Emma Stone: ''La maldad aporta carácter... y es más fotogénica''
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27 Mayo 2021

Emma Stone: ''La maldad aporta carácter... y es más fotogénica''

Disney revisa el mito más escondido y oscuro de '101 dálmatas' y otorga a la pérfida Cruella el beneficio de una mujer con motivos de sobra para ser mala entre tanto hombre peor aún

Crítica La favorita o el mejor Lanthimos posible entre el poder, la sumisión y el amor

"Sí, definitivamente, es una película feminista». Emma Stone (Arizona, 1988) tarda exactamente medio segundo, lo que se demora la pregunta en aparecer, en dejar claro la más evidente intención de Cruella, el último y más sofisticado empeño de Disney de, por orden: a) pasar a carne y hueso (de nuevo) un clásico animado de toda la vida; b) dar la vuelta como un calcetín a la apolillada jerarquía de las princesas preMeToo, y c) convencer definitivamente a los adalides de la guerra, la contrarreforma, o la contrarrevolución (como se quiera llamar) cultural de que la casa del ratón no va a cejar hasta que agoten sus reservas de saliva (o veneno, tanto da). Los que se enfadaron con el supuesto lesbianismo de Frozen, esperen. Puede que ahora entren en fibrilación.

Para situarnos, la idea es recuperar para el drama y las tres dimensiones emocionales a un personaje completamente plano de pura maldad. «Al principio piensas que Cruella es el diablo...», cantaba el personaje Roger (el padre humano de los perretes) en la película original 101 dálmatas de 1961. Recuérdese, todo el empeño del personaje que luego, en 1996, diera vida la mismísima Glenn Close era convertir a los adorables cachorros moteados en abrigos de pieles exactamente igual de moteados. Pues bien, ella, como todos, tiene un pasado y, cosas de las historias, suficientes motivos para ser no sólo mala sino aún peor. Y eso es lo que nos cuenta la película dirigida con más exuberancia que gracia por Craig Gillespie, el mismo de la delirante Yo, Tanya. «Está claro», dice Emma vía Zoom, «que no sólo es más interesante y dramáticamente más rico hacer de mala, sino que es mucho más divertido. Además, tiene un componente catártico para el espectador. Ver a alguien tan malvado hacer cosas tan horribles aporta un cierto consuelo. De repente, hace que te sientas bien saber que nunca llegarás a algo así en tu vida». Y rompe a reír.

Sea como sea, la actriz de La La Land que muchos, incluido el director de esta película, han comparado con Lucille Ball por su capacidad para la tragedia, la comedia, el musical, el horror y lo contrario a todo lo anterior; sea como sea, decíamos, la actriz hace que lo que importe ahora no sea sólo la maldad, sino sus motivaciones. Lo cual nos coloca en una interesante duda y reflexión moral a vueltas con la culpabilidad y el perdón. «Está claro que la maldad aporta humanidad y carácter a los personajes. Además es mucho más fotogénica. Con esto no quiero decir que haya que excusar para comprender, pero te coloca en un registro más inestable. Es difícil definir a alguien como simplemente malo cuando lo ves crecer desde el principio... Basta ya de que los personajes femeninos sean las princesas intachables y buenas», comenta de carrerilla a la vez que coloca la película donde quiere estar: en su tiempo y en su firme convencimiento feminista.

Emma Stone no sólo es la protagonista de la película. También es su alma, su sentido y, más importante que la lírica, su productora. Hasta llegar a la pantalla como lo hará este viernes, el proyecto ha vivido y sufrido innumerables cambios con infinidad de guiones y otros tantos directores. El actual realizador se subió al barco, o a la perrera, en 2018 después de que el director original renunciara. Stone ya estaba aquí desde dos años antes. Hasta que el guionista Tony McNamara no convirtió la película en una fantasía punk asentada en los años 70 y convirtió a su heroína en una especie de émula de Vivienne Westwood, aquello no arrancó. «Me sorprende, la verdad, que todo haya salido bien. Sobre el papel había demasiadas ideas», dice la actriz antes de volver a su asunto.

Cuenta la actriz que igual que en su personaje de La favorita, de Yorgos Lanthimos, Cruella De Vil es dueña de su destino. «Nada ni nadie, y menos un hombre, le dicta las normas», dice. Bien al contrario, ella es la jefa de una pequeña banda y sólo le importan sus motivaciones, sus deseos, su más simple y heteropatriarcal ambición. «Lo interesante», puntualiza, «es que es una mujer complicada e imperfecta. Y eso la hace reconocible. Es una heroína, pero atormentada y con sus traumas...». Lo que queda claro es que la película, con el personaje de Stone a la cabeza secundado convenientemente por el de Emma Thompson, pasa con nota el célebre test de Bechdel. Hay al menos dos personajes femeninos y hablan entre sí de algo más interesante que un hombre (de cualquier cosa, por tanto). «Tanto Cruella como la baronesa, su rival, son mujeres cuya prioridad y objetivo es crecer en su carrera. Ni rastro de con quién han elegido estar románticamente». Queda claro.

Cuando se conocieron las primeras imágenes de la película, rápidamente no faltaron los que corrieron a hacer comparaciones más o menos evidentes. Cruella, en efecto, se parecía demasiado al mito de nuestro tiempo, el Joker. «Nunca se me ocurriría compararme con Joaquin Phoenix, si acaso no me importaría ser como él», contesta. En cualquier modo, el caos dentro del orden inmaculado Disney viene para quedarse.


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