según Woodward y Bernstein
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6 Junio 2022

De la ''conducta criminal'' de Nixon al ''diabólico Trump'': similitudes según Woodward y Bernstein

Igual que Nixon a lo largo de toda su carrera, Trump se ha manejado desde la paranoia, el cálculo diabólico y la división entre fieles y enemigos.

El 6 de marzo de 1972, el senador Edmund Muskie, candidato a las primarias demócratas para las elecciones presidenciales de noviembre, se derrumbaba en medio de un mitin en New Hampshire. Después de haberse impuesto en los caucus de Iowa y Arizona, Muskie partía como el máximo favorito para llevarse el mayor número de delegados en la convención de Concord, donde sus grandes rivales, George McGovern y Pete McCloskey parecían llegar ya con urgencias y necesidades impreiosas. Con el apoyo de un Paul Newman en el apogeo de su fama, McCloskey representaba al ala más izquierdista del Partido Demócrata mientras que McGovern, representante de Dakota del Sur, personificaba las pulsiones más centristas, más "presidenciables" por así decirlo.

En medio, ya quedó dicho, Muskie. Muskie habría sido un formidable candidato, un hombre con gancho entre los independientes. ¿Por qué lloraba entonces Muskie en New Hampshire delante de sus simpatizantes y de la numerosa prensa desplazada a la convención? Porque no podía más. Porque no soportaba la cantidad de artículos difamatorios en la prensa que incluían a su mujer, porque no entendía de dónde habían salido todas las grabaciones y las supuestas comunicaciones privadas que no dejaban de salir en los medios afines al Partido Republicano y el presidente Richard Nixon. Porque se sentía una marioneta en manos de un poder desconocido. Un poder demasiado fuerte como para oponerle resistencia.

Lo curioso de todo esto es que, pese a la persecución de 'Tricky Dicky' y sus secuaces, Muskie ganó en New Hampshire... y aún tendría tiempo de ganar en Illinois dos semanas más tarde. Su canto del cisne. A partir de ahí, el candidato se vino abajo definitivamente y dejó camino al elegido en la sombra por el propio presidente: George McGovern, a quien Nixon barrería con facilidad en las elecciones de noviembre, con un 61% del voto electoral y el triunfo en todos los estados de la unión excepto Massachusets. El triunfo más amplio de la historia de la democracia estadounidense hasta que Ronald Reagan destrozó a Walter Mondale para ganarse la reelección en 1984.

Regreso al Watergate

Regreso al Watergate Javier Muñoz

Cuando hablamos de Nixon o del Watergate, nos vienen imágenes de Hollywood. Pensamos en aquel complejo de edificios y en aquellos torpes espías y en el pérfido presidente que lo controlaba todo. Cuando Bob Woodward y Carl Bernstein hablan de Nixon y el Watergate, les vienen imágenes de las lágrimas de Ed Muskie en New Hampshire. Porque el objetivo de toda la trama no era otro que hundir a Muskie y manipular al votante demócrata. Conseguir que Nixon tuviera que pelear contra el candidato que menos posibilidades de triunfo tuviera.

Este domingo, justo 50 años después, ambos periodistas lo recordaban en un artículo publicado en The Washington Post, donde se descubrió toda la investigación inicial. ¿El objeto del artículo? Utilizar el pasado para no repetir los errores y, sobre todo, dar contexto histórico a lo que Trump intentó hacer en las semanas posteriores a las elecciones de noviembre de 2020.

Contra la democracia

El gran parecido entre Nixon y Trump es la falta de escrúpulos. No es casualidad que personajes abyectos como Roger Stone presuman de haber trabajado en las cloacas para ambos. Tanto uno como otro han estado siempre dispuestos a hacer lo que fuera por conseguir sus objetivos políticos personales. Los dos han coincidido en situarse siempre por encima de la ley o, al menos, en considerar ilegal solamente aquello que, de hecho, recibía castigo.

Lo que sorprende a Woodward y a Berstein -lo que sorprende al mundo entero, en realidad- es que Estados Unidos y sobre todo el Partido Republicano hayan asumido como propio este planteamiento totalmente inmoral.

Donald Trump y Richard Nixon se saludan en una gala en Houston en 1989.

Donald Trump y Richard Nixon se saludan en una gala en Houston en 1989. YouTube (AP)

Que la conducta de Nixon fue criminal lo sabemos porque el Tribunal Supremo lo puso contra las cuerdas hasta que se vio obligado a dimitir. Siempre se relaciona a Nixon con el término 'impeachment', pero Nixon -como Trump casi 50 años más tarde- no fue relevado por el poder legislativo, sino que renunció justo antes. Sabía que esa era la única escapatoria ante la opinión pública. Tenía la batalla perdida en el Congreso y sólo la dimisión podría garantizarle el indulto posterior de Gerald Ford, al retirarse en la práctica de la actividad política por voluntad propia y dejar de suponer una amenaza.

Con todo, había algo más grave en Nixon que el propio delito en sí. Lo que pretendía con su interferencia criminal en las primarias demócratas era atentar contra el proceso electoral, contra la máxima expresión de la voluntad soberana del pueblo. Es imposible que, al recordar todo esto, no venga a la cabeza la intervención rusa en 2016 a favor de Trump y en contra de Hillary Clinton y, sobre todo, la organizada y meditada labor de desinformación que partió de la posterior administración republicana con el fin de generar el clima que derivó en los altercados del 6 de enero de 2021, cuando un grupo de energúmenos asaltó el Capitolio, puso en peligro la seguridad de centenares de senadores y congresistas, allanó sus despachos, robó sus documentos privados y causó la muerte de hasta cinco personas.

El hecho de que, hasta el momento, la justicia estadounidense se haya mostrado incapaz de vincular legalmente a Donald Trump con ese asalto no quita para que Woodward y Bernstein vean la sombra del expresidente en todo el proceso. Ya en su libro 'Peril', escrito junto a Robert Costa, Woodward detallaba todos los pasos y todas las reuniones que hicieron posible no sólo que el discurso de las "elecciones manipuladas" incendiara a los que acudieron armados a Washington D.C. aquel 6 de enero, sino que pusiera contra las cuerdas al mismísimo vicepresidente del país, Mike Pence, máxima autoridad como presidente del Senado en el proceso de traspaso de poderes.

El estratega y el populista

Igual que Muskie en 1972, Pence fue colocado en el centro de la diana en diciembre de 2020 como forma de presión para que revirtiera el resultado electoral y consiguiera, mediante una serie de subterfugios disparatados, la repetición de las elecciones en los estados en los que Trump había perdido por un puñado de votos o, directamente, eliminara los resultados de dichos estados, lo que daría la victoria de Trump en el colegio electoral y le daría cuatro años más de mandato.

Igual que Nixon a lo largo de toda su carrera, Trump se ha manejado desde la paranoia, el cálculo diabólico y la división entre fieles y enemigos. Ninguno de los dos creyó nunca en la democracia más que para servirse de sus recursos y sus debilidades. En palabras de Nixon: "Si un presidente hace algo, por definición no puede ser ilegal". Algo parecido debió de pensar Trump 50 años más tarde. Algo parecido debe de estar pensando hoy en día, pues sigue insistiendo en conspiraciones y en fomentar el odio en vez de reconocer, por un solo instante, que de verdad perdió en las urnas.

Estas son las similitudes entre Nixon y Trump. Con todo, lo que asustan son las diferencias. Nixon fue siempre un estratega y un pésimo populista. Necesitaba controlar todo porque entendía que no podía dejar su éxito en manos de su carisma. La penosa derrota ante John F. Kennedy en noviembre de 1959 le enseñó un par de cosas para el resto de su vida: siempre habrá alguien más popular que tú... y siempre es bueno que los "fontaneros" estén en tu equipo.

Regreso a Watergate. Primera parte: el espionaje

Regreso a Watergate. Primera parte: el espionaje Javier Muñoz

Trump, sin embargo, no entiende de estrategias. En cambio, es tremendamente carismático. Igual que el Partido Republicano dio la espalda a Nixon en cuanto se acreditaron sus felonías, temeroso de que la mala reputación del presidente se llevara por delante al resto del GOP, nadie parece atreverse a reconocer 50 años más tarde que Trump está desnudo. Esa es la verdadera amenaza de Trump: que no es pasado sino presente. Que sigue manejando los hilos de la llamada "alt-right", que sigue decidiendo con su apoyo quién se presenta y quién no a senador, a congresista, a gobernador... que sigue liderando las encuestas de cara a una posible candidatura en 2024, cuando tenga 78 años.

¿Segunda venganza?

Igual que los republicanos de 1974 entendieron en su momento que los límites que había cruzado Nixon eran intolerables al margen del castigo que merecieran, los de 2022 siguen pensando que mientras no haya castigo, no se puede hablar de crimen. Tanto los altos cargos como los votantes de a pie. Trump no sólo no ha pagado sus increíbles excesos, en rigor muy superiores a los de Nixon, sino que ha conseguido hacerlos pasar por materia de debate político. Ellos contra nosotros. Un hombre que mandó a una multitud rabiosa contra su vicepresidente.

En un contexto en el que los índices de popularidad del presidente Biden apenas superan el 40% - la guerra en Ucrania no ha servido en absoluto para mejorar su imagen-, parece que cualquier candidato republicano partirá como favorito en las próximas presidenciales. Ahora bien, si ese candidato es Trump, la ventaja según el portal de encuestas FiveThirtyEight, estaría entre los tres y cinco puntos en el voto popular, lo que equivaldría a una comodísima victoria en el colegio electoral. Nixon intentó socavar los cimientos de la democracia estadounidense y fue condenado al exilio político. Trump hizo lo propio y es el héroe de la mitad de la población, que le espera como un Mesías en su segundo advenimiento.

La frase que se recoge en la contraportada del citado libro de Woodward y Costa resume a la perfección todos los miedos que despierta Trump entre los votantes independientes: "No creo que vea (las elecciones de 2024) como una segunda oportunidad sino como una venganza". Dar un golpe de Estado desde el poder y fracasar es complicado. Dar dos y no conseguir tu objetivo es prácticamente imposible. Dicho objetivo, en el caso de Trump está claro: el poder total, sin límites ni estorbos. El fin, en definitiva, del famoso sueño americano. Es lógico que los que lucharon por mantenerlo vivo hace 50 años hagan saltar hoy todas las alarmas.

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