La maldición de WeWork no tiene fin
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10 Agosto 2023

La maldición de WeWork no tiene fin

Los responsables de la empresa, que llegó a estar valorada en 47.000 millones de dólares, dudan que pueda seguir a flote mucho más tiempo. Buscan financiación y un nuevo CEO a contrarreloj

En 2019 el empresario israelí Adam Neumann convenció al fondo de inversión japonés Softbank para invertir 2.000 millones de dólares en la expansión internacional de su empresa, WeWork. El imperio del coworking, que Adam había fundado en Nueva York sólo nueve años antes, quedaba así valorado en 47.000 millones de dólares, una cifra extraordinaria para una compañía que no había logrado beneficios en ninguno de sus años de actividad.

Puede sonar absurdo pero hay que recordar que, en 2019, WeWork era la empresa de moda, el nuevo ejemplo seguir para todos los emprendedores con ansias de crear un imperio. No sólo alquilaba espacios de trabajo y salas de reuniones. Neumann había convertido la compañía en una filosofía de vida, en una marca internacional que pronto, aseguraba, ofrecería viviendas, educación y todo tipo de servicios a una generación millenial descontenta con las normas sociales de la vida adulta.

Ayer, los responsables de la compañía reconocieron que hay serias dudas sobre la viabilidad de la empresa. De los 47.000 millones que llegó a valer no queda apenas nada. Las acciones de la compañía se desplomaron inmediatamente desde el que era ya su mínimo histórico. Cotizan a 13 centimos de dólar, menos de una centésima parte de lo que llegaron a valer hace sólo unos años. ¿La capitalización bursátil de todo el "imperio"? Poco más de 270 millones de dólares.

El calvario de WeWork en los últimos cuatro años tiene muchas paradas y ha sido contado de muchas formas. Hay documentales (WeWork: El ascenso y caída de un unicornio de 47.000 millones de dólares), series de televisión (WeCrashed, producida por AppleTV) y libros (The Cult of We) que explican la sorprendente habilidad de Adam Neumann para convencer a los inversores -y en especial a Masayoshi Son, CEO de Softbank- de que algo tan prosaico como el alquiler de oficinas podía ser el negocio del futuro.

Neumann fue expulsado de su compañía el mismo año de la entrada de Softbank en el accionariado. Un desastroso intento de salir a bolsa acabó con la paciencia de Masayoshi Son y el resto de inversores. Los números que hacían posible la expansión de WeWork, que entonces contaba con casi 600.000 clientes, simplemente no cuadraban. En una empresa de capital limitado era algo que se podía maquillar. En el proceso de auditoría necesario para salir a bolsa, no.

Softbank tuvo que reconocer que la inversión había sido un error. "Me arrepiento de haberla hecho", llegó a confesar Son a finales de 2019. La situación era mala, pero el fondo de inversión todavía veía la luz al final del túnel. Controlando gastos y frenando la expansión la empresa podría tener beneficios en 2021.

Pero entonces, en 2020, llegó la epidemia COVID-19 y las medidas de aislamiento social. Las oficinas de WeWork repartidas por todo el mundo tuvieron que cerrar durante meses. Las empresas y profesionales que tenían espacios de oficina contratados comenzaron a cancelar sus cuentas. Trabajar desde casa ya no era una alternativa, era la única opción.

SoftBank puso al frente de la compañía a Sandeep Mathrani, un ejecutivo con amplia experiencia en alquiler de espacios comerciales. Mathrani trató de buscar el ángulo positivo. La nueva actitud de las empresas hacia el trabajo remoto podía beneficiar a WeWork, con un mayor número de trabajadores buscando una solución a medio camino entre ir a la oficina y quedarse en casa. Si WeWork aguantaba, podría salir de la pandemia tal vez no reforzada pero sí, al menos, estabilizada.

En 2021 la empresa finalmente logró salir a bolsa apoyándose en una de las conocidas como "compañías de cheque en blanco", una táctica que consigue evitar parte del complejo proceso de inspección que tumbó el primer intento de cotizar públicamente. La visión de Mathrani, sin embargo, no acabó de materializarse y la sangría de clientes de WeWork no se ha detenido en los tres últimos años. Tampoco la caída del precio de su acción. En la presentación de los últimos resultados financieros la empresa ha reconocido que las bajas son muy superiores a lo esperado.

En marzo, la empresa acordó con SoftBank una reestructuración de la deuda pendiente que le ha permitido respirar un poco, pero el acuerdo supuso el sacrificio de Sandeep Mathrani como CEO. Desde entonces, David Tolley, ex-consejero de la empresa, ejerce el cargo a título provisional.

La prioridad, ahora, es encontrar a alguien capaz de reflotar una compañía que parece abocada a la bancarrota. WeWork ha conseguido aumentar sus ingresos en le último año, pero cerró 2022 con casi 2.500 millones de dólares en pérdidas. Es la mitad de lo que perdió en 2021, pero insostenible se mire por donde se mire. En el último informe regulatorio los ejecutivos se muestran especialmente pesimistas. "Hay dudas sustanciales sobre la capacidad de la empresa para continuar operando", sentencian. Si en los próximos 12 meses no cambian las cosas, la empresa que prometía revolucionar la sociedad en el siglo XXI dejará de existir sin haber generado ni un céntimo en beneficios.

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