La salida de Kabul contada por el sargento Molina: ''Mataron a la cuñada y los sobrinos  de mi intérprete''
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23 Mayo 2022

La salida de Kabul contada por el sargento Molina: ''Mataron a la cuñada y los sobrinos de mi intérprete''

El periodista Gonzalo Araluce revela en su libro Zona de Operaciones 12 episodios de las Fuerzas Armadas contados por sus protagonistas. 

En medio de la multitud, tras varios días de trabajo sin descanso bajo un sol ardiente y cegador, el sargento Molina, del Escuadrón de Apoyo al Despliegue Aéreo (EADA) del Ejército del Aire, repara en una cara conocida.

"¡Bashir!", grita, sorprendido, nada más observarle entre el gentío, una marabunta que se agolpa a las puertas del aeropuerto de Kabul. Muchos buscan sin suerte el billete de salida de un régimen aterrador, el de los talibán, que está a punto de comenzar de nuevo en Afganistán.

Bashir y su familia tienen ese billete, ya que diez años atrás había trabajado como intérprete para las Fuerzas Armadas. Por eso el sargento echa a correr al verle, y el colaborador afgano hace lo propio y se lanza a abrazarle. 

"Bashir me abraza, me da las gracias una y otra vez. No se puede creer que volvamos a por él y su familia. No para de agradecérmelo mientras se dirige al avión con su mujer y sus hijos. En el último momento da marcha atrás y le dice a su familia que se vaya sin él, que se encontrará con ellos dentro de unos días. Decide quedarse para ayudarnos en todo lo que pueda. Para mí, él sí es un héroe. Su familia se marcha y él no para de trabajar. Nos acompañará los doce días que estamos en Kabul".

El trabajo de Bashir resulta inmenso para los soldados españoles desplegados en Kabul durante la evacuación de Afganistán. Les ayuda a comunicarse con los afganos, a localizarles entre la gente.

El último día antes de embarcar, a mediados de agosto, los dos en el avión rumbo a España, le pregunta a su amigo el sargento Molina si se puede hacer una foto con él.

"¿Ves todo lo que ha hecho por España estos días?, le digo. Pero está abatido. Los talibán han ido a su casa y han preguntado a su cuñado y a su hermana que donde estaba. Como no lo encontraban, les habían matado a los dos. También a todos sus hijos. No me lo puedo creer. Le doy mi más sincero pésame, e intento animarlo. Me dice que es normal, que es lo que les espera a los que se quedan allí. Sus palabras me dejan todavía más tocado. 

Este durísimo pasaje, narrado en primera persona por el soldado que lo vivió, es uno de los pasajes del último capítulo del libro Zona de Operaciones (La Esfera de los Libros)la última obra del periodista Gonzalo Araluce (Madrid, 1987). 

En este episodio se cuenta por primera vez desde dentro, con todo lujo de detalles, cómo fue la evacuación de Kabul tras el regreso de los talibán a Afganistán, 20 años después de su anterior etapa al frente del país asiático. El que lo detalles es uno de sus protagonistas.

Una capitán del Ejército del Aire con los refugiados afganos en los aviones de rescate.

Una capitán del Ejército del Aire con los refugiados afganos en los aviones de rescate. Ejército del Aire

No resulta ninguna osadía asegurar, de forma objetiva, que Araluce es uno de los reporteros que mejor cuentan el día a día de las Fuerzas Armadas. Aquí lo demuestra una vez más, en un minucioso ejercicio capítulo a capítulo. En cada uno de ellos desmenuza las operaciones más duras y arriesgadas de nuestras tropas en diversos puntos del globo terráqueo. Del Sahel a los Balcanes. Del Mediterráneo a Koulikoro. De Irak al Palacio de Hielo durante la pandemia de la Covid-19.

El lector siente, al igual que en muchos de sus reportajes, antes en esta casa y ahora en VozPópulique está realmente dentro de la historia, experimentando de primera mano lo que vivieron y sintieron aquellos hombres y mujeres en momentos tan al filo de la navaja.

"Era el 15 de agosto"

"Era el 15 de agosto. Estaba con mi novia en una casa que tiene en un pueblo de Valencia, de vacaciones. Veo las noticias, lo que pasa en Kabul, la locura del aeropuerto. Me habían prealertado por si teníamos que desplegarnos. Le digo a Alba, mi novia: "Me tendría que ir para Zaragoza. Esa misma tarde, a las ocho, me llaman para decirme que salimos al día siguiente rumbo a Kabul, que me tengo que ir ya. 

El sargento Molina tiene 35 años. Lleva 15 en el Ejército del Aire. Conoce Afganistán, ya que lo pisó en varias etapas una década atrás. Rápidamente se despide de su pareja. Ella le dice que tenga mucho cuidado. Sabe que será un día muy largo en coche hasta que lo tenga todo preparado para subirse a una gran aeronave con sus compañeros. "Descanso lo que puedo. Casi nadie sabe que me voy a Kabul -le cuenta al reportero-. solo mi novia, que está delante cuando me llaman por teléfono, y mis padres. No se lo digo a ningún amigo. No quiero que se preocupen demasiado por mí. Ya se lo contaré cuando vuelva".

Apenas 2 días después, él y otros 16 miembros del EADA aguardan a las 8 de la mañana en la base aérea de Zaragoza. Todos ellos tenían experiencia en ejercicios similares de extracción de personal civil en áreas de conflicto. Tras una escala de dos días en Dubái, que serviría de puente aéreo, como de parada intermedia a la hora de efectuar el rescate de los diplomáticos, los colaboradores y sus familias, las Fuerzas Armadas emprenden de nuevo el vuelo.

El aeropuerto de Kabul, atestado de personas tratando de huir del país.

El aeropuerto de Kabul, atestado de personas tratando de huir del país. Policía Nacional

El día 18 ya están en Kabul, a más de 40 grados y rodeados de una muchedumbre desesperada por la situación de desamparo que se vive en el país. Todos quieren escapar.

"Son gente mala"

El sargento Molina advirtió cómo quienes entraban en el aeropuerto llegaban sin comida ni bebida. Muchos de los que entraban allí luego se desmayaban. Jornadas enteras atrapados en una marea humana sin nada que llevarse a la boca. Una situación frenética en la que todos intentaban obtener un pasaje en las aeronaves con las que las potencias occidentales iban a evacuar a su personal de aquel país. 

La imagen se me quedará grabada para siempre. Hay miles de personas. En toda base militar hay un perímetro de seguridad de cincuenta o cien metros que debe estar vacío. Aquí no existe eso. Levantamos una bandera española para localizar a nuestros colaboradores. Encontramos un grupo que respondía a decenas de metros. Contactamos con nuestros compañeros y les decimos que tenemos una identificación positiva.

No podrán llegar hasta la puerta hasta dentro de varias horas. Es imposible abrirse paso entre la multitud. En medio están los talibán.

Van fuertemente armados, con las cintas de cartuchos en el pecho y el fusil apuntando en todas direcciones como si llevasen un palo de madera. Lo mueven con mucha ligereza, siempre con el dedo en el gatillo. Disparan por nada, cuando están enfadados para desahogarse o incluso cuano están felices o celebrando algo. Otro lleva un lanzacohetes RPG con una mochila llena de proyectiles. Era de locos. Los estadounidenses tenían que negociar con ellos para permitir el paso a cada uno de los grupos que identificamos. Hasta hace dos días eran el enemigo. Se puede apreciar rápidamente que solo buscan hacer daño. Son gente mala. No se oponen al paso de las familias que quieren marcharse, pero llevan varas de madera y les dan una última paliza antes de entrar en el aeropuerto. Eso es lo que más duele. Verles disfrutando, felices, ensañándose con mujeres, niños y ancianos al límite de sus fuerzas... Y no poder hacer nada. 

La escena descrita por el sargento Molina nada tenía que ver con la que los talibanes difundían en los informativos y en las redes sociales a todo el mundo. El régimen mostraba a combatientes que jugaban como niños al encontrar unos coches de choque. O que reían al utilizar por primera vez las máquinas de un gimnasio. Incluso permitían a las reporteras de diversas cadenas de televisión acercarse a sus filas para emitir sus crónicas desde allí.

Sin focos delante, exhibían ya su verdadera cara: la que conoció la familia de Bashir, el colaborador cuyo testimonio abría este artículo y al que los talibanes le arrebataron su familia. El propio sargento Molina fue testigo de su violencia en los alrededores del aeropuerto. Puerta por puerta, los radicales que instaurarían un nuevo régimen en ese país buscaban en la ciudad a los afganos en que habían colaborado con las fuerzas internacionales con el propósito de acabar con sus vidas.

Uno de los aviones de evacuación de las Fuerzas Armadas en Kabul.

Uno de los aviones de evacuación de las Fuerzas Armadas en Kabul. Policía Nacional

Mientras tanto, los soldados españoles trataban de poner orden en el aeródromo. Los británicos y estadounidenses abrieron una pequeña rendija en una de las puertas para permitirles el paso. Mientras, la multitud clamaba en busca de ayuda y presionaba para entrar por el hueco, aunque no fuese su turno ni figurase en las listas. 

Había una mujer que había dado a luz en Herat dos días antes. El bebé tenía el cordón umbilical con esparadrapo. Había viajado hasta Kabul y estaba escondida en las aguas residuales cuando la rescatamos. Los dos tenían infecciones del parto y de las terribles condiciones de salubridad que habían soportado. Los metimos en el aeropuerto. Qué desesperación tendría esa madre para exponerse a ella y a su bebé recién nacido a algo así. 

Con el fin de que no se les infiltrase ninguna persona que no figurase en las listas, los soldados llegaron a establecer nuevas rutinas cada pocos días para evacuar al personal. Aceleraron el proceso al lograr que cada jornada aterrizase un segundo avión en Kabul. Cada pocas horas renovaban las contraseñas que les exigían a los afganos para identificar a los colaboradores que había que rescatar.

El atentado

Era 27 de agosto. Faltaba media hora para cerrar los accesos al aeropuerto. Las fuerzas occidentales sabían, por los informes de inteligencia disponibles, que los terroristas se preparaban para perpetrar un ataque. Una madre lloraba desconsolada en una plaza junto a los soldados. Su marido corría frenético, como un pollo sin cabeza. Acababan de perder a su hijo de cuatro años entre la muchedumbre del recinto. 

A los pocos minutos, todos respiran. Los americanos lo acaban de encontrar. Horas después se produce la explosión. Esta se deja sentir a varios kilómetros a la redonda. El ataque de un yihadista cargado de explosivos se lleva por delante la vida de 183 personas y deja a otras 150 heridas. Una auténtica masacre.

Suena la alarma y la megafonía dice que ha habido un ataque terrestre. Nos ponemos el equipo, nos preparamos para cualquier cosa. Cogemos armas y nos desplegamos. Es habitual que después de una bomba los terroristas echen mano de los fusiles. Por suerte no se produce esa segunda parte, aunque el daño es monumental. 

Pocos días después, tras concluir la misión, el sargento. y sus compañeros regresaron en avión a Zaragoza. 

No somos Dios y no se puede cambiar lo que está pasando allí. Pero lo que sí estaba en nuestras mano era hacer lo que hemos hecho para ayudar a todas esas familias y personas a escapar de ese infierno. Aunque hayamos vuelto con una sensación agridulce por la situación que queda, pesa mucho más la parte buena de todo lo vivido. Solo pido que nadie tenga que pasar jamás por algo así otra vez.

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