El cine desmedido del ruso Kirill Serebrennikov y el milagro de un melodrama alpino
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19 Mayo 2022

El cine desmedido del ruso Kirill Serebrennikov y el milagro de un melodrama alpino

Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch emocionan con 'The Eight Mountains' y el único director ruso en competición justifica con el drama barroco y torturado 'Tchaikovsky's Wife' la rotura del embargo

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Cuenta Kirill Serebrennikov que lo que más le atrajo de Chaikovski es su inmensidad. Chaikovski no cabe. "Él sólo es un universo. Es enorme. Es un genio ruso, pero pertenece a la cultura europea... Y sin embargo, su vida es un auténtico misterio", comenta. Algo parecido podría ser lo que mejor define a la película de Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch. 'The Eight Mountains' habla de la amistad de dos hombres en mitad de los Alpes. Y es, precisamente, la inmensidad del escenario, su rotundidad subyugante, la que lo ocupa todo con la misma claridad con que todo lo oculta. Cuanto más evidente más confuso, cuanto más transparente menos reconocible. Y hasta aquí, y por no extremar las metáforas, las coincidencias entre las dos películas a competición.

La más esperada, la del único ruso a competición, es de ésas que se empeñan en romperlo todo: el bloqueo universal a todo lo que venga de Putin, el tabú sobre la vida del genial compositor de 'Marche Solennelle' y los límites, si es que alguna vez los tuvo, del melodrama. Digamos que en su exageración se encuentra la justificación, la condena y hasta la penitencia. La película desvela exactamente lo que anuncia el título 'Tchaikovsky's Wife' (La mujer de Chaikovski) y se detiene en la vida secreta de una mujer oculta. Fue defenestrada en vida y directamente borrada después de su muerte cuando la Rusia de los Soviets se entregó, tal y como reconoce el propio director, a limpiar el mito de cualquier rastro de polvo lujurioso capitalista. Que el más grande de los genios fuera homosexual y dedicara buena parte de su existencia a humillar a la que tanto le amó era una verdad, además de patriarcal, imperdonable e insoportable.

Fiel a su estilo, el director de prodigios del barroquismo afectado como 'Leto' o 'Petrov's Flu' convierte cada plano en una meticulosa coreografía de elipsis y cuerpos que se esconden en cada giro de la cámara. Y por cada vuelta, renacen. Pocos directores tan dotados para deslumbrar y desequilibrar. Pocos cineastas tan prodigiosos. Todo gira alrededor de la interpretación de una Alyona Mikhailova siempre en tensión y muy cerca del milagro. Y ahí, en su cuerpo menudo y mil veces martirizado la película se hace grande y adquiere un tono trágico tan profundo como sencillamente negro.

Bien es cierto que Serebrennikov vive y rueda tan pendiente de sí y tan enamorado de su genialidad que la película se arroja en brazos de un virtuosismo entre premioso, reiterativo y simplemente cargante. En cualquier caso, la facilidad del director transformar el tabú en veneno o la masculinidad, así en general, en algo tan tremendamente tóxico bien merece y justifica cada una de las rupturas citadas arriba, incluida la de que Cannes haya seleccionado una cinta que cuenta al oligarca Román Abramóvich entre sus patrocinadores. Sea como sea, queda el misterio de los desmedido, la gracia de la exageración, la transparencia perfectamente opaca.

Lupo Barbiero, Luca Marinelli, Alessandro Borghi, Cristiano Sassella y el director Felix van Groeningen en la presentación de 'The Eight Mountains'.Lupo Barbiero, Luca Marinelli, Alessandro Borghi, Cristiano Sassella y el director Felix van Groeningen en la presentación de 'The Eight Mountains'.Daniel ColeAP

MELODRAMA PERFECTO ALPINO

A su lado, la sorpresa de la jornada corrió a cargo de los directores Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch. Del primero de ellos, sabíamos de sus trabajos en solitario siempre tan cerca del melodrama tan clásico y siempre, admitámoslo, tan fallidos. Pese a su relativa celebridad, ni 'Alabama Monroe' ni 'Beautiful Boy. Siempre serás mi hijo' pasaban de ser adocenadas lecturas de lo trágico sin renunciar a uno sólo de los clichés más amanerados.

Por eso, y por Charlotte Vandermeersch probablemente, resulta tan gratificante 'The Eight Mountains' (Las ocho montañas). Su facilidad para ofrecer el vuelo de dos vidas enteras sin desvanecimientos y sin dejarse deslizar por la pendiente de los lugares más comunes entusiasma y emociona a partes iguales. El acierto de convertir la inmensidad alpina en un escenario más grande que la propia vida no hace más que sumar en una elegante y clara metáfora.

Los actores Luca Marinelli y Alessandro Borghi son esta vez los encargados de tomar el testigo de su compañera rusa Mikhailova. Por su visceralidad, por su contundencia y por su hondura bien llevada. La cinta se detiene en contar la vida de dos niños que luego, con el paso del tiempo, dejan de serlo. Suele pasar. El primero vive en las montañas con su tía ajeno a los cuidados de un padre que trabaja fuera y una madre que dejó de existir. El segundo, que sólo veranea en esas montañas, pasa por la vida atendido con primor por su madre y con una tierna dureza por su padre.

La película sigue el paso a los dos, pero en verdad lo que retrata es el perfil exacto de una insatisfacción duplicada. Y eterna. Podríamos repetir lo de la masculinidad tóxica de antes, pero tampoco conviene cargar tanto la suerte. 'The Eight Mountains' navega por dos existencias fracturadas presas de una contradicción que se diría esencial y lo hace con un sentido de la emoción, de la tristeza, de la belleza y del rigor algo más que sólo notable. De nuevo, es lo inmenso, lo inabordable, lo que todo lo tapa. Por insistir en el oxímoron: la transparencia opaca.

Mantenían los pitagóricos que la fricción de los planetas entre sí crea un ruido que a fuerza de ensordecedor acaba por resultar inaudible: el ruido de las esferas. Digamos que tanto 'Tchaikovsky's Wife' como, sobre todo, 'The Eight Mountains' suenan a eso: a lo que por desmedido acaba por desaparecer. Y así.


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