Juan Mayorga: ''Tenemos que planear los errores con ambición, caer desde lo alto''
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28 Octubre 2022

Juan Mayorga: ''Tenemos que planear los errores con ambición, caer desde lo alto''

El dramaturgo y ensayista, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2022, leerá el último discurso de los premiados en la gala de entrega de esta tarde, en el Teatro Campoamor de Oviedo.

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El ingreso en la RAE, los premios nacionales de Teatro y de Literatura Dramática, el Princesa de Asturias de las Letras... Parece que España ha encontrado en Juan Mayorga (Madrid, 1965) un ejemplo de bondad intelectual, cordial en las formas y exigente en el fondo. No sólo eso: España se empeña en que reflexione al respecto. Mañana, Mayorga leerá el último discurso de los premiados en la ceremonia de entrega de los Princesa de Asturias en Oviedo.

¿A qué conclusión va llegando de discurso en discurso?

Este premio, este en en particular, me excede. Llego a la conclusión de que he recibido una atención desproporcionada al valor de mi trabajo, casi desde que empecé. Mi trabajo tiene límites evidentes, pero mucha gente ha decidido ignorarlos y ha atendido a lo que encontró en él de valioso. Y a esa atención, esa paciencia y ese respeto sólo se puede responder con trabajo. Debo aspirar a la excelencia. Me quedo lejos pero trabajo para ella; soy ambicioso por respeto a mí y a los que me atienden.

¿Intuye por qué el mundo ha sido amable con usted?

El mundo ha sido amable desde que nací en una familia que me cuidó. He tenido buenos encuentros. La suerte en la vida es tener buenos encuentros y yo los he tenido. De todos, el más importante fue el que tuve con mi mujer. Pero también los he tenido con grandes maestros. He tenido algún mal maestro y muchos muy buenos. Me acuerdo una frase de María Zambrano: no tener maestro es como no tener alguien ante quien preguntarse. Yo tuve la suerte con los maestros del instituto, la tuve con Reyes Mate en la filosofía y con Sanchis Sinisterra y Josep Maria Benet i Jornet en el teatro... Ahora, echo la vista atrás, recuerdo cuando hice Siete hombres buenos o Más ceniza, cuando empecé a escribir, y caigo en que hubo gente que dijo de mí: «Este va en serio».

¿Iba muy en serio?

Sí. Acaso por carácter, porque instintivamente creo que en la vida hay que entrar en cada momento como el pirata que se abraza a una cuerda y va con el cuchillo en la boca. Y acaso porque tuve la suerte de que, cuando llegué al teatro como espectador, me encontré en seguida con el gran teatro. No es insignificante que las primeras obras que viera fueran Doña Rosita, Seis personajes en busca de autor, La vida es sueño... Yo había crecido en una casa en la que había mucho respeto por los libros. Sentía que el teatro podía tener la misma complejidad que la gran narrativa. Tanta complejidad como Mann, Kafka, Dostoievski y Cervantes. Entré en el teatro con la idea de que el teatro tenía que alcanzar esa envergadura. Y sigo creyendo que debemos aspirar al gran teatro.

¿Le interesa el teatro no muy intelectual, no muy propositivo, comercial o como lo quiera llamar?

Soy un espectador promiscuo. Veo con entusiasmo modos de teatro que no practico. Puede que no los practique porque no soy capaz. Ya quisiera saber hacer tantas cosas que no sé hacer... En general, hay que desconfiar del discurso de los artistas porque suele ser de autolegitimación: decimos que hay que hacer unas cosas determinadas que siempre son las que hacemos y que, en realidad, son las que sabemos hacer. Hay formas de teatro que no hago por incompetencia y otras que no deseo hacer pero que recibo con gusto como espectador. No pasa nada, no todos tenemos que hacer el mismo teatro. Yo sé lo que me importa y lo que soy capaz de compartir y eso es suficiente. Dicho esto, el teatro ha de ser entretenido, interesante, absorbente... Podemos discutir qué significa entretenido, pero sé que no hago teatro elitista. Puede que no sea para todos pero quiero que el teatro convoque a toda la ciudad.

¿Por qué elige el teatro?

Porque es un arte es omnívoro, que puede hacerse cargo de todo, de cualquier género, cualquier estrategia, cualquier técnica, cualquier experiencia... Las preocupaciones que pude representar en un ensayo las puedo presentar de manera conflictiva en el teatro. Se puede contar cualquier historia desde el teatro, se puede asaltar la lengua como lo hace el poeta. El teatro se ha convertido en mi modo de relacionarme con el mundo.

Su teatro es más retador que su carácter, ¿no?

El teatro vive del conflicto. Mi trabajo es estar permanentemente atento a conflictos, los íntimos y los que están alrededor, para llevarlos al escenario. Dicho esto, soy partidario del acuerdo, de la renuncia, de comprender las razones del otro y de reconocer que a menudo presentamos como razones lo que son intereses.

Antes hablaba de maestros. ¿Sabría sintetizar lo que trata de transmitir cuando da una clase?

Intento no vender esperanzas infundadas pero tampoco extender la desesperación. Cuando insistimos en los discursos pesimistas, educamos para la resignación y el fatalismo, en ese «nada se puede hacer» reaccionario. Siempre me acuerdo de una frase de Walter Benjamin, decía que había que «organizar el pesimismo», que es una paradójica forma de ser optimista.

Y eso, llevado al teatro...

Mi tarea es acompañar a gente que busca su voz, darles con mi experiencia pero sin asfixiarla. No es cuestión de crear clones sino, al contrario, ayudar que voces divergentes se encuentren a sí mismas. Acaso mis experiencias, no sólo lo que logré sino las experiencias fallidas y los caminos abortados, les ayuden a encontrar su camino. Hay otra frase Benjamin: «Una escuela no debería ser el lugar en el que una generación domine a otra sino el lugar en el que dos generaciones se encuentren...». No hay una sociedad fuerte sin una escuela fuerte.

Hábleme de sus frustraciones

Hay un personaje de Brecht, el Señor Keuner, al que le preguntaban: "¿Qué hace usted, Keuner?". Y él contestaba: «Preparo mi próximo error». Es un buen modo de afrontar las cosas. En el arte y me temo que en la vida, preparamos errores. La particularidad del arte es que tenemos que planear nuestros errores con ambición, caer desde lo alto. Si miro atrás, hay piezas mías de las que que pienso que sí, que reconocí la ley de la obra y fui fiel a ella. Lo más difícil en mi trabajo es encontrar la forma de una obra. Quiénes son los personajes que necesitamos, que relación tienen entre ellos, que tiempo y espacio doy a la obra, cómo se relacionan los actores con el público... Es un poco difícil de explicar pero eso es lo que llamo la forma. En Paz perpetua, Himmelweg, El chico de la última fila y La lengua en pedazos estuve cerca de conseguirlo. En otras obras que están representadas, traducidas y editadas siento que tendría que seguir trabajando porque no llegué a ese estado. En El arte de la entrevista y en El mago, por ejemplo, siento que tendría que seguir escribiéndolas. La conclusión es esa, que hay que seguir trabajando, exigirnos más.


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