El libro que escribió Salman Rushdie antes del atentado: una novela horrorizada por la violencia y la ignorancia
08:30
17 Enero 2023

El libro que escribió Salman Rushdie antes del atentado: una novela horrorizada por la violencia y la ignorancia

El nuevo libro de Salman Rushdie, 'Ciudad Victoria', es una novela realista en la que regresa a la India de sus orígenes. Se publicará el 9 de febrero

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"Majestuosa, Parvati se sienta junto a Shiva en el Kailasa. Todas las criaturas se inclinan ante ella, inseguras de atraer su atención. A veces, Parvati parece inquieta...», escribe Roberto Calasso en Ka (Anagrama), su libro dedicado a los mitos hindúes. Parvati, diosa de la inteligencia y de la maternidad, esposa de Shiva, el creador del universo, reencarnación de Sati, la esposa de Shiva que se sacrificó, madre de Ganesha, es el motor de la nueva novela de Salman Rushdie, Ciudad Victoria (Random House), que se publica el 9 de febrero.

En una de sus formas, llamada Pampa, Parvati da su nombre a la protagonista, una niña de nueve años: en la India meridional del siglo XIV, la niña, Pampa Kampana, recibe de la diosa que le da nombre poderes más allá de la imaginación humana: los utilizará para crear -con su imaginación, de la nada- un imperio fantástico, que perdurará a lo largo de tres siglos, el imperio Vijayanagara, «la ciudad de la victoria», Ciudad Victoria para ser más exactos.

La historia de Pampa, que vivirá 247 años -la novela se divide en cuatro partes: Nacimiento, Exilio, Gloria, Caída-, es la historia del imperio nacido de una quema de mujeres, las viudas de una batalla perdida por sus hombres, nacidas con dolor para dar dignidad, derechos y poder a hombres y mujeres.

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Rushdie vuelve así a la India de sus orígenes, a la India de Hijos de la medianoche(Literatura Random House) y de tantos otros libros; si hay una parte menos fuerte de su obra, es precisamente la parte americana.

En Ciudad Victoria hay una oblicua y deliciosa referencia a la anterior novela de Rushdie, publicada en 2020, Quijote (Seix Barral). ¿Quién es el autor del Quijote? ¿Cervantes, un exiliado secuestrado por piratas, prisionero durante cinco años antes de la liberación, una historia increíble en sí misma? ¿O es Cide Hamete Benengeli, el historiador del que el propio Cervantes nos dice que es el autor de la mayor parte de la obra? ¿O el traductor del mercado de Toledo al que pagaron 25 libras de uvas sultanas?

En Ciudad Victoria, Rushdie explica que el manuscrito de Pampa, escondido en un frasco en el momento de su muerte, es encontrado (¿por quién?, ¿cómo?) y traducido del sánscrito al inglés por el anónimo «autor» de Ciudad Victoria; una vez más, Rushdie disfruta desapareciendo (incluso lo hizo en su autobiografía, que toma el título del nombre de su álter ego, Joseph Anton, como Conrad y Chéjov, seudónimo utilizado por razones de seguridad durante los años de su huida de los matones de los ayatolás).

Ciudad Victoria es, pues, la traducción de Victoria y derrota, 24.000 versos encontrados en el interior de una urna y traídos a nuestros lectores en 2023, en los que -desde las primeras páginas- el lector queda hipnotizado por aquel reino desaparecido que un día ocupó todo el sur de la India, «las mujeres guerreras, las montañas de oro, la generosidad de su espíritu y sus momentos de maldad, sus debilidades y sus fortalezas».

En Quijote, Rushdie se deleita en su total dominio de los medios técnicos de la escritura, llevando al lector a un viaje maravilloso y sombrío, 21 capítulos con títulos elevados como una novela caballeresca, imaginando a un vendedor ambulante (de drogas) adicto a la televisión, de origen indio, que parte en busca de su Dulcinea, una estrella de la televisión.

Ciudad Victoria, por el contrario, es una novela de una sobriedad absoluta, mágicamente laica a pesar de contar una historia de dioses hindúes, horrorizada por la vacuidad de la violencia y resignada a la victoria final de la ignorancia y la crueldad. La ciudad de la victoria, el imperio de las mujeres, acabará destruida por motivos fútiles, tanto más deprimentes cuanto más recuerde el lector la majestuosidad de su belleza.

Es, paradójicamente, una novela realista, sobre 2023, y su lectura es imposible sin pensar en la barbarie del atentado que golpeó a Rushdie el 12 de agosto del año pasado, 33 años después de la fatwa, y le dejó gravemente herido, heridas de las que nunca se recuperará. Rushdie, que durante décadas dedicó su fama a ayudar a colegas escritores víctimas de dictaduras, insistía en cada acto del Pen Club al que asistía en que siempre hubiera una silla vacía en el escenario. Lo hacía para recordar a los escritores huidos, en prisión, que no pudieran asistir.

Ahora que Ciudad Victoria hace su entrada en el mundo, Rushdie no estará allí, pues todavía está recuperándose de las puñaladas de un hombre que, por supuesto, admitió que no había leído Los versos satánicos, y que había actuado de oídas. La silla vacía, ahora, es suya.

Al igual que el protagonista de Hijos de la medianoche, Saleem Sinai, nacido en Bombay el 15 de agosto de 1947 al filo de la medianoche, en el momento en que la India proclamaba su independencia, Rushdie, nacido el 19 de junio de 1947, estaba «misteriosamente esposado a la historia».

Retomando esa novela, la segunda de Rushdie, ganadora del Booker en 1981, «un monstruo sin forma», como él mismo lo describió utilizando la célebre frase de Henry James, se percibe en la ambición del joven escritor de relatar cronológicamente, con todo detalle, los principales acontecimientos ocurridos en la India desde la masacre de Amritsar de 1919 hasta el final del estado de emergencia en 1977.

Desde entonces, Rushdie ha confirmado en repetidas ocasiones -contradiciendo a los críticos, que hablaban más simple y trivialmente de «realismo mágico», una etiqueta fácil y polivalente- que escribió el libro para investigar las formas en que la memoria recupera y recrea el pasado. Ciudad Victoria intenta hacer lo mismo: aquí Rushdie no tiene más piedrecitas políticas que quitarse de los zapatos -Indira Gandhi, la viuda de Hijos de la medianoche, le llevó a los tribunales, obligando al editor a eliminar una frase de las ediciones posteriores-, sino que simplemente nos enfrenta al hecho consumado de la brutalidad de la Historia.

Trece novelas (incluida ésta), una colección de cuentos, dos libros infantiles (uno para cada uno de sus hijos: «¿Dónde está mi libro?», le preguntó secamente su segundo hijo, y papá se puso manos a la obra), una autobiografía, varias colecciones de ensayos y críticas, y una joya poco conocida de miniensayo sobre El Mago de Oz (su magdalena proustiana es ver la película de Judy Garland en el cine Metro de Bombay cuando tenía diez años), Sir Salman Rushdie es el escritor de las patrias imaginarias, como reza el título de su colección de ensayos de la década 1981-1991. Más que la India donde nació, el Reino Unido donde estudió y vivió tanto tiempo, los Estados Unidos que le dieron refugio y pasaporte, Rushdie es un ciudadano del mundo de los libros, y en última instancia Ciudad Victoria es un homenaje a su poder, y a su fragilidad.

Es difícil tratar de separar -en la medida de lo posible- el asalto que sufrió Rushdie el pasado 12 de agosto de las páginas del libro que ahora se publica. Pero es difícil, y probablemente injusto, hacerlo ante las últimas palabras de la novela, con Pampa terminando su poema, guardándolo, y luego preguntando a la diosa: «He terminado la historia. Libérame». En ese momento, el narrador-traductor, Rushdie, se pregunta qué habrá sido de la niña que vivió durante dos siglos y medio sólo para contar la historia del reino que había creado en su imaginación. ¿Se redujo simplemente a polvo? ¿O fue conducida por la diosa «a los Campos de la Eternidad, donde ya no estaba ciega, y la eternidad ya no era una maldición»?

«La victoria pertenece a las palabras», escribió Pampa en su poema. Porque son más fuertes que la ignorancia, la violencia y la codicia. Y corresponde a los escritores transmitirnos esas palabras.

«Aprendí la primera lección de mi vida: nadie puede enfrentarse al mundo manteniendo constantemente los ojos abiertos», dice el protagonista de Hijos de la medianoche. Calasso le respondió en Ka: «Aunque los dioses fueron los primeros en conquistar el cielo y desde entonces se alimentan de amrta, ese líquido que es la 'no muerte', sabían que un día, aunque inmensamente lejano, la Muerte los alcanzaría. Les aterrorizaba parpadear, porque sabían que todo lo que parpadea muere».


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