El Teatro Español se sorprende de emoción, lágrimas y silencios para despedir a Verónica Forqué
17:24
15 Diciembre 2021

El Teatro Español se sorprende de emoción, lágrimas y silencios para despedir a Verónica Forqué

El féretro fue recibido entre aplausos en una capilla ardiente que recuperó intacta la conmoción de hace dos días y por la que pasaron, entre otros, el ministro Miquel Iceta, Pedro Almodóvar, Antonio Resines e Isabel Díaz Ayuso

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El ataúd breve de la actriz llegó a las 11 de la mañana al Teatro Español de Madrid. Lo hizo envuelto en un silencio expectante que pronto se rompió por un aplauso sorprendido. En frente, el bullicio de las terrazas de la plaza de Santa Ana ajenas al ligero tumulto de las cámaras, los flashes y los curiosos. Sobre la fachada del odeón, el cartel de la obra 'En tierra extraña', una banderola amplia y agitada por el viento que más que anunciar un espectáculo titulaba toda la escena. Verónica Forqué entró en el teatro, en su teatro, pero lo hizo como si caminara por primera vez por un lugar ajeno, impropio de ella, flotando por una tierra extraña.

El féretro fue depositado sobre el escenario. Detrás, doce coronas. Delante, el patio de butacas convertido en lugar para el recogimiento, la oración y el llanto. Para la emoción y la culpa. Y al fondo, un rosario de imágenes de la Verónica Forqué de siempre. En todas ellas sin excepción, ella sonríe. Lo hace, como dice su compañero Tito Valverde, porque la felicidad que transmitía no le cabía ni el cuerpo ni en la boca. Y en todas ellas, sus ojos insoportablemente azules y como inundados amenazan con romperse.

Poco después empezó un raro desfile de cabezas agachadas, de reconocimientos emocionados, de palabras que querían ser únicas, especiales y perfectas, y apenas tocaban el aire se derrumbaban agotadas, cansadas de sí mismas. Rotas. Los actores Paco León y Beatriz Rico fueron los que abrieron el cortejo. El primero habló de la alegría como un regalo como un don "que sólo ella poseía". Y después de ellos, Maribel Verdú, Aitana Sánchez-Gijón y María Barranco. Todas ellas pasaron por la puerta y delante de los micrófonos sin apenas dejarse oír. No tanto en silencio como vacías. También ellas conscientes quizá de que el teatro ya no era teatro, que la mañana soleada de Madrid ya no era nada más que testigo de una derrota amplia, negra y compartida. Todos y todas en tierra extraña.

"Es una actriz que se las arregló para esconder el dolor que llevaba dentro", acertó a comentar poco después Mariano Barroso, mitad compañero de profesión, la otra mitad representante (por presidente de la Academia) de todo el cine español en el que y con el que Verónica lo pudo todo. "El tiempo no la ha tratado bien", dijo un Pedro Almodóvar más que rodeado de cámaras y micrófonos, directamente acosado por ellas y ellos. Como si en sus palabras estuviera la clave (o el alivio) de un misterio que todo lo quema. No en balde, a él y a su cine se debe la primera vez que Forqué alcanzó el verdadero tamaño de los mitos. Su papel de Cristal en '¿Qué he hecho yo para merecer esto?' la definió hasta la médula, hasta el sentido mismo, frágil, duro y profundo, del nombre del personaje. "Era toda luz... la recuerdo como una persona muy feliz, buenísima y una cómica increíble. Ella definió la comedia de los años 80 y 90... Como Chus Lampreave guarda la inocencia de la infancia... Es la última persona a la que me hubiera imaginado con este final". Almodóvar hablaba y más parecía que lo hacía no tanto para explicar nada como para ahuyentar miedos.

A medida que avanzaba la mañana, el teatro se iba llenando y, sin embargo, cada vez parecía más vacío. A eso de la una, cumplidas las dos horas de la excitación forzada de la novedad y de la tele, una fila de personas llegaba ya a la esquina. En el patio de butacas, las mascarillas ocultaban quién sabe qué. Pero lo ocultaban. Antonio Resines caminaba roto con andares torturados. Y Juan Diego le seguía sin voz con ganas de decir algo que no consiguió decir. Apenas se acercó donde le esperaban las grabadoras, arrancó a llorar. El actor Carmelo Gómez, más comprometido, fue el primero en hablar de "llamada a la reflexión". Todas las muertes nos llaman, pero ésta más. Juan Echanove lloró. Nada más. Su declaración fue un silencio de llanto. Y de vacío. En una tierra extraña.

El ministro de Cultura Miquel Iceta la recordó en las películas de Almodóvar y, como toca, se detuvo en describir lo obvio, que es lo de todos y que es lo que deben hacer las instituciones. Mal vamos cuando se les olvida. "Hay que celebrar su obra y su vida", dijo. Y después de él, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Y después de ella, el alcalde de Madrid, José Luis Almeida. Y después la vicealcaldesa, Begoña Villacís. Ayuso habló de "humildad, sinceridad y su sonrisa" y también de la pérdida que supone para todos los madrileños. Todos.

Las actrices Silvia Marsó, Vicky Peña y Marta Nieto, el director de teatro Mario Gas, la guionista Yolanda García Serrano, el cineasta Manuel Gómez Pereira, el cocinero Pepe Rodríguez... Todo fueron dejándose ver. Desde el teatro, desde el cine, desde la tele, desde cada una de las esquinas de Verónica Forqué, de una Verónica Forqué que, pese a ocupar el centro del escenario que siempre fue suyo, se antojaba en verdad en el centro mismo de una tierra extraña. Esta tarde será incinerada.


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