El páramo, una ópera prima de 8 millones de espectadores en Netflix
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14 Enero 2022

El páramo, una ópera prima de 8 millones de espectadores en Netflix

La cinta del debutante David Casademunt se convierte en el fenómeno de la temporada y se coloca como la película en una lengua no inglesa más vista en todo el mundo en la plataforma

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Pocos asuntos tan desconcertantes como eso llamado éxito. No es probable que Lovecraft se refiriera a él cuando se esforzó en nombrar lo innominable, pero tampoco conviene descartarlo del todo. «Ni siquiera puedo insinuar cómo era, porque era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable», escribió el autor de Providence y David Casademunt no dudaría en darle la razón. A ciegas. De hecho, su ópera prima El páramo, desde hace una semana en Netflix, trata con la misma claridad de esa criatura sin nombre que tanto obsesionó al autor de La llamada de Cthulhu como a esa diosa caprichosa que es el mismo éxito.

El páramo es cinta de terror, pero también es thriller psicológico, relato agrario costumbrista, coming of age y, llegado el caso, tragedia psicoanalista con trazas autobiográficas. Indefinible pues. «La idea siempre fue contar un cuento universal que nos concierna a todos por igual independientemente de nuestro origen o lugar de nacimiento, pero sin renunciar a anclarlo en un lugar muy concreto. Lo particular es universal», razona el director de 37 años que, tras graduarse en la ESCAC de Barcelona y curtirse en varios cortometrajes, se lanzó hace ya siete años a la ciclópea labor de triunfar. Siete años, uno detrás de otro, ha estado trabajando en un proyecto que, de repente y ante el más evidente desconcierto, ha conseguido eso tan desconcertante como el éxito.

Según los últimos datos que maneja Casademunt, la cinta ha sido vista durante un total de 12 millones de horas. Así se mide en las plataformas: por metros. Si se hace una regla de tres simple, sale un total de ocho millones de «visualizaciones» en todo el mundo desde que se estrenó el pasado día de Reyes. «Nos dicen que es la película de habla no inglesa más vista en este momento», comenta a la vez impresionado, confundido, alegre y, obviamente, desconcertado.

Y ahora la pregunta: ¿Por qué? «Imagino que no es difícil reconocerse en lo más elemental: se trata de la historia de una madre y un hijo. Y ahí estamos todos». Por otro lado, cabría añadir, la película habla de soledad, de aislamiento, de incomunicación... ¿No va de esto la pandemia que vivimos desde hace ya demasiado tiempo? «Reconozco que cuando empezamos a rodar incorporamos a la película mucho de lo que estábamos viviendo o habíamos vivido en el confinamiento y que quizá no estaba de forma tan explícita en el texto original», comenta.

Sea como sea, lo que se ve en pantalla, apenas se llega a ver. Todo en El páramo discurre en una elegante, sugerente y muy sabia elipsis que quiere ser, como decía de nuevo Lovecraft, «el abismo, el maelstrom, la abominación final...». Roberto Álamo e Inma Cuesta dan vida a una pareja acosada por un miedo eterno tan evidente en lo turbio del paisaje como profundamente enredado en lo más hondo de sus entrañas. Y en medio de ellos, el niño Asier Flores, al que ya vimos en Dolor y gloria de Pedro Almodóvar. Sus ojos abiertos de par en par ven todo sin dejar de ver apenas nada. Sus ojos son dos espejos negros que reflejan lo pavoroso, lo sin nombre. Y, pendientes de ellos, el éxito como la más desconcertante de las provocaciones.

Cuenta el director que la historia tiene mucho que ver con lo que contempló en su casa con apenas 15 años: la lenta degradación hasta la muerte de su padre quedó ahí para siempre. Con su padre, David también vio las películas de terror que le marcaron. El exorcista, La profecía o Poltergeist discurren por la pantalla como fantasmas. Y con ellas, buena parte del cine de Shyamalan y hasta de Juan Antonio Bayona. «No podría dejar de citar a un director que me fascina. La capacidad de Mel Gibson en Apocalipto para confeccionar una experiencia inmersiva es única», comenta, se toma un segundo y añade: «Lo raro es que tenga éxito en la televisión una película pensada exclusivamente para ser disfrutada en una pantalla de cine». Más desconcierto.

Sea como sea, y como hace poco más de un año El hoyo, de Galder Gaztelu-Urrutia, lo cierto es que El páramo está ahí para dar la vuelta a los lugares comunes; para discutir las frases hechas, para transformar una historia profundamente personal en la más universal de las tragedias; para nombrar quizá, lo innominable.


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