Desvelado el misterio de la última bandera de Azaña: una intriga política que enfrentó a Aznar y a Felipe
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15 Agosto 2022

Desvelado el misterio de la última bandera de Azaña: una intriga política que enfrentó a Aznar y a Felipe

Al descubierto las peripecias alrededor de la aparición y desaparición de la bandera: intervienen Barrionuevo, Aznar, González, Suárez o Juan Carlos I.

Esta historia, como cualquier historia surrealista, empieza en un café de París con Fernando Arrabal. Cuenta el genio que un día, en Moncloa, vio a José María Aznar envuelto en una bandera de la República. Era la tricolor con la que Manuel Azaña cruzó al exilio.

Con la historia de esa bandera podría escribirse una serie de televisión. Lo tiene todo: un enfrentamiento entre Aznar y Felipe González, la aparición de Juan Carlos I, la presumible mediación de Adolfo Suárez, un zulo en las catacumbas de la Policía, la intervención de la Gestapo… Y eso es lo que vamos a hacer ahora, ahormar ese intento de guion.

La primera parte es conocida, pero no por ello la dejaremos fuera del reportaje. Resulta estrictamente necesaria para comprender lo que vino después. Luego aportaremos nuevos datos, la investigación que da cuenta de cómo acabó la bandera en manos de Aznar. Y lo más importante: qué fue de ella. Porque ya no está en el palacio de La Moncloa.

[Con Fernando Arrabal, el Genio Que Lo Vio Todo: de Aznar 'Envuelto' en la Bandera Republicana a las Orgías de Dalí]

Vayamos con el principio. Es la madrugada del 5 de febrero de 1939. Manuel Azaña, presidente de la República, huye de España a través de la carretera gerundense que atraviesa los Pirineos para acabar en Francia. No volverá a pisar su país. El enemigo, según los historiadores, está a apenas treinta kilómetros.

Antes de partir, por la tarde, ha pasado revista al destacamento presidencial que vigila su seguridad. Mejor que lo cuente el propio Azaña: "Al marcharme, el batallón formó de nuevo. Tambores y trompetas batieron. Desde la cabeza de la formación, descubierto, grité: 'Soldados, ¡viva la República!'. Respondieron con frenesí (…) La escena, en su sencillez, era desgarradora. Todos, y yo mismo, un poco por sorpresa, nos dimos cuenta de lo que significaba. Me alejé despacio, solo, delante del acompañamiento que me seguía en silencio. La verdad es que yo no podía más. Dos días antes había recogido la bandera del batallón, que ahora, desplegada en una de las paredes de mi cuartito de trabajo, es tema de contemplación ascético-política porque me servirá de mortaja".

Esta es la bandera de la República con la que Azaña cruzó al exilio el 5 de febrero de 1939. Hoy se conserva en el Museo del Ejército, en Toledo, tras años de apariciones y desapariciones. No está expuesta al público todavía porque a punto estuvo de quemarse en un incendio.

Esta es la bandera de la República con la que Azaña cruzó al exilio el 5 de febrero de 1939. Hoy se conserva en el Museo del Ejército, en Toledo, tras años de apariciones y desapariciones. No está expuesta al público todavía porque a punto estuvo de quemarse en un incendio.

Ahí aparece la bandera que tenía Aznar. La bandera que vio Arrabal. La que podría definirse como la última gran bandera de la República, aquélla con la que Azaña decidió envolver su ataúd. Aunque finalmente no pudo hacerlo. 

Volvamos al alba del 5 de abril del 39. El camino, embarrado. Las luces del amanecer. Y el coche que se queda parado. Entonces Azaña, que va acompañado por el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, y por el presidente del Gobierno, Juan Negrín, comienza a caminar. 

"Hacía un frío glacial, no mayor, sin embargo, que el que llevábamos en las almas. Temporalmente, todo había acabado y la república y la libertad nacional, agonizantes la víspera, estaban muertas. El último homenaje a las potestades caídas fue el tributo de los carabineros destacados en el puesto fronterizo, quienes, rígidos, presentaron armas al presidente Azaña. La luz desvaída del amanecer descubría, sinuoso, el camino del destierro". Así lo describiría años después Martínez Barrio en sus memorias.

Formaba parte del cuadro, también, la multitud "famélica" y "enloquecida" que marchaba al exilio. Había mujeres pariendo en las cunetas, soldados esqueléticos apoyados en sus fusiles. El ambiente está recogido con multitud de datos y testimonios en La última salida de Manuel Azaña, de Federico Jiménez Losantos (Planeta, 1994).

La bandera protagonista de este artículo sobrevivió a aquella comitiva. A un exilio que pasearía a un débil Azaña por varias ciudades de Francia. Hasta que se instaló en una casa de Pyla-sur-Mer, cerca de Arcachon, donde pudo desempaquetarla y colocarla junto a su escritorio.

Manuel Azaña en Francia junto a su familia. Tenía 59 años, pero parecía un anciano fruto de su delicada salud.

Manuel Azaña en Francia junto a su familia. Tenía 59 años, pero parecía un anciano fruto de su delicada salud. Asociación Manuel Azaña

El robo

En el verano de 1940, Azaña y su mujer huyen en dirección a Montauban, donde el presidente de la República fallecerá cuatro meses después. En Pyla-sur-Mer quedan su cuñado, Cipriano Rivas Cherif, y buena parte del archivo de ambos. A Rivas Cherif lo detiene la Gestapo en colaboración con la Policía de Franco. Se lo llevan a España en un camión —como él mismo recordará— lleno de baúles y documentación. En uno de esos baúles está… la bandera.

Franco supervisa todo ese material. Siempre estuvo obsesionado con los escritos de Azaña. De hecho, con unos cuadernos robados previamente al expresidente, el primer biógrafo del dictador, Joaquín Arrarás, publicó en la España del régimen unas Memorias íntimas del republicano que, mutiladas, tenían como objetivo retratar con oscuridad a su autor.

El caso es que, después de unos cuantos tumbos, todas aquellas cajas de documentación y también la bandera caen en manos de un personaje llamado Eduardo Comín Colomer, escritor y director de la Escuela de Policía. Este hombre se vale de los papeles de Azaña para escribir libros como su Historia secreta de la II República. Los tiene escondidos en una especie de zulo. Cuando se jubila, en 1972, allí se quedan.

El hallazgo

Llegamos ahora al final de lo que podría ser el primer capítulo de la serie. Es 26 de enero de 1984. José Barrionuevo, ministro del Interior, está comiendo con los periodistas Alfonso Palomares y Luis María Anson en el restaurante Cabo Mayor, en Madrid. Recibe una llamada del director de la Policía, Rafael del Río: "Ministro, tiene que venir corriendo a la calle Miguel Ángel, a la sede de la Escuela de Policía. Hemos encontrado algo. Parecen papeles de Manuel Azaña". 

Lo mágico de esta historia es que, todo el tiempo, los objetos de Azaña van cayendo en manos de personas obsesionadas, por admiración o detracción, con el expresidente de la República: Franco, Aznar, González, Barrionuevo…

Porque Barrionuevo tenía entonces una extraña manía. Citaba a Azaña en casi todos sus discursos. De hecho, cuando González le anunció que sería ministro, ambos hablaron en privado de Azaña, de cómo la seguridad se le fue de las manos a la República.

José Barrionuevo, en el centro, en aquellos años ochenta.

José Barrionuevo, en el centro, en aquellos años ochenta.

Esta reconstrucción de los hechos es posible gracias a una entrevista mantenida por EL ESPAÑOL con un importante miembro del gobierno felipista. Alguien, para más inri, presente en el hallazgo de los archivos. Una de las primeras personas que tuvo en sus manos aquella bandera con la que Azaña salió de España por última vez.

Total, que Barrionuevo se va para allí… con Anson y Palomares. El director de ABC, como es lógico, prepara un dispositivo para dar la exclusiva al día siguiente. Será un gran scoop.

Habla ahora el propio Anson, que atiende a este diario vía telefónica: "¡Fue una operación de primer orden! ¡De una grandísima importancia histórica! Con aquellos papeles aprendimos que el mito de la República era falso, que Azaña había dejado por escrito la degeneración de aquel sistema". Anson no pierde oportunidad para dar clase de Monarquía.

"Azaña nunca perdió el sentido crítico. Aunque en su tiempo fue un escritor sin demasiados lectores, siempre tuvo mucho prestigio entre los intelectuales. Sólo lo cuestionaba Ortega y Gasset. Aquella bandera debió de ser muy importante para él, estaba entre sus papeles", remacha Anson.

Seguimos: el grupo Prisa monta en cólera. ¡ABC, el diario monárquico, publica en exclusiva los papeles de Azaña! En El País —esto lo contará Barrionuevo años después—, piensan que el ministro del Interior se lo ha filtrado deliberadamente a Anson. 

A modo de queja, El País [esta es la versión que recoge Barrionuevo en sus memorias] publica como "noticia de portada" las manifestaciones de "un delincuente de Tocina (Sevilla) diciendo que un subteniente de la Guardia Civil le ha lesionado un testículo con un rodillazo".

Lo que Barrionuevo encuentra sobre la mesa es esto: 16 cajas de cartón repletas. Documentos, manuscritos, pruebas de las memorias, cartas, telegramas, fotos y… la bandera del batallón de la escolta presidencial.

La bandera protagonista del artículo una vez fue catalogada.

La bandera protagonista del artículo una vez fue catalogada.

Está, podemos decir, casi todo Azaña. Tan solo faltan los hoy llamados "cuadernos robados"; es decir: las memorias de los años 1932-1933. Estos papeles se los robaron a la familia Azaña en Ginebra antes de que la Gestapo se hiciera con todo lo demás. Franco quiso para sí esos cuadernos.

Mucho más tarde, en diciembre de 1997, Carmen, la hija del dictador, se los entregará a la ministra de Educación y Cultura, Esperanza Aguirre. Entonces sí, ya estaría todo Azaña. Existe una edición exquisita (Taurus, 2008) de las Obras completas, a cargo de Santos Juliá.

¿Qué hacer con la bandera?

Pero estamos en la sede de la Policía de la calle Miguel Ángel, año 1984. Barrionuevo llama al presidente González y le cuenta lo que han encontrado. El Gobierno organiza una gran conferencia de prensa para mostrar el material a los medios. Después, se decide donar la mayor parte al Archivo Histórico Nacional, salvo las cosas más personales, que vuelven a la viuda del expresidente de la República, Dolores Rivas.

La bandera, según confirma un ministro de aquel tiempo a EL ESPAÑOL, permaneció "un tiempo" en la caja fuerte del Ministerio del Interior. "Era una bandera lujosísimamente bordada", evoca esta fuente.

Azaña nunca pudo enterrarse con ella porque su inhumación tuvo lugar en la Francia ocupada de Vichy. Se prohibió la insignia republicana, así que se cubrió el féretro con una bandera de México. Circula por ahí la historia de otra bandera que llegó a manos del Gobierno de Zapatero en 2008. La entregaron las hijas de un guardaespaldas de Azaña y aseguraron que llegó a estar sobre el ataúd hasta que los policías la retiraron. 

Sin embargo, esa no es la bandera que acompañó a Manuel Azaña al exilio. No es la que tuvo en sus manos el presidente de la República; la que le servía, en el cuartito de trabajo, para sus "contemplaciones ascético-políticas". La que quiso de mortaja.

Entierro de Azaña en Montauban (Francia). Como se puede ver, el ataúd va desnudo, sin bandera.

Entierro de Azaña en Montauban (Francia). Como se puede ver, el ataúd va desnudo, sin bandera. Centro de la Memoria Histórica

Seguimos con el deambular de la bandera: Barrionuevo, que no sabe qué hacer, alumbra la idea de entregársela a Juan Carlos I. Se le ha ocurrido porque el monarca posee una amplia colección de banderas históricas. Llama a Zarzuela. Habla con el Rey, que le responde: "No es una buena idea". Insiste en alguna otra ocasión, pero nada.

Llega 1988. José Barrionuevo abandona el Ministerio del Interior. Así que, en un Consejo de Ministros, se la da a Felipe González, que la guarda en su despacho de Moncloa.

Aznar ya sabe que esa bandera está ahí cuando alcanza la presidencia en 1996. Probablemente se haya enterado un par de años antes durante la presentación del libro de Jiménez Losantos. Porque compartió escenario con Barrionuevo. 

Es un tiempo en que el líder del PP lee con furor a Azaña. Mejor dicho, lo estudia. Todo empezó cuando su entonces novia, Ana Botella, le regaló una edición de sus obras completas, por entonces muy difíciles de conseguir. La compró en la Cuesta de Moyano.

El relato de Aznar

Ahora es el propio Aznar quien traza el relato en una conversación con este periódico. Cuenta que sólo le pidió una cosa a González cuando se acercó el traspaso de poderes: que no se llevara la bandera de Azaña, que la dejara en el despacho. Pues bien: según Aznar... González se la llevó. ¿Adónde? EL ESPAÑOL se ha puesto en contacto con el expresidente socialista a través de su fundación, que remite esta respuesta: "Nunca se sacó la bandera de Moncloa". Es decir, niega la mayor.

Aznar, ya presidente del Gobierno, charla con Adolfo Suárez, que tenía muy buena relación con uno y con otro. Aznar le cuenta lo sucedido. Pasan unos días. De pronto, llega a Moncloa un paquete. Lo envía Felipe González. Dentro… la bandera. Es razonable pensar que Suárez medió para que ocurriera, pero Aznar no sabe qué pasó exactamente. Y González niega que se llevara la bandera y, por tanto, también que la enviara en un paquete.

Aznar, en una imagen reciente.

Aznar, en una imagen reciente. Pedro Puente Hoyos Efe

La bandera, en cualquier caso, ha regresado al despacho de la Presidencia del Gobierno de España. En esos días de finales de siglo, Aznar organiza unas cenas en palacio con escritores que le resultan interesantes. A todos les muestra el hallazgo. Lo hace casi como si fuera un ritual, desdoblándola cuidadosísimamente.

Uno de los que presencia la escena es Fernando Arrabal, que lo contará así en una entrevista con este diario: "Estuve en La Moncloa con Aznar. No sé si esto se puede… Bueno, seguro que él lo recuerda. En un momento dado, apareció envuelto en una especie de capa española. Como un torero. 'Pero, ¿eso qué es?'. ¡Era una bandera republicana! Maravillosa, bordada en oro y plata".

[Con Fernando Arrabal, el genio que lo vio todo: de Aznar 'envuelto en la bandera de la República' a las orgías de Dalí]

Otro será Andrés Trapiello, que lo reflejará en sus diarios (Las inclemencias del tiempo, Pre-textos, 2001): "A continuación, repitió el anfitrión que quería mostrarnos algo especial (…) y nos llevó a un despacho próximo. Abrió un cajón de una mesa y con solemnidad no fingida sacó de él una bandera republicana, doblada con ese cuidado con el que se pliegan las banderas delante de los muertos (…). La puso ante nuestros ojos con delicadeza, y la fue desplegando. Nos quedamos todos en silencio, seguramente, porque a nadie se le ocurrió una frase a la altura de la circunstancia".

Trapiello, preciso en sus descripciones, dibuja así la bandera: "Era bonita, con el escudo bordado con hilos de oro, no demasiado grande. Fue la bandera que acompañó al presidente de la República durante los últimos meses de la guerra, la misma que le llevó al exilio".

Cuando Aznar deja la política antes de las elecciones en el año 2004, toma una decisión sobre la bandera. La entrega, con acta de notario, al Museo del Ejército, dependiente del Ministerio de Defensa, para que pueda ser expuesta. Y para que no quede duda de que, tras estar en sus manos, fue a parar al museo.

Este museo, que estaba en Madrid, cerró sus puertas en 2005. Tres años más tarde, en 2008, se trasladó a Toledo y quedó instalado en el Alcázar. Pero no hubo final feliz para la bandera. Es como si estuviera condenada a un exilio perpetuo.

En junio de 2022 [ya casi estamos en el presente], se desata un incendio en el Alcázar. ¿Dónde está la bandera? En la zona cero de las llamas. Lo cuenta a este diario un militar que trabaja allí.

El objeto se salva —no sufre ningún daño— porque está protegido por una vitrina de vidrio. Hoy —¡ya hemos llegado!—, la bandera se encuentra en el almacén junto al resto de objetos que fueron apartados de la exposición permanente por culpa del incendio.

Justo antes de publicarse este texto, conseguimos la foto de la bandera. Esa bandera que ha estado en tantas manos. Desde Azaña a Aznar pasando por Felipe González. El expediente del Museo del Ejército, al que ha tenido acceso EL ESPAÑOL, confirma que, efectivamente, la reliquia llegó a esta institución el 31 de marzo de 2004 procedente de la Presidencia del Gobierno.

Tiene carácter de Bien de Interés Cultural (BIC) y los expertos la describen de esta manera: "Bandera cuadra con el paño dividido en franjas de color rojo, amarillo y morado. Escudo nacional timbrado de corona mural y flanqueado por columnas de Hércules con el lema Plus Ultra (...). Confeccionada en tela de seda o tafetán. Flecos de hilo dorado. 111 centímetros de alto por 108 de ancho. Buena conservación y sin restaurar".

La ficha nos permite aportar más datos a las peripecias de la bandera. El Batallón de la Guardia Presidencial a la que perteneció en origen fue creado el 5 de mayo de 1936. Era una unidad militar "sin comisarios políticos".

Al estallar la guerra, esta bandera defendió la posición de Madrid en la carretera de Aravaca. Poco después, fue a Valencia siguiendo a Manuel Azaña. En 1937, viajó a Cataluña. Y, finalmente, ya en manos del presidente de la República, cruzó al exilio.

Una vez dijo Azaña: "Esta bandera fue confeccionada e izada por el pueblo". Pronto, cuando regrese la normalidad al Alcázar de Toledo, el pueblo podrá verla. Tiene su magia esta bandera. Se ha convertido en una de las estrellas del lugar que fue mito del franquismo. Si el "paz, piedad y perdón" tiene una imagen, es ésta.

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