El picadero, desde 'El apartamento' hasta 'How to build a sex room'
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3 Agosto 2022

El picadero, desde 'El apartamento' hasta 'How to build a sex room'

El género de los reality shows dedicados a la decoración tiene una nueva variación: una serie en la que la acción consiste en construir cuartos para el sexo

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Nadie ve el cine erótico ni mucho menos la pornografía por la arquitectura, pero eso no significa que no haya arquitectura en el cine erótico y en la pornografía. El ático de Playboy, de 1956, el escenario idealizado de la revista de Hugh Hefner, era una pieza muy calculada, llena de muebles de Bertoia, Saarinen y Eames, ennoblecida con una serigrafía de De Kooning bien visible y poblada con fetiches de esa nueva masculinidad a la que Playboy se dirigía: el mueble bar, el equipo de hi-fi, la cama rotatoria... Aquel era el paraíso del profesional urbanita y soltero que cambiaba con alegría de pareja. Cuatro años después, El apartamento, de Billy Wilder (1960), dio una versión más de clase media de ese molde pero también interesante. En el pisito de soltero de la calle 57 Oeste de Jack Lemmon había pósters de Klee, Picasso, Chagall y Henri Rousseau comprados en el vecino MoMA, había discos de Ella Fitzgerald, había libros (de bolsillo, casi todos) y había una sucesión de sofás de atrevidas fundas en los que cortejar a Shirley MacLaine.

Después, el género del picadero degeneró hasta el kitsch: el apartamento de Playboy se convirtió en la mansión de Playboy, un caserón neotudor oscuro y retorcido que sólo podría complacer a almas torturadas. En cuanto al pisito de soltero... ¿En qué zulo de Manhattan viviría hoy un oficinista como el personaje de Jack Lemmon después de 62 años de inflación inmobiliaria? ¿Qué pareja querría acompañarlo a pasar la noche?

Era cuestión de tiempo que alguien recuperase el tema del picadero y lo lanzase al mundo del poliamor, de los cuerpos empoderados y del cotilleo en las agencias inmobiliarias digitales: la plataforma Netflix ha lanzado este verano How to build your sex room una serie de 11 episodios en la que Melanie Rose, arquitecta de interiores, diseña y proyecta las obras de eso mismo, de sex rooms, de habitaciones pensadas para el sexo.

Primero, lo obvio: How to build your sex room es una variación de series como Esta casa era una ruina, en las que el encanto consiste en ver cómo una vivienda fea se vuelve bonita. Por el camino, los espectadores descubren los recovecos de la personalidad de sus clientes: sus ilusiones, sus miedos, sus vulgaridades... Aquí, esa carga psicológica es más interesante. Los concursantes no se expresan a través de un sofá o de un suelo de linóleo sino a través de su sexualidad. Por la serie pasan familias de seis amantes (cuatro hombres y dos mujeres), parejas desesperadas por revivir el entusiasmo de sus primeros años, practicantes del bdsm extremadamente amables cuando salen de la cama... Una curiosidad: no hay solteros en la selección.

Nadie ve el cine erótico por la tensión psicológica pero la tensión psicológica también cuenta. La persona que canaliza ese destape es la decoradora de la serie, Melanie Rose, una inglesa impasible, de acento musical y aspecto inexpresivo. Rose escucha a sus clientes hablar de sus filias y de sus angustias y después las plasma en una composición. Alguien en la serie la compara con una Mary Poppins del sexo pero, en realidad, Rose se parece más a un psicoanalista socarrón sacado de una película de Woody Allen.

En sus entrevistas, la decoradora dice que no, que lo suyo en How to build a sex room no es ni el trabajo de confesionario ni el ensayo sociológico sobre la sexualidad. Rose dice de sí misma que en su vida sexual «es un poco dominante» pero que lo que de verdad le mueve es embellecer la vida de sus clientes y, en este caso, actualizar una estética que de había vuelto «deprimente». «Hace cinco años, un cliente me pidió un cuarto para el sexo y, como yo nunca había tenido un encargo parecido, me puse a investigar. Lo que vi fue algo bastante oscuro, una estética como de mazmorras. ¿Por qué no podía ser un cuarto de sexo algo bonito?», ha dicho Rose.

Sus habitaciones sexuales son bonitas como lo suelen ser las habitaciones de los hoteles boutique contemporáneos: texturas en las paredes, imágenes serigrafiadas al estilo de Robert Mapplethorpe, cacharrería sexual (juguetes, estribos, cosas así...) embellecida de tal manera que no queda resto de sordidez en ella. Como la producción de la serie impone una iluminación más bien plana, se echa de menos un poco de dramatismo en las imágenes, un poco de claroscuro. Pero todo será cuestión de poner velitas. Como se ha hecho toda la vida, ¿no?

¿Y eso excita? Visto desde la tele, no mucho, la verdad. Al contrario, How to build your sex room tiene un inesperado valor cómico. Los clientes, vestidos con su ropa de domingo, con vaqueros y sudaderas, representan su sexualidad ante Rose para explicarle lo que necesitan. Hacen como que se dan con un látigo y Rose pone cara muy seria y toma nota y la escena, al final, siempre es más graciosa que embriagadora. How to build your sex room es una representación del sexo, no es el sexo. La verdadera tentación es acabar citando una vieja idea de Sáenz de Oíza: las casas no hay que decorarlas, hay que vivirlas y dejar que la vida deje su marca en ellas.


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