Iñárritu se atraganta de sí mismo en 'Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades'
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2 Septiembre 2022

Iñárritu se atraganta de sí mismo en 'Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades'

La película autobiográfica del director mexicano, en su desmesura y su autocomplaciencia, acaba estrellándose contra el cielo

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El mito de Narciso nos dice lo que nos dice: que el hombre se miró en el estanque (entonces no había Instagram) y el castigo que le impuso Némesis por su engreimiento al rechazar el amor de la ninfa Eco no fue otro que enamorarse de sí mismo. Sin embargo, y pese a las bellas apariencias, quizá la lectura correcta sea otra: lo que dejó helado al efebo al ver su reflejo no fue tanto su evidente beldad, que quizá también, como el horror de verse convertido en otro. Su reflejo le confunde como una parte, un simple elemento más, del mundo. El yo es, en verdad, otro. De golpe, una simple imagen reduce el reino inexpugnable de la mismidad, de lo único, en el espanto de lo anónimo, de lo banal, de lo corriente. No es tanto amor propio como horror compartido. Sea como sea, al final cae y se ahoga.

Ahora pongamos que Alejandro González Iñárritu, director de cine que ya no efebo, sea un narcisista. La película recién presentada en Venecia de largo nombre ('Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades') así parece indicarlo. Su argumento es su propia vida; la geografía que la atraviesa es donde él ha vivido y vive; el actor protagonista (Daniel Giménez Cacho) más que sólo parecerse a él le imita, y cada segundo de la cinta de casi tres horas viene con la firma tatuada. No está claro si el director se ama hasta la extenuación o más bien se niega con estupor a ser considerado confundido con los demás como uno más, el caso es que, admitámoslo, se cae, se atraganta de sí mismo y, finalmente, se ahoga. Lástima.

Sobre el papel y la primera secuencia, todo invita al optimismo. En la frontera entre Estados Unidos y México, una sombra avanza ingrávida detenida en el espacio y suspendida en el tiempo. Suena lírico y es simplemente un prodigio firmado por el fotógrafo Darius Khondjii. El director quiere relatar no tanto su existencia como ese lugar quizá sagrado en el que la memoria confunde realidad y ficción. "El tiempo", dice el director, "es líquido". Se trata no tanto de mostrar nada como de ofrecer al espectador una experiencia visual en la que literalmente sumergirse, hundirse. Apurando, la idea es que todos seamos el propio Iñárritu. Es así.

Sin embargo, pronto empiezan los problemas. El director en su justa ambición (para una artista que se precie, la ambición nunca es desmedida) lo quiere todo. Y por todo se entiende desde la pautada descripción de la historia entera de México antes de la llegada de los españoles hasta la colonización actual estadounidense, a la puntual explicación del sentido mismo de la vida, de la muerte, de la paternidad y del cine, pasando por la denuncia de la pobreza, la violencia, los desastres de la emigración y el penar de la fama. Todo eso y los ajolotes. Nada que objetar en cuanto al catálogo inabarcable de ambiciones. Lo que no cuadra es ni el tono, siempre ampuloso, ni el punto de vista, la mayor parte de las veces condescendiente hasta la extenuación con el protagonista. Se diría que más que un honesto análisis de sí, estamos ante simplemente una abigarrada justificación, cuando no glorificación. Y ahí, el ahogamiento narcisista.

Todo la película gira alrededor de un premio que recibe en Estados Unidos el personaje principal. Aunque en la ficción se trate de un periodista dedicado en cuerpo y alma a retratar el penar de los emigrantes, no cuesta imaginarse al propio cineasta con varios Oscar en la mano y la conciencia dolorida. ¿Cómo explicar los privilegios de un artista privilegiado que convierte su trabajo en la encendida protesta y reivindicación de los desheredados? Probablemente no haya modo. La contradicción vive instalada en la certeza de que el arte es una ocupación de pudientes y bien está que éstos miren a los demás para cuestionar al menos la injusticia de lo que les es dado.

'Bardo', en cambio, se pelea contra esta obviedad como lo hace una persona ofendida por el dolor de los demás. Y la manera que tiene de justificarse es poco menos que señalar a los otros por no estar a su altura y teatralizar de manera poco pudorosa la empatía por el sufrimiento ajeno. Cuando en una de las escenas más espectaculares la cámara vuele por un desierto sembrado de restos humanos, alguien podría estar tentado de mencionar la palabra sensacionalismo y, probablemente, tendría razón.

Se antoja complicado convertir un remedo de 'Fellini, 8 y medio' en un manifiesto social, una experiencia sensorial, una confesión de los pecados, un acto de contrición, una penitencia y una auto-absolución. Tan complejo es que al final, mira por donde, es imposible. Y, claro, se ahoga Narciso, Inárritu, los ajolotes y el mismísimo espectador. Llegará el día que Netflix (vuelven a ser ellos) contrate a un productor.


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