La humanidad contada por el baile, desde el Paleolítico hasta TikTok
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15 Diciembre 2022

La humanidad contada por el baile, desde el Paleolítico hasta TikTok

Luis Costa reúne varios milenios de danzas, 'agarradas' o sueltas, en el ensayo 'Dance usted'

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Habría que remontarse al Paleolítico para dar con pistas de los primeros contoneos humanos alrededor del fuego, con el chamán de turno cual maestro de ceremonias. Ahí queda el disc-jockey primitivo pintado en las grutas de Trois Frères, en el sur de Francia. Unas cuantas modas y milenios después, el mundo no ha cambiado tanto: los nuevos chamanes siguen tratando de elevar a su público con sus ritmos pregrabados. El camino ha sido enrevesado.

Luis Costa, que acaba de publicar el ensayo Dance usted en Anagrama, sabe algo del tema: lleva pinchando desde que amanecieron los 90 y ha explorado a fondo dos grandes escenas históricas de nuestra geografía bailonga, como la valenciana y la ibicenca, en sendos libros publicados por Contra, ¡Bacalao! y Balearic.

«Hay un largo viaje, desde las sociedades primitivas, donde se baila para festejar la conexión con los dioses, favorecer las cosechas, y la buena suerte, hasta que se vuelve a conectar con la raíz primitiva del baile individual», comenta Costa. En efecto, eso de lanzarse a la pista sólo porque suena tu temazo favorito es relativamente nuevo. Hasta el siglo pasado, el baile se concebía en pareja, a menudo como ritual de apareamiento, disfrazado de galantería.

«Las sociedades se fueron sofisticando, y el baile se fue codificando, primero con el baile cortesano y luego con el baile de pareja. El primer baile en el que las parejas se separaban surgió en las plantaciones del sur de EEUU, donde los esclavos se mofaban de los señoritos. Es el cakewall, y de ahí nos vamos al ragtime, al jazz y al swing», explica.

Si ya se toman distancias, «el rock, el twist y el chachachá son los primeros brotes de bailes individuales, que germinarán en dos grandes culturas paralelas en el tiempo, la de la música disco y el Northern Soul». Esta última surgió, a principios de los 70, en el norte de Inglaterra, a partir del culto a ignotos singles de soul americano y convirtió lugares tan remotos como el Wigan Casino, a 204 millas de Londres, en catedrales del baile. «El ambiente del Northern Soul seguía siendo machista, los hombres dominaban la pista, y las mujeres quedaban en segundo plano», dice Costa. Aquello, sin embargo, allanó el camino a la explosión del acid house a finales de los 80, que encendió nuestro primitivo yo bailongo ya definitivamente.

«El acid house es el momento en el que se rompen las reglas del juego, se democratiza la pista de baile y, felizmente, se deja de acudir a las discotecas sólo para ligar. Hasta entonces, las chicas casi no podían ir solas, pues se encontraban a una manada de machos esperando el momento para saltar sobre sus presas», dice Costa. Irónicamente, mal que les pese a los británicos, empeñados en señalar a Jimmy Saville -el controvertido presentador de Top of the Tops- como el primer pinchadiscos de la historia, la que apagó el jukebox y empezó a manejarse con dos platos, sincronizándolos además con las luces, fue una mujer, francesa y judía: en 1953, Régine Zylberberg tapizó de linóleo (como las cocinas) el suelo del Whisky à Go Go, en Saint-Germain-des-Près, y ahí empezó la fiesta.

Tras la gran catarsis colectiva del acid house se consolidó la llamada cultura de club que, para Costa, se estaría perdiendo en nuestros días. «Hoy en día se baila mucho, pero sobre todo en Tik Tok», dice en un lamento. «En los clubs la gente está demasiado pendiente del móvil, de hacer la foto y subirla a las redes sociales. Y luego está eso tan absurdo de colocar al disc-jockey en el escenario, como si fuera una banda de rock. El DJ no es el centro de la fiesta, lo importante es la música».

En efecto, ni siquiera hay que tener los ojos muy abiertos para sentir la música, y se sabe que los hay que van completamente ciegos. «Sería ridículo negar la relación entre el baile y el consumo de alcohol u otras sustancias, son caminos que se van entrecruzando, pero no van inextricablemente ligados: cada cual hace lo que quiere», recuerda Costa, que en Dance usted cita a expertos que glosan las bondades del baile. «Al fin y al cabo es un ejercicio físico. En el libro hablo, por ejemplo, del ecstatic dance, una danza libre que viene del entorno del yoga, pero creo que la cultura del baile está tan ligada a la música que su hábitat natural es el club».

Para el autor de Dance usted, título que retoma uno de los primeros éxitos de Radio Futura, no hay edad para dejar de bailar, por mucho que uno tenga miedo a acabar con los «huesos desencajados» Como el que esto firma. Costa tampoco entiende a los que nunca han bailado. ¿Será que, como decía Norman Mailer, los tipos duros no bailan? La democratización de la pista apuntalada por el acid house hizo que cualquiera fuese apto para el baile. No hacía falta ser Tony Manero para vivir la fiebre del sábado noche. Bastaba con «beber y bailar», como cantaban Ciudad Jardín: «Los que no quieran más que beber, pues sólo beber, y los que no quieran más que bailar, pues sólo bailar». Pista libre para los que quieren seguir bailando.


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