La crisis del PSOE más allá de Lastra: ''El partido es un encefalograma casi plano sin señales de reacción''
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19 Julio 2022

La crisis del PSOE más allá de Lastra: ''El partido es un encefalograma casi plano sin señales de reacción''

Tras su victoria ante Susana Díaz y los barones, Sánchez anuló los contrapesos, laminó la disidencia interna e implantó la ley de la sumisión

Política Adriana Lastra dimite como vicesecretaria general del PSOE y facilita a Sánchez remodelar su dirección Perfl Adriana Lastra, dominatrix del sanchismo y látigo del PP

El PSOE está perdido, no tiene pulso, le falta capacidad de reacción, vive en estado de letargo. Su última señal de vida la dio la militancia revolviéndose en el verano de 2017 para reinstalar por segunda vez a Pedro Sánchez en la secretaría general. Fue un último estertor porque el líder renacido de las cenizas volvió con la firme voluntad de no ser nunca más pasto de las llamas de un partido en el que habitaran órganos de poder en competencia con el suyo.

Tierra quemada fue la consigna tácita del 39º Congreso socialista en el que se emprendió el proceso de vaciado de los órganos vitales del partido, ésos que hasta entonces habían ejercido de contrapeso para frenar las tentaciones de poder omnímodo del secretario general.

Las nuevas normas del PSOE de Sánchez, aprobadas mediante reforma de los estatutos en febrero de 2018, laminaron el Comité Federal, hasta entonces verdadero máximo órgano entre Congresos, arrebatándole sus funciones históricas -entre ellas poder expulsar al secretario general mediante moción de censura directa- y centralizaron todas las competencias en el líder y en la Ejecutiva integrada por sus afines.

El Comité es hoy un foro sumiso sin relevancia y la Ejecutiva, un mero altavoz sin derecho a réplica, ni siquiera una pálida sombra de aquel órgano cuyas reuniones llegaron a ser calificadas por José Bono como ejemplo de «porno duro».

Se prometió que la última palabra en las decisiones clave de la formación la tendría la militancia, pero con el tiempo el compromiso se ha diluido hasta desaparecer. Los barones, hasta entonces núcleo alternativo de poder interno, quedaron arrinconados y con ellos, la fuerza de los territorios menguó para ser acaparada por Sánchez y su círculo de allegados.

«El PSOE que conocimos no volverá». Con esta frase Elena Valenciano, mano derecha de Alfredo Pérez Rubalcaba y ex vicesecretaria general del partido, zanjó hace mucho tiempo las esperanzas de ver renacer la organización vital, contestataria y levantisca que se activaba como una supermaquinaria electoral en toda la geografía nacional; el partido que permanentemente discutía consigo mismo, que combinaba socialismo y liberalismo, que no renunciaba a ocupar el centro político y que siempre huyó de los pactos contra natura.

La formación que supo respirar bajo el puño de un vicesecretario general como Alfonso Guerra; un adicto a las encuestas y a las maniobras como Pepe Blanco o una extremista del diálogo y el pacto como Elena Valenciano, quedó asfixiada con el mandato de Adriana Lastra, mano derecha de Sánchez y vestal irreductible de sus esencias.

El partido, lamentan bajo anonimato las pocas voces críticas que restan, «es un erial». Las elecciones en Andalucía han demostrado que «el encefalograma es casi plano sin señales de reacción». A Lastra y su lucha por ejercer el poder sobre la formación frente al secretario de Organización, Santos Cerdán, y sobre el grupo parlamentario frente al portavoz en el Congreso, Héctor Gómez, le atribuyen buena parte del descalabro, pero todos los consultados coinciden en que la raíz del mal es más profunda y viene de más lejos, de aquel verano de 2017.

Este lunes, los barones aseguraban haberse enterado de la dimisión de la vicesecretaria por la prensa. «Nadie nos había anticipado nada», afirman dudando de que el embarazo sea la razón última de su marcha. El topetazo andaluz ha abierto la espita del miedo, incluso para Sánchez que ve cómo la dosis de anestesia que impuso al PSOE ha sido excesiva. A fuerza de aplaudirle, el partido ha olvidado el sano ejercicio de la autocrítica, ha perdido la conexión con la ciudadanía y ni siquiera ha sabido mantener su histórico granero electoral.


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