La herida del sexo, según la más bella e inquietante fábula de Fernando Franco
17:00
21 Septiembre 2022

La herida del sexo, según la más bella e inquietante fábula de Fernando Franco

'La consagración de la primavera' se alza como una revelación en una excesivamente ortodoxa sección oficial del Festival de San Sebastián por su gesto turbio y sonámbulo, magnético y desconcertante

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¿Hasta dónde el sexo?, ¿por qué el sexo?, ¿qué tiene el sexo que no tenga, por ejemplo, el pádel? Y una última: ¿cuál es el motivo por el que el sexo genera tanto 'clickbait'? No está claro que Fernando Franco, director de cine, tuviera en mente todas estas cuestiones más o menos estúpidas cuando ideó la fábula, a la vez inquietante y clara, 'La consagración de la primavera'. Tampoco, por el aspecto, parece que haya jugado jamás al pádel. Pero lo cierto es que su aproximación a la revelación del sexo, llamémoslo así, sorprende e inquieta con una pregunta que se come otra pregunta, con una enorme interrogación escondida en los ojos inabarcables de una actriz, Valeria Sorolla, empeñada en masticar enigmas. Suena tremendo y, en realidad, es sólo una película tremenda, tremenda además de liberadora y, apurando y en su extremada sencillez, descomunal.

La cinta, que irrumpió en la sección oficial de San Sebastián para discutirlo todo, enredarlo todo, despertar a todos, cuenta la historia de una joven estudiante que llega a Madrid para 'hacer' Químicas. Y lo de 'hacer' es literal: estudia sí, pero a lo que más tiempo dedica es a experimentar en el sentido más amplio. Sola, sin mucho dinero y sin tener muy claro quién es, qué es y cómo es, un buen día conoce a otro joven con parálisis cerebral y postrado en una silla de ruedas al que da vida con la misma entereza que gracia Telmo Irureta (es ahora, por cierto, cuando se aprecia en profundidad el error de 'Fácil', la serie de Movistar cada vez más incomprensible). Y al lado madre: una imperial Emma Suárez. El sexo, de golpe, no admite condiciones. El sexo libera los cuerpos por muy torturados que éstos estén. No hay más tabú que el que arde.

Lo que sigue es un camino de revelación, en su versión más lírica, pero también es, ya se ha dicho, sexo, en su acepción más evidente, que es también la más confusa. Es eso y es muchas otras cosas igual de indefinidas pero también exactamente igual de atractivas, magnéticas, cómicas, disparatadas y hasta incómodas. El sexo es todo eso. Lo que no es, eso es irrefutable, es pádel.

La cámara se sitúa al lado de los ojos abiertos de par en par de Sorolla y con ella (o, mejor, desde ella) descubre un mundo; experimenta con él. El rigor, la precisión y la profundidad de la propuesta de Franco no son incompatibles con un sentido del humor tan esquinado como transparente que igual hace cosquillas que pincha. Y duele. Lo que se cuenta es un viaje de descubrimiento que también lo es de duda y de reconciliación, de liberación y de sorpresa, de espanto y de placer, de sexo y de sexo (dos veces). Sin duda, el resultado se antoja la propuesta más arriesgada y vibrante de cuantas han pisado una sección oficial demasiado entregada a no equivocarse, a no dar nada más que aquello que se pide. Nota mental: la emoción sin reflexión es populismo.

Enma Suarez, Telmo Irureta y Valeria Sorolla, hoy en San Sebastián.Enma Suarez, Telmo Irureta y Valeria Sorolla, hoy en San Sebastián.ANDER GILLENEAAFP

Como en su deslumbrante trabajo de 2013 que también fue debut en el largometraje, también presentado en San Sebastián, el director se empeña en reconstruir desde la inquietud de una duda individual, y si se quiere ajena, el dibujo exacto de algo mucho más grande y que nos incumbe a todos. En 'La herida', así se llamó su primera película, se trataba de componer, merced a la interpretación fuera de norma de Marian Álvarez, el perfil de una enfermedad que empieza por llamarse Trastorno Límite de la Personalidad y acaba por denominarse vida. Ahora, en una especie de díptico casi fortuito, y desde un lugar menos trágico, la idea es alcanzar la misma fiebre que, en este caso, también es calentura. Brillante, desconsolado y muy turbador.

Fue Otto Weininger, misógino además de otras muchas más cosas (muchas de ellas malas), el que antes de suicidarse se alzó contra lo que llamó "la cultura del coito" en su célebre, inclasificable y provocador libro 'Sexo y carácter'. Se lamentaba de ese empeño en reducir a la mujer al estereotipo de energía fecundadora de la creatividad del hombre y discutía esa falsa liberación que consistía, a su juicio, en la simple equiparación legal con el varón. Con lo que había que acabar, siempre según él, es con la misma maternidad, con esa "vida inferior" determinada por la biología. 'La consagración de la primavera', para evitar sustos, no pretende tanto, pero sí se arriesga a ir más allá, a zarandear los estereotipos y hasta las leyes llamadas naturales o sociales, a cuestionarse cada uno de los porqués que tanto nos intrigan del sexo y no, por ejemplo, del pádel. Es así.

CINE CONTRA LOS RELOJES

A su lado, la sección oficial presentó, en un día sin duda para el júbilo, 'Los reyes del mundo', de la colombiana Laura Mora. La que fuera directora de la intensa y hasta desbocada, a pesar de sus lagunas, 'Matar a Jesús' regresa a la misma boca del lobo con un cuento de gramática furiosa, de estilo no sólo libre sino volcánico. Todo explota. Estructurada como una película de carretera, la directora se detiene en la vida por fuerza desesperada de cinco chavales sin más patrimonio que su íntima desesperación. Y desde ahí, cuesta abajo en un ejercicio de cine esencialmente delirante, exaltado y, sobre todo, feliz.

Rá, Culebro, Sere, Winny y Nano son chicos de la calle de Medellín. El primero de ellos recibe en herencia una tierra de su abuela antes expropiada ahora devuelta. Los cinco emprenderán un viaje a la tierra prometida, a su Ítaca imposible, cuyo único argumento es la total ausencia de argumento. Es un canto a la desobediencia que también lo es a la necesidad de resistir. Viven fuera del mundo en un mundo que hace tiempo perdió el sentido mismo del tiempo. Y así.

Cuentan que los obreros de la Comuna de París recorrían las calles disparando a los relojes como símbolo último de la parcelación de la vida, de la explotación. 'Los reyes del mundo' cuenta como el más certero disparo en el centro mismo del minutero. Brillante, arrebatada, vital y sin nombre. Todo un prodigio. También hay sexo (no mucho, pero lo hay). Tampoco hay pádel.

Por último, la misma sección oficial presentó la producción portuguesa 'Great Yarmouth: Provisional Figures', de Marco Martins. Toda la película se mueve sobre la idea de un descenso a los infiernos en caída libre. Y a fe que lo consigue. La historia discurre tres meses antes del Brexit cuando cientos de trabajadores portugueses llegan a Reino Unido para trabajar en las fábricas de procesado de carne de pavo. El lugar del que habla el título es destino de vacaciones, reserva ornitológica y una enorme máquina de triturar carne en todo los sentidos imaginables.

Alrededor de la figura de su protagonista (una doliente Beatriz Batarda), la propuesta de Martins traza cada uno de los círculos del, digámoslo así, averno capitalista (explotación, racismo, crueldad, deshumanización y humillación) sin barajar la posibilidad de hacer alguna concesión por mínima que sea. Pero no es cine de impronta social, es básicamente cine sucio, cine visceral, cine que hace daño. El resultado, como no podía ser de otro modo, duele. Molestan las metáforas demasiado evidentes de los pájaros (los que están libre frente a los despiezados), irrita ese miserabilismo a machamartillo, pero el resultado se antoja tan poderoso y febril, que bien merece, cuanto menos, un suicidio colectivo. Es así. Inmisericorde sin duda.

También hay sexo, por cierto, pero no es recomendable. Del pádel sigue sin haber noticias.


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