La final de Copa se gana temprano
20:14
23 Abril 2022

La final de Copa se gana temprano

Los aficionados de Betis y Valencia rivalizaron en los bares y parques y en La Cartuja, en una fiesta previa a la final que ni siquiera la lluvia deslució

Copa La primera de Pellegrini y Bordalás o la última de Joaquín o Gayà

La línea 12 de TUSSAM une la barriada de Pino Montano con la Plaza Ponce de León, en el centro de Sevilla. Son las doce en punto, la hora canónica para la primera cerveza del día. El 12 es el dorsal que representa a la afición. Todo se mezcla en este autobús salpicado de verde y blanco. «A beber», me contesta el que lleva la bandera como una capa cuando le pregunto a dónde van tan temprano. «Queda mucho para el partido aún», añado ingenuo. «Estamos bien entrenados».

El Estadio de la Cartuja queda aún lejos, en las huellas y el segundero. El mamut color canela descansa junto al río, acurrucado entre la arquitectura fugaz de la Expo. Betis y Valencia se juegan la Copa del Rey. Que las ciudades están vivas se adivina por los cláxones. Orquestas incómodas e improvisadas. El asfalto tiene pulso. Hay bulla y una dulce urgencia por no hacer nada. Al bajar del autobús, casi todos tiran para el mismo el lado. Buscan los bares, la complicidad de los amigos. Esquivo El Rinconcillo, enfilo calle Gerona. Todas las mesas están llenas. Rechina todavía la cera de las procesiones bajo los zapatos.

Llego al Vizcaíno. Está tomado por el beticismo. En la puerta del bar, descamisado, hay un aficionado con un megáfono. Desde las terrazas de otros bares, también corean lo que él va marcando. Sobre su mesa alta se apilan los chaquetones. «Viva Cristóbal Soria», grita a mi paso. Luego cantan «Es la hora, es la hora, es la hora de animar...» con el ritmo del Ilariê de Xuxa. Solo hay un brasileño en este Betis: Willian José. En la última Copa del Rey que ganó el Betis, en 2005, fueron tres los titulares: Assunçao, Edu y Oliveira.

Los valencianistas buscan sus apartamentos y hoteles en el móvil. Algunos, recién llegados, aún arrastran sus maletas. «¿Que cómo lo veo? ¿Qué cómo lo veo?», me repite uno de ellos. Se levanta la camiseta y me enseña un escudo del Valencia tatuado en el costado. «¡Así lo veo!». Vuelve a tomar el asa del trolley y sigue su camino por la calle Feria. Una despedida de soltera se cruza en el camino. «A ver si levantamos nosotras también algún trofeo», dice una de las chicas. Las amigas se ríen con estruendo. En un instante mágico, frente a un bar en San Juan de Palma, se desafían teatralmente dos aficionados rivales. Uno lleva una camiseta de Cañas, Macron y publicidad de CIRSA, y otro la camiseta de Mendieta, LUANVI y publicidad de Ford.

En la Alameda de Hércules huele a pizza. En los parques, los padres vigilan el juego de los niños. Las litronas van de mano en mano, como el legado ambarino de otros tiempos. Un señor con el pelo verde. Un pastor alemán con las trece barras. Empieza a llover, pero a nadie le importa. Petardos y pelucas naranjas por el lado che. "Ni manque pierda, ni hostias. Hoy hay que ganar, sino para que nos hemos vestido así», me dice Luis. Y señala a las decenas de béticos que empiezan a llenar la Alameda. Cerca, vemos cómo llevan a hombros y jalean a un señor que se parece a Lorenzo Serra Ferrer.

Atravieso Trajano, llego a la Plaza del Duque. Me cruzo con un padre y su hijo, que apenas tendrá dieciocho años; los dos visten idénticas camisetas heliopolitanas. Se parecen mucho, pero el crío tiene una sonrisa más clara. «Es su primera previa», me dice el padre. «Yo ya llevo muchas a mi espalda, pero la de hoy es especial». Al chaval no se le borra la felicidad de la cara y un brillo nácar y tierno en la mirada. Se gira cuando escucha los cánticos de un grupo que pasa cerca de La Campana. «A lo mejor hoy le dejo hasta que se tome una cerveza. Sin alcohol, eh», se ríen. Siguen su camino pausado. Las finales endurecen. Las finales cincelan la madurez como el desamor o las traiciones de los amigos. Escucho pitos y bocinas y me acerco a los pies de Las Setas. Es una manifestación. «Correos no se vende, se defiende», dice una de las pancartas. Falsa alarma. Llego al Tremendo. «Arriba Betis, campeón», gritan bajo el toldo. «Ya veremos», murmura un valencianista que pasa a mi lado. «Estamos cerca, valencianistas», dice otro con el móvil en una mano y una maleta en la otra. La ciudad está encendida de blancos y naranjas, de verdes y blancos, de murciélagos, barras y coronas. Todos brindan por goles que aún no han sucedido. Por glorias transparentes. Quedan horas para que los tacos arranquen la hierba y parezcan mandíbulas las redes a ambos lados del rectángulo. Quedan horas para que la felicidad, que ahora es de los dos, que ahora es júbilo común, estalle en abrazos, lágrimas, flores y bengalas. Horas para que el fútbol convierta en ceniza la gloria soñada. Horas para que la noche sea más noche para los que han perdido. Horas para que se grabe en el metal de la historia el nombre de un club, la suave tiranía de su escudo.


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