El escenario maldito donde Nadal puede hacerse único
15:42
27 Enero 2022

El escenario maldito donde Nadal puede hacerse único

Campeón en 2019 y cuatro veces finalista, tuvo que retirarse en dos ocasiones en Australia y desaprovechó ventajas sustanciales para llevarse el título ante Djokovic y Federer.

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Hay distintas teorías para intentar explicar porque Rafael Nadal sólo ha ganado en una ocasión el Abierto de Australia. Lo cierto es que el español, que está en su decimosexta participación en el torneo y sólo faltó por lesión en 2006 y 2013, presenta también otras cuatro finales disputadas y cuantitativamente, tras la victoria en cuartos ante Denis Shapovalov, suma 70 victorias y 15 derrotas, el segundo mejor balance en los grandes después de Roland Garros.

Frente a la evidencia de que incluso Wimbledon, con los títulos de 2008 y 2010, supera a Melbourne en cuanto a la definición final, aquello para lo que juegan tenistas como él, hay quien sostiene, como Mats Wilander, que los competidores de sus características precisan de mayor rodaje para ajustar la maquinaria. El primer grande de la temporada llegaría así de manera algo precipitada en el calendario.

Otra, digamos, corriente de opinión, la lideraría Álex Corretja, para quien las cosas hubieran podido ser diferentes de haber disputado a lo largo de su carrera más encuentros en la sesión de día, donde su golpe liftado resulta más dañino que cuando le toca competir por la noche. La tradición dicta que Nadal, sea cual sea el escenario, siempre ha preferido sol y calor, aunque en alguna ocasión, como el pasado martes, las altas temperaturas y la humedad le jueguen una mala pasada.

Lo cierto es que después de disputar cuatro de sus cinco partidos en la jornada de día y con tres encuentros de preparación, los que le bastaron para ganar el ATP 250 de Melbourne, Nadal está en sus séptimas semifinales del torneo, que disputará a las 04.30 h. de la madrugada de este viernes (Eurosport), dos y media de la tarde en Melbourne, ante Matteo Berrettini.

Carlos Moyà, finalista en 1997 y entrenador del hombre que aspira a lograr en Australia su vigesimoprimer grande, recordaba antes del torneo en conversación con este periódico que entre los mejores tenistas algunos partidos se deciden por tres o cuatro puntos. Seguramente estaríamos hablando de otra cosa si Nadal hubiera hecho valer su ventaja de 4-2 en el quinto set ante Novak Djokovic en la final de 2012 que acabó perdiendo: 5-7, 6-4, 6-2, 6-7 (5) y 7-5, en cinco horas y 53 minutos.

Un lustro después sucedió algo análogo, en aquella ocasión con Roger Federer al otro lado de la red. El zurdo mandaba 3-1 en el quinto, pero fue el suizo quien se impuso por 6-4, 3-6, 6-1, 3-6 y 6-3, en tres horas y 38 minutos.

Entre estas dos finales perdidas medió la jugada ante Stan Wawrinka, en 2014, con Nadal vencido en cuatro sets, condicionado por los problemas de espalda. Poco se puede objetar al triunfo de Djokovic en la final de 2019, 6-3, 6-2 y 6-3, los guarismos más concluyentes padecidos ante el serbio en un envite de esta categoría.

Golpeado por los problemas físicos

En una carrera señalada por los problemas físicos, Nadal los ha sufrido en el Abierto de Australia como en ningún otro de los majors. En 2010 se retiró en cuartos cuando estaba dos sets abajo y 0-3 en el tercero contra Andy Murray, debido a una lesión de rodilla. En 2018, en la misma ronda, fueron daños en su pierna derecha los que le impidieron terminar de librar la batalla frente a Marin Cilic, que mandaba 2-0 en el quinto set.

Pero en ninguna ocasión se ha presentado en el torneo en condiciones más precarias como lo ha hecho este año, después de cinco meses sin competir debido a la lesión crónica en el escafoides del pie izquierdo y recién salido del covid que contrajo durante la exhibición de Abu Dhabi.

Las alarmas se encendieron el martes cuando durante el cuarto juego del cuarto set se dirigió al juez de silla, Carlos Bernardes: «¿Puedes llamar al doctor?». Era el doctor, y no el fisioterapeuta, y felizmente el sofocón que derivó en problemas de estómago no le impidió recuperarse y concluir el partido. Moyà precisó que tuvo un serio problema de deshidratación y que perdió cuatro kilos.

Hasta ahora, el síndrome de Müller Weiss no ha limitado sus prestaciones en el torneo, aunque Nadal es muy consciente de que se trata de una complicación irresoluble con la que habrá de lidiar lo que le resta de su carrera, como ha recordado durante el torneo.

A sus 35 años, corto de preparación y maltrecha la armadura, está a dos victorias de tomar la cabeza en la lucha por los grandes que mantiene con Federer y Djokovic. Y lo haría en Australia, desmintiendo los indicios fatalistas que le han perseguido en este torneo.


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