¿Falangista o de izquierdas ‘sin tonterías’?: el ciclón Ana Iris, la escritora que divide España
02:24
26 Mayo 2021

¿Falangista o de izquierdas ‘sin tonterías’?: el ciclón Ana Iris, la escritora que divide España

Ha revolucionado el panorama con un discurso que pone el foco en las cuestiones materiales y no en las identitarias, que reivindica la familia y el compromismo frente a los afectos líquidos y la modernidad. 

Hay una mujer que revuelve España: parece que todo el mundo puede opinar y opina sobre la ideología de la brillante escritora Ana Iris Simón, que ya empezó a tocar el testiculario patrio con su libro Feria (Círculo de Tiza) y ahora lo remata explicándolo frente al mismísimo presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Le ha cantado las cuarenta al líder del PSOE en plena Moncloa y eso, inevitablemente, ha excitado a la derecha: “No habrá agenda 2030 ni plan 2050 si en 2021 no hay techo para las placas solares porque no tenemos casas, ni niños que se conecten al wifi porque no tenemos hijos”, ha expresado la periodista y autora, además, embarazadísima, subrayándole a Sánchez que hay que regular ya “sin medias tintas” inmobiliariamente el país y que necesitamos “medidas que beneficien nuestros productos frente a los de fuera”. Es decir, “recuperar la soberanía perdida frente al capitalismo global y europeo, un capitalismo que, por cierto, prefiere importar de fuera la natalidad en lugar de fomentarla dentro”.

Y apostilla: “Mientras les pedimos a los inmigrantes que paguen nuestras pensiones, no les estamos permitiendo pagar la de sus padres ni sus abuelos en sus países de origen”. Digamos que Ana Iris Simón, lo quiera ella o no -seguramente no- es de esa izquierda que gusta a la derecha: con la que la derecha siente que puede hablar, que tiene puntos en común, aunque ella piensa y repite que ese eje de izquierda-derecha está ya obsoleto y se define políticamente como “antiliberal”.

Contra la modernidad

La llaman “falangista”: casi nada. Quizá porque Ana Iris está en contra de la modernidad como “trampantojo”, de la “tiranía de lo igual”, del brilli-brilli y de la tontería de las guerras simbólicas y abstractas que no se ocupan de lo importante: el techo, la comida, la despoblación de lo rural, los alquileres, la inseguridad vital.

“[La modernidad] nos aleja de lo realmente importante. De buscar el sentido. La modernidad es aburridísima. Nos creemos diferentes, especiales, pero somos más iguales cada vez: hemos renunciado a lo que somos en nombre de una promesa, de una huida hacia adelante. Lo del adanismo me jode mucho. Lo cuenta Manuel Astur en San, el libro de los milagros (Acantilado): en la revolución francesa le pegaban tiros a los relojes”, explicaba.

“Esa idea de fusilar el tiempo dice mucho de la modernidad: es un “ahora vamos a ser hombres de verdad, ahora llega el hombre nuevo, todo lo que se ha hecho antes no ha servido para nada”. Lo dice también la revolución socialista con su "hombre nuevo". Eso de creer que hemos inventado algo y de repudiar todo lo anterior… eso de llamar bárbaro a todo lo anterior… es lo que más desprecio, supongo. Y, además, creo que es peligroso”, clausura.

Contra el liberalismo

No cree que exista el “fascismo” en el tiempo presente. “No utilizo la palabra facha. No sé qué es un facha: ¿los que criticaban al PSOE en 2011 y ahora besan el suelo por donde pisa se han hecho fachas? ¿Los que hablaban de “televisión, manipulación” y criticaban la concentración mediática y los intereses políticos de los medios y ahora se descojonan con el MARICOPA y las bromas de Ferreras se han derechizado, se han fachizado?”, desliza, con inteligencia. Qué follón para los maniqueos: los tiene mareadísimos.

Sabemos ya los españolitos necesitan cada cierto tiempo un debate cultural de este tamaño hasta ridículo para no perder la vidilla: tortilla de patatas con o sin cebolla, paella o arroz con cosas, Rosalía apropiándose de las raíces andaluzas -o no-, Daniel Bernabé con La trampa de la diversidad, raperos en la cárcel… el pan nuestro de cada día.

Ahora el país entero le ha concedido a la buena de Ana Iris Simón la categoría de símbolo: quizás porque su discurso ha calado más que el de muchos o todos los políticos, quizá porque ha puesto al engranaje patrio a pensar sobre qué vida queremos, sobre si, efectivamente, la generación de la autora tiene derecho a envidiar la vida que tenían sus padres a su edad -una tesis que cuestiona, de golpe y con sencillez, todo nuestro presunto progreso-.

Contra el progreso 'acrítico'

Lo contaba la autora a este periódico en entrevista por su libro: “Lo que está ocurriendo con nuestra generación es insólito, porque mi padre vivía mejor que mi abuelo, pero yo vivo peor que mi padre. Claro que si yo fuese lesbiana me podría casar, claro que hay conquistas generacionales que son suyas. Pero también hay cagadas generacionales, como haber abrazado acríticamente el progreso. Haber dejado el progresismo en manos del liberalismo económico”, lanzó.

Y sigue disparando: “Entrar acríticamente en la Unión Europea que nos vendió esta idea de la ‘pobre España’, de la hermana fea. La generación de mi padre nos vendió que la incorporación de la mujer al mercado laboral era una conquista social, pero realmente fue una conquista del capitalismo: igual deberíamos haber reclamado que el hombre trabajase menos, que todos trabajemos menos y en un modelo más sostenible”.

Contra la izquierda identitaria

Ana Iris chirría a la izquierda identitaria, es decir, a la izquierda hegemónica contemporánea a la que se refería Bernabé en su polémico libro La trampa de la diversidad: la que se ha perdido en guerras culturales de a ver quién está más oprimido por sus circunstancias específicas -ser mujer, o ser racializado, o ser trans, etc- y la que se ha olvidado de los conflictos materiales, de la lucha de la clase obrera. ¿Por qué? Porque tampoco le baila el agua al feminismo, Ana, porque resulta crítica con el movimiento. Si se le pregunta si es feminista, matiza: “Creo en la igualdad entre el hombre y la mujer, pero también entre mujeres y mujeres y hombres y hombres, y entre clases sociales”.

A Iris Simón le ha decepcionado cierto tipo de feminismo: en su libro se encarga de recordar que los hombres que amó desde niña lo son todo para ella, como su padre o su abuelo, y alerta de los peilgros de “patologizar la masculinidad”. “Casi he escrito el libro para que lo lea mi padre, que es la persona que más admiro y quiero en el mundo. Reivindico la ternura de los hombres y sus cuidados. Mi familia quizá sea atípica en ese sentido: mi padre dejó de trabajar cuando mi hermano nació para cuidarlo, mi abuelo siempre ha limpiado y ha hecho la comida… me gusta el sentimiento de familia extensa, de linaje, que me han transmitido ellos”, revela.

Ella ha decidido quedarse embarazada, huir de esa Malasaña en la que alguna vez intentó molar y pirarse con su pareja primero a Ávila y luego a Aranjuez, para estar más cerca de su familia. Subvierte sólo existiendo el relato líquido -que diría Bauman- que nos impregna: cree en el compromiso, en los lazos férreos, en la protección familiar.

Contra los blandengues

Y cree también que su generación -y la mía- es más blandengue que las anteriores. Que ha habido una infantilización del ciudadano. Somos más llorones. Lo cuenta muy bien un librito llamado Crítica de la víctima (Herder editorial): está bien hablar de lo que nos ocurre libremente, es salud mental, han saltado por los aires muchos tabúes, pero parece que casi mole ser víctima. ‘No puedo tener hijos’… ya, amiga, porque prefieres gastártelo en clases de yoga o en vivir en el centro, no quieres vivir en Valdebebas y gastarte ese dinero en un carrito”.

Tal vez la respuesta sea más sencilla y, con todo, más confusa. Cuando le pregunté a Ana Iris Simón que a quién pensaba que ofendería su libro -y su discurso-, respondió: “A aquel que quiera ver la realidad de forma maniquea y sin matices. Al final, es inevitable, supongo: las ideologías acaban fetichizando cada cual a su sujeto político: la democracia al pueblo, el feminismo a la mujer, el fascismo la nación, el socialismo a la clase obrera. Y, siendo así, es difícil y doloroso reconocer los matices y la complejidad. Para mí, al menos, lo es”. Juzguen ustedes mismos.


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