Dembélé es el salvador del Barcelona
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6 Abril 2021

Dembélé es el salvador del Barcelona

El francés marca en el minuto 90 y coloca al conjunto azulgrana a un punto del Atlético, tambaleante líder. Los vallisoletanos sólo cedieron tras la expulsión de Plano en el ocaso

Nadie es indemne a la angustia. Ni mucho menos los futbolistas, encerrados en un perverso sistema en el que el éxito debe ser la rutina, nunca la anomalía. El Atlético de Simeone comenzó a perder puntos cuando le hicieron creer que perder esta Liga sería poco menos que una deshonra. Mientras que el Barcelona, al que la noche del domingo se le dio por campeón cuando tres páginas atrás era sólo un equipo desahuciado, también evidenció que su principal enemigo no será el fútbol, sino la ansiedad. Superó a un heroico Valladolid que sólo cedió cuando el árbitro le condenó a jugar con un hombre menos. Y lo hizo en el minuto 90 gracias a su jugador más incomprensible Dembélé, tras intervención de los suplentes Araujo y Trincao. El fútbol emociona porque nadie se lo explica. Los azulgrana quedan a un punto del Atlético, tambaleante líder de la Liga.

La citada ansiedad también pueden sufrirla los árbitros. Como Jaime Latre, que tuvo una pésima noche. Ya no tanto por no señalar un penalti por mano de Jordi Alba, que también se libró de que le señalaran una falta antes del gol definitivo, sino por expulsar a Óscar Plano por una zancadilla a Dembélé a diez minutos del final. Con una amarilla debía haber bastado. Pero la deficiente colocación mostrada por el colegiado durante toda la noche, sin duda, le condicionó.

La frustración de Sergio González no podía ser mayor. Se trata de un entrenador fantástico. Sólo puede serlo alguien que lleva tantos años gestionando como nadie la miseria. Había llegado al Camp Nou con 12 bajas, entre enfermos de Covid, lesionados y sanciones. Sin quejas ni discursos acomplejados, reestructuró como pudo el equipo, martirizó a Koeman en la pizarra con un sistema siamés, y puso en un serio aprieto a un Barcelona que no perdía frente al Valladolid desde 1997. Aquel día, por cierto, Eusebio Sacristán, el otro héroe nacido en la vieja hierba de Wembley, demostró que también tiraba las faltas como los ángeles.

Koeman no había enfocado bien la noche, insistiendo por cuarto partido consecutivo con el mismo once titular. Era el equipo que le venía funcionando a las mil maravillas, cierto, pero que necesitaba una vuelta de tuerca. Ya fuera porque De Jong y Messi estaban apercibidos en la semana del clásico en Valdebebas -el argentino, apocado, no escondió su temor a ser amonestado-; ya fuera porque mantener tres centrales frente al Valladolid no podía tener demasiado sentido; ya fuera porque Dembélé, como ariete de referencia frente a equipos que se atrincheran en su área, no funciona. Dembélé necesita espacios para correr, no baldosas con las que tropezar. Koeman se corrigió tras el descanso. Primero con el esquema, del 3-4-2-1 al 4-3-3, y luego al 4-4-2. Y después con los cambios en masa. No le quedaba otra tras lo visto en el primer acto.

Incapaz el Barcelona de abrir el campo a los carriles de Dest y Jordi Alba y atrapado en los pasillos interiores sin que Pedri pudiera enlazar esta vez su juego con Messi y Griezmann, el Valladolid encontró facilidades cada vez que atrapó una transición. Quien más cerca estuvo de inaugurar el marcador fue Kenan Kodro, al que quizá le vino a la cabeza alguno de los goles que marcó su padre, Meho, en el Camp Nou. El testarazo de Kenan tras imponerse a Mingueza, sin embargo, se estrelló en el larguero.

Pero la amenaza del Valladolid no acabó ahí. Fue Roque Mesa otro de los que más disfrutó de las facilidades ofrecidas por los azulgrana. Erró dos veces en el disparo, pero ahí quedó su estampa, corriendo tan ancho 30 metros por la garganta del campo mientras los centrales se abrían a su paso.

El Barcelona nunca encontró la paz. Algunas veces nervioso por su escasa precisión en el ataque estático, otras inquieto por el crecimiento del portero Masip, determinante con dos manos de hierro ante disparos de Pedri, con el palo como punto final, y Dembélé, a quien Griezmann no pudo complementar.

Pero el Valladolid, lejos de arrugarse, continuó husmeando la sangre. Olaza apretó aún más la soga con un tiro al lateral de la red. Y los azulgrana miraron al cielo, y suspiraron, cuando el balón tocó en la mano de Jordi Alba en el interior del área. Óscar Plano encabezó las protestas, pero los jueces debieron interpretar que el gesto del carrilero no era antinatural. Lo que quizá no esperaba Plano es que el colegiado le recompensara después con una expulsión. La misma que abrió los cielos a un Barcelona al límite de la cordura, pero que celebró el gol redentor de Dembélé con ánimo de campeón. Fue un zurdazo al primer palo de aquellos que marcan. Quién sabe si una temporada. Quién sabe si incluso una carrera.

Lovecraft, que algo de demonios sabía, los que crecen en las entrañas pero también los que acechan a la vuelta de la esquina, quizá definiera lo que le está ocurriendo al delantero: "Nunca intento escribir una historia, sino que espero a que una historia pida ser escrita. Cuando empiezo a trabajar deliberadamente en la escritura de un cuento, el resultado es insulso". Dembélé ha asomado cuando la gente ya se había hartado de esperarle. Cuando su relato, preconcebido por las expectativas, siempre traicioneras en el fútbol, había llegado a ser demasiado absurdo. Pero su historia ya pide ser escrita. Es la diferencia.


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