Isaki Lacuesta: ''Entre pandemias y terrorismo, hemos vivido una gran conspiración para encerrarnos en casa''
08:09
21 Octubre 2022

Isaki Lacuesta: ''Entre pandemias y terrorismo, hemos vivido una gran conspiración para encerrarnos en casa''

El director presenta 'Un año, una noche', la película que revive el atentado de la sala Bataclan de París desde la experiencia de dos de los supervivientes

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En poco menos de un año, Isaki Lacuesta ha sacado un máster en apocalipsis. En todos ellos y desde todos los acordes posibles de sus clarines. Como todos, pero él más. Al sonido de la cuarta trompeta, "fue dañada la tercera parte del Sol, la tercera parte de la Luna y la tercera parte de las estrellas", se lee en el texto bíblico y, en efecto, de eso va la serie de televisión 'Apagón' de la que el director firma el último de los capítulos.

Al sonido de la que viene a continuación, y siempre según el Libro, vio cómo del humo surgían "langostas que se extendieron por la Tierra; y se les dio poder como el que tienen los alacranes". El coronavirus no deja de ser una criatura como las citadas, además de antojarse la prueba y metáfora más evidentes de la fragilidad de todos.

Y por último, con el clamor de la sexta, fueron soltados "los cuatro ángeles atados junto al gran río Éufrates, para que mataran a la tercera parte de la gente". 'Un año, una noche', la película que ahora se estrena, bien podría ser en parte el relato e imagen de este último episodio apocalíptico del que, otra vez, Lacuesta oficia de transcriptor.

No en balde, se habla por primera vez en el cine de los atentados de París de 2015 que todo lo cambiaron. Se habla de lo que quedó después de que un grupo de cuatro terroristas arrasaran con la vida de al menos 80 personas en la funesta y célebre sala Bataclan.

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"Aquello lo cambió todo. Empezando por el propio sonido de la ciudad", recuerda el director para sólo apuntar la profundidad de la herida, la dimensión de, en efecto, el Apocalipsis que no acaba. "Recuerdo que cuando ensayábamos, antes de rodar, lo comentábamos entre todo el equipo. París era una constante algarabía de sirenas que no paraban de sonar. De repente, la sensación de hipervigilancia se apropió de cada gesto cotidiano de forma mucho más acusada que tras los atentados del 11-S", continúa. Y añade: "De golpe, se extendió una sensación de fragilidad de los placeres colectivos como los conciertos, las terrazas o el cine de la que aún no nos hemos desembarazado del todo y contra la que tenemos que actuar. Entre pandemias, terrorismo y ahora crisis energética con la guerra al fondo se diría que vivimos en una conspiración para encerrarnos en casa".

La película está basada en el libro de Ramón González 'Paz, amor y Death metal'. Él fue uno de los supervivientes. El suyo fue un empeño descomunal por obligar a la memoria a quedarse con él y, de paso, con todos. "Ramón utilizó su relato y su escritura como una forma de terapia. Se sentó a redactar apenas dos semanas después de la masacre con la intención de no olvidar, de no dejar que lo que él pasó se perdiera o se confundiera entre otras mil historias", comenta Lacuesta con devoción indisimulada hacia una labor casi por fuerza tan titánica como definitivamente imposible. Y sigue: "Cuando hablé con Ramón y su novia, ella recordaba que todo estaba a oscuras, que apenas les veían las luces de los móviles. Él en cambio tiene claro que se veía todo con nitidez. Y de ahí precisamente el horror. Lo curioso es que la memoria no sólo es frágil sino terroríficamente creativa. Más tarde, el jefe de policía me comentaba que los agentes traumatizados no sólo eran los que habían entrado y, tras contemplarlo todo, apenas pudieron hacer nada; también se vieron igual o más afectados los que no entraron y que después de escuchar a sus compañeros pasaron ellos también a tener recuerdos nítidos de lo que no habían visto".

'Un año, una noche', para evitar confusiones, no cuenta el atentado en sí, sino que se centra en las consecuencias de la muerte cercana y ajena en unas vidas condenadas a vivir para siempre con la memoria clara del horror oscuro. Cada uno sufre a su manera. Él (magistral el actor Nahuel Pérez Biscayart) se detiene y se deja caer consciente de que después de lo vivido ya nada se mantiene en pie. Ella (no menos descomunal Noémie Merlant) sigue adelante sabedora de que si se para y vuelve la vista atrás perderá el pie para siempre. Y, sin embargo, y sin ser la descripción de la crueldad evidente de la matanza ni el argumento ni el objetivo, ahí está, perfecta, entera y brutal.

"Es difícil discernir con claridad hasta dónde se puede mostrar sin caer en lo obsceno. Pero tampoco se puede hacer trampas y fiarlo todo a la imaginación del espectador dejando lo más duro fuera de campo. Nuestros límites siempre fueron no mostrar el impacto de las balas en los cuerpos y no dar en ningún momento protagonismo a los terroristas", explica Lacuesta con convencimiento y hasta con un amago de rabia. "No se puede caer en la espectacularización de la violencia. Hay cosas que tienen belleza que no deberían tenerla. Cuando las víctimas salen de camerino a oscuras y encuentran la luz; de repente, eso es algo bello y liberador, pero en el fondo fue y es profundamente terrorífico", insiste.

Toda la película está compuesta como un puzzle prodigioso y sin tiempo donde el pasado se cruza con el presente a la búsqueda de un futuro que no llega. La memoria no es más que el testigo real de unas vidas que resisten. Y que lo hacen entre el recuerdo de lo terrible y la esperanza necesaria. "Ahora que ya se ha celebrado el juicio, es el momento de contarlo todo, de poner en común los sentimientos de todos los que hasta ahora han vivido con su sufrimiento en soledad. Sé que hay muchas otras películas y libros en rodaje o ya listas. Es el momento, pese a todo, de volver a tomar la calle y reivindicar ahora más que nunca los placeres colectivos", concluye el perito en apocalipsis que ya en Lacuesta. Fuera trompetas.


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