El año de los grandes premios para la arquitectura social
10:57
24 Junio 2022

El año de los grandes premios para la arquitectura social

El Princesa de Asturias de la Concordia a Shigeru Ban, se une a los últimos premios Pritzker y Mies van der Rohe y demuestra el cambio de paradigma en la arquitectura, cada vez más volcada en los conflictos sociales y en la emergencia climática

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¿Para qué sirven los grandes premios? ¿Los Princesa de Asturias, los Pritzker, los Nobel? ¿Para convertir a sus ganadores en estatuas vivientes? En un mundo perfecto, los premios servirían para algo más, serían fotos fijas de la sociedad que los concede.

Ayer, el jurado del Premio Princesa de Asturias de la Concordia eligió al arquitecto japonés Shigeru Ban, autor de obras de gran presupuesto como la sede del Centro Pompidou en Metz, pero aún más conocido por su trabajo en la arquitectura de emergencia: módulos de viviendas ligeras, plegables y transportables dirigidas a los supervivientes de desastres naturales y guerras; investigaciones en el uso de materiales baratos para la construcción; trabajos en la rehabilitación y el reciclaje de lo que parecían deshechos urbanos...Haití, los Abruzos y Fukushima son algunos de los escenarios en los que el arquitecto japonés, premio Pritzker en 2014, ha trabajado más intensamente.

Lo interesante, ahora, es alinear el premio de Ban con los de otros arquitectos reconocidos durante el último año y medio: Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal recibieron el Pritzker en 2021 gracias, sobre todo, al impacto de una obra en la que transformaron una torre de viviendas baratas y más bien desdichadas en Toulouse que se dirigían a la demolición. Francis Keré ganó el mismo premio en 2022 en reconocimiento a su trabajo en condiciones muy precarias en Burkina Faso, un país con un PIB per cápita de 729 euros. Este mismo año, el Premio Mies van der Rohe eligió la cooperativa La Borda, del estudio Lacol, de Barcelona, un edificio de viviendas colaborativas... ¿Qué fue de la arquitectura como producto de lujo, de los estudios estrella y de los grandes museos? ¿De la arquitectura que hablaba, básicamente, de arquitectura, de poder y, si acaso, un poco de arte contemporáneo?

«Yo noté que hubo un cambio de actitud hace 10 años, un día, en la Escuela. Los alumnos, muy tímidamente, me dijeron que se habían enterado de que, además de arquitecto, soy sociólogo. Y me preguntaron que cómo es eso de la sociedad», cuenta José María Ezquiaga, profesor de Urbanismo de la Universidad Politécnica de Madrid. «Cuando yo estudié Arquitectura ocurría lo contrario. Las preocupaciones por la sociedad, que habían sido muy relevantes en los años 60, habían desaparecido por completo de los estudios de Arquitectura. El tema del medio ambiente aún no había llegado. Se hablaba entonces del 'retorno a lo disciplinar'. Tanto era así que un alumno como yo, que sentía curiosidad por temas que no eran específicamente arquitectónicos, tenía que matricularse en otra carrera y hacer Sociología por su cuenta».

Ezquiaga fue el director académico del congreso La ciudad que queremos, que organizó a principio de este curso, en Pamplona, la Fundación Arquitectura y Sociedad. En su programa, los temas que se trataron fueron los mismos que aparecen en cualquier periódico: sanidad pública, medio ambiente, igualdad, feminismo, África, demografía, suministro alimentario, movilidad, libertad, crisis energética, participación ciudadana, economía... Todos tratados desde el enfoque de la ciudad y la vivienda. Sólo el austriaco Dietmar Eberle y la francesa Anne Lacaton dieron ponencias estrictamente arquitectónicas, al estilo de las clases de la asignatura de Proyectos.

«El gran cambio de cara al público fue el Pritzker de Lacaton, fue la demostración de que este otro tipo de arquitectura entraba en el debate público», dice Carles Baigés, del estudio Lacol, el ganador del Premio Mies Van der Rohe a la arquitectura emergente de este año. «Para nosotros, el premio ha sido un punto de inflexión, pero eso no significa que esta arquitectura sea mayoritaria ni tenga aún el reconocimiento necesario».

Aunque sea limitado, ¿por qué este cambio? «Creo que el paradigma del arquitecto de éxito se rompió. Llegó un momento en el que ya no podíamos transmitir a los alumnos que hacer las cosas bien era tener grandes proyectos y enriquecerse con ellos porque ellos mismos sabían que esa expectativa no era real. Ya no caben más museos en España. Ya no caben más auditorios; en todo caso, nos faltan orquestas. Al constatar esa crisis, llegó el pesimismo pero también apareció un sentido de la arquitectura más consciente del mundo en el que está», cuenta Ezquiaga. «Por eso, han aparecido modelos nuevos como el Shigeru Ban, que es un arquitecto con una formación excelente, que pasó por Cooper Union y ha competido por los grandes proyectos, pero que eligió dedicarse a trabajar en situaciones de necesidad acuciante».

La única obra construida por Ban en España es un pabellón hecho de papel y cartón que la universidad IE tiene instalado en los jardines de su campus de Madrid. La misma tecnología que Ban emplea para los refugios de emergencias sirve como sala noble para una universidad de élite.

«El pabellón es una nave de 100 metros cuadrados que tiene muchísimo uso: hacemos comidas formales, conferencias, presentaciones de libros...», cuenta Martha Thorne, decana de la escuela de la IE. «Es un ejemplo de en qué se está convirtiendo la arquitectura. Ya no es la expresión de un artista y de su cliente. La atención ha pasado de lo simbólico a los problemas que tiene la sociedad».

«Los alumnos nos lo demandan», continúa Thorne. «Han entendido que el mundo es muy complejo, que es muy cambiante y que necesitan conocimientos específicos de construcción y de arquitectura y, a la vez, muchas conexiones transdiciplinares. Conocimientos de clima, de economía, de sociología...».

«La verdadera clave es la vivienda», continúa Ezquiaga. «El 80% de los que van a construir los arquitectos van a ser viviendas y no centros culturales ni museos. Pero la vivienda no es el centro de la educación que damos». Y esa es una oportunidad perdida, porque, según explica Ezquiaga, el tema de lo doméstico es una fuente inagotable para abordar cualquier debate social, desde la crisis demográfica hasta la emergencia medioambiental.


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