Francisco Laína, el hombre que garantizó ''la continuidad'' democrática en el 23-F
16:00
8 Enero 2022

Francisco Laína, el hombre que garantizó ''la continuidad'' democrática en el 23-F

Francisco Laína era de Ávila, como Adolfo Suárez, y también procedía del 'antiguo régimen' del Movimiento.

A las seis y veinte de la tarde del 23 de febrero de 1981 es más que probable que muy pocos españoles fueran capaces de identificar por su rostro y por su nombre al director general de Seguridad, con rango de secretario de Estado.

Se llamaba Francisco Laína, abogado e integrante del cuerpo superior de administradores civiles del Estado. Peinaba raya a la izquierda, vestía con sobriedad de alto funcionario y pertenecía a la Unión de Centro Democrático.

Había alcanzado el rango de Gobernador Civil de León (1974-1976) antes de morir Franco. Después lo fue de Las Palmas (1976-1977), donde tuvo que afrontar un movimiento de guerrilla de extrema izquierda secesionista, el MPAIAC, que contaba con el apoyo de Argelia.

Durante la gobernación de Laína en la provincia canaria se produjeron varios atentados con bomba y un crescendo de la actividad terrorista del grupo dirigido por el abogado Antonio Cubillo.

Sin embargo, el motivo del cese de Laína, que a continuación fue nombrado gobernador de Zaragoza (1977-1980), estuvo relacionado con un conflicto urbanístico con el ayuntamiento de Las Palmas, por la construcción de un edificio público.

Pero en ese periodo isleño también le tocó pechar con el peor accidente aéreo español, cuando el 27 de marzo de 1977 dos aviones chocaron en tierra en el aeropuerto de Los Rodeos, con un balance de 583 muertos.

Tenerife no era responsabilidad de Laína, pero ese día un atentado con bomba de los secesionistas había hecho cerrar el aeropuerto de Las Palmas, produciendo el desvío de los aviones, que, junto con una densa niebla, alteraron fatalmente el funcionamiento de Los Rodeos.

Laína tenía dos cosas en común con el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez: ambos falangistas y de Ávila.

En esas circunstancias, el destino zaragozano podía considerarse una etapa de alivio para el ya bragado gobernador civil.

En cuanto al MPAIC, no duró mucho más. El 5 de abril de 1978, su líder Antonio Cubillo fue víctima de un apuñalamiento por encargo, en Argel. Quedó inválido tras el oscuro incidente (cuyo pago atribuyó la Audiencia Nacional a 'servicios policiales') y eso marcó un rápido declive de la organización, que un año más tarde renunció a la lucha armada y expulsó a su fundador.

Al llegar Juan José Rosón al ministerio de Interior, en 1980, Francisco Laína ascendió un peldaño, convertido en director de la Seguridad del Estado.

Tenga algo que ver o no con su recorrido político, Laína tenía dos cosas en común con el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez: ambos, falangistas, habían estado adscritos al partido único del franquismo, el Movimiento Nacional, y ambos habían nacido en Ávila.

Laína era natural de La Carrera, donde nació el 18 de mayo de 1936, en la comarca de Barco de Ávila-Piedrahíta, a unos 25 kilómetros de Cebreros, el pueblo de Suárez, que le sacaba cuatro años.

Y así, en un segundo nivel del aparato de gobierno, Francisco Laína ni siquiera estaba en el Congreso de los Diputados (no había motivo alguno para que estuviera allí) mientras se celebraba la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, tras la inesperada sacudida política de la dimisión de Adolfo Suárez.

A las 18:23, aunque el clima estaba enrarecido por la falta de explicaciones sobre la retirada del hombre que había guiado los pasos políticos de la Transición, desde el harakiri de los Procuradores de las Cortes franquistas, hasta la puesta en marcha de la Constitución, lo único que resonaba en el Hemiciclo era la letanía de los 'síes' y los 'noes' al candidato a primer ministro.

Entonces, "¡quieto todo el mundo!, ¡al suelo, al suelo, todo el mundo al suelo…!" y una ensalada de disparos al techo.

A él le correspondió firmar el comunicado público de la constitución de un "Gobierno en funciones", por orden del Rey.

No está registrado con exactitud en qué momento se movilizó el segundo nivel del Gobierno. Al caer la noche de aquel 23 de febrero, cuando la asonada del teniente coronel Tejero en Madrid estaba en su apogeo y los tanques del general Milans del Bosch paseaban por Valencia, las escasas fuentes informativas disponibles señalaron que un 'gobierno provisional', formado por los secretarios y subsecretarios de Estado había tomado el control formal de la nación.

Francisco Laína, como responsable de la Seguridad, era el jefe de ese gabinete de emergencia, que virtualmente se emplazó en el hotel Palace, en la Carrera de San Jerónimo y frente al propio Congreso ocupado y rodeado por diversas fuerzas de seguridad y militares, en medio de una gran confusión.

A él le correspondió firmar el comunicado público de la constitución de un "Gobierno en funciones", por orden del Rey, "para asegurar la gobernación del país dentro de cauces civiles" y "garantizar" la continuidad de "la convivencia democrática".

Probablemente esa noticia, el funcionamiento de un gobierno provisional, mientras los ministros y diputados permanecían secuestrados, fue la primera nota de alivio para la ciudadanía. Aunque poco se podía saber entonces de lo que realmente estaba haciendo.

Años más tarde, Laína explicó cómo le tocó a él, por su experiencia como responsable policial, hablar con mandos de la Guardia Civil y del Ejército, además de con el Rey y el jefe de su Casa, Sabino Fernández Campo, tanteando las fuerzas, las posiciones y las posibles desafecciones en caso de llegarse a un enfrentamiento armado.

Los riesgos y amenazas que aquella noche padeció la democracia española gravitaron sobre las espaldas de aquel político procedente del antiguo régimen, que hubo de tomar muchas decisiones en muy poco tiempo. Ordenó sobre la marcha alguna detención, como la del ultraderechista Juan García Carrés, al que sus conversaciones telefónicas delataban como integrante de la conspiración.

Laína contó, bastante después, que tuvo al general Armada, uno de los condenados por el golpe, en su despacho, en las horas en que se movían intrigas entre las capitanías generales, para unirse o no al asalto. A Armada le puso una escolta para evitar que participase en las intrigas.

También relató que, en la sorda batalla de aquellas horas, tuvo asesoramiento de tres sicólogos, que previeron las disensiones entre la amalgama golpista y, más o menos, en qué momento se empezaría a romper el grupo asaltante.

Cuando a la 1:13 de la madrugada del día 24 se difundió el mensaje del Rey Juan Carlos, con uniforme de capitán general, exponiendo públicamente su tajante desautorización y orden de retirada de los uniformados, a Francisco Laína le quedaba todavía por delante una muy difícil tarea político-policíal: el desalojo incruento de una toma de rehenes que incluía a las más altas magistraturas del Estado.

Y, además, gestionar el último coletazo protagonizado por el comandante Ricardo Pardo Zancada, que todavía se plantó frente al Congreso con un centenar de policías militares, con intención de apoyar a los golpistas del interior.

Se convirtió en un referente de servidor leal del Estado, que no es poco para un hombre de la política.

Pero, como predijeron los sicólogos, según Laína, poco después de las diez de la mañana algunos asaltantes empezaron a salir del edificio del poder Legislativo como podían, incluso saltando por las ventanas. A las 12:30 se entregó Tejero con los guardias civiles que seguían a su lado.

En la tarde del día 24, terminado todo y retomado el mando por el Gobierno del dimisionario Suárez, el director de Seguridad fue convocado a la Junta de Defensa Nacional, órgano del que no formaba parte, que empezó a evaluar y tomar decisiones sobre los sucesos de las últimas horas.

El ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, también contó los días siguientes con la presencia de Laína, como testigo de momentos tan graves como la decisión de detener al general Armada.

Pero, pese al decisivo papel que había jugado, al agradecimiento personal expresado por el Rey y el prestigio público adquirido en aquellas difíciles horas, Francisco Laína ya no tuvo mucho más protagonismo en la vida pública.

Se convirtió en un referente de servidor leal del Estado, que no es poco para un hombre de la política.

Lo cierto es que quedaba poco para el desmoronamiento de UCD, tras la marcha de Suárez. Durante el breve gobierno de Calvo Sotelo, de menos de año y medio, Laína se mantuvo en su puesto, como secretario de Estado, asegurándose de instalar en Ávila la academia nacional de la policía, fundada en abril de 1981. Es, confesaba, de lo que se estaba ocupando en el momento en que sonaron los disparos en la Carrera de San Jerónimo.

Entregó su despacho el 7 de diciembre de 1982, tras la arrolladora victoria del PSOE de Felipe González (28 de octubre), y se retiró definitivamente de la política, después de haber desmentido los rumores que le situaban en el Centro Democrático Social de Adolfo Suárez

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