La Mostra de Venecia se desinfla a medida que se acerca a un palmarés histórico
21:06
9 Septiembre 2021

La Mostra de Venecia se desinfla a medida que se acerca a un palmarés histórico

Ni la pomposidad de los hermanos D'Innocenzo con 'America latina' ni la exhaustividad cansina del polaco Jan P. Matuszynski en 'Leave no traces' dan el nivel

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Fue Lyotard, filósofo y posfilósofo, el que se puso a pensar el deseo y exigió una mutación radical de la posición desde la que se desea. No se trata sólo de cambiar el objeto de deseo sino el modo mismo de desear. Importa, o debería importar, no sólo lo que se quiere sino cómo se quiere. Él apuntaba alto y su idea era transformar nuestra relación con lo político, lo laboral y hasta lo personal. Y ya que estamos en el Festival de Venecia cabría añadir lo cinematográfico.

Hasta hace unos días, la Mostra nos ha hecho por fin desear más y mejor. Los nombres de Jane Campion, Almodóvar, Schrader, Sorrentino o Audrey Diwan (por citar los preferidos) la han colocado a la altura de las mejores ediciones en años. Todo por alcanzar ese momento cierto y deseable de desear el propio deseo. Y así hasta un día como el jueves que nos ocupa en el que la realidad sin deseo se impuso. Ni la pomposidad de los hermanos D'Innocenzo con 'America latina' ni la exhaustividad cansina del polaco Jan P. Matuszynski en 'Leave no traces' (No dejes huellas) estuvieron a la altura no ya de la revolución demandada por el francés, sino de algo tan elemental como como las ganas, ya no el deseo.

'America latina' se presentaba como la más deseada. Los hermanos gemelos italianos Damiano D'Innocenzo y Fabio D'Innocenzo han construido hasta el momento el amago de una intrigante, delicada y muy inteligente filmografía. Esta es su tercera cinta. Tanto en 'Hermanos de sangre' (2018) como en 'Queridos vecinos' (2020), sus trabajos anteriores, el dúo se las arreglaba para componer unas fábulas sociales cerca de las maneras turbias de Todd Solondz empeñadas en discutir lo más obvio, lo dado. La familia, la amistad, la vida tranquila y muy burguesa era cuestionada desde esa misma mirada de asombro que, volvemos al principio, reclama Lyotard para los nuevos tiempos. No basta con desear algo si no se tiene claro cómo.

Sobre el papel, su último trabajo funciona y suena en la misma longitud de honda. Se cuenta la historia de un dentista que vive tranquilo y muy rico con su mujer, sus dos hijas y sus perros. Todo discurre en ese raro equilibrio que proporciona la vida aislada en un chalet con piscina. Todo es perfecto. Y así hasta que un día baja al sótano de la casa y encuentra algo que no debería estar ahí.

Digamos que los directores se atienen a sus reglas: dejar que la normalidad se rompa sola ante la más clara de las observaciones. El problema es la imprecisión esta vez de la propuesta. Lo que quiere ser un cuento plagado de dudas, se queda más cerca de una duda sin cuento. La película avanza de forma arbitraria de momento más o menos caprichoso a otro aún más impredecible. Y todo pendiente de una sorpresa final que, en verdad, ni lo es ni nadie la esperaba. Cierto es que el personaje interpretado por Elio Germano con la pasión habitual goza de sus contados momentos de gloria. Y nada más. Nada más deseable.

A su lado, 'Leave no traces', del polaco Jan P. Matuszynski, se alza como un monumento de casi tres horas de cine comprometido, de cine de denuncia, de cine a favor de la posibilidad de, de nuevo, desear. La cinta relata con precisión el caso real de Grzegorz Przemyk, un estudiante de secundaria asesinado a golpes por la policía de la dictadura estalinista en 1983. El Estado entero se movilizó hasta la impudicia para silenciar al único testigo del asesinato (eso fue) convertido en enemigo público número uno por un régimen que se desmoronaba.

La propuesta arranca con seguridad perfectamente consciente y segura de lo que cuenta y del modo enérgico y febril en que lo hace. La idea es introducir al espectador en un tiempo de barbarie que se creía cosa del pasado y que, sin embargo, se antoja tan actual como cercano. El problema es la ansiedad provocada por el deseo (seguimos ahí) de contarlo absolutamente todo. De forma incomprensible y de golpe, la película se viene abajo en su falta de pulso, en su obsesión reiterativa, en su maniqueísmo lacerante. Lástima.

Y así transcurrió un día de deseos, pero rotos. Y eso no es deseable. Lyotard, di algo.


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