La tragicomedia de Navalny, el preso político número uno de Putin
09:42
18 Mayo 2022

La tragicomedia de Navalny, el preso político número uno de Putin

El documental 'Navalny', de Daniel Roher, retrata al carismático opositor entre su envenenamiento y su regreso a Moscú, donde fue encarcelado. Un 'thriller' lleno de sarcasmo ruso a golpe de TikTok

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El 20 de agosto de 2020 el principal opositor a Putin, Aleksei Navalny, fue envenenado en Tomsk, Siberia, mientras rodaba un documental sobre la corrupción. Su esposa Yulia Navalnaya consiguió su traslado a Alemania, donde logró recuperarse. Tras su salida del hospital, Navalny y su familia decidieron pasar unos meses en un pequeño pueblo de la Selva Negra, cogiendo fuerzas e investigando el intento de asesinato. El cineasta canadiense Daniel Roher compartió con ellos esos meses de inusitada seguridad europea, hasta que Navalny decidió volver a Moscú y fue detenido en el mismo aeropuerto, donde miles de rusos lo esperaban como se espera a un héroe.

El resultado es una película, Navalny, que inaugura hoy la edición 25 del Docs, el Festival de Documentales de Barcelona (en breve podrá verse en HBO Max) y que es varias cosas: un thriller político-criminal, el retrato de un hombre de familia, bromista y algo fanfarrón que parece no tenerle miedo a la muerte, y también el legado de alguien que decidió luchar contra Putin usando tres armas: la verdad, el humor y TikTok. «Puede que odies esta pregunta pero: si te mataran, ¿qué mensaje te gustaría dejar al pueblo ruso?», le pregunta Roher a Navalny nada más empezar el documental. A lo que el opositor contesta, casi bromeando: «Oh, vamos, Daniel... dejemos esa pregunta para la película número dos. Hagamos de esta película un thriller y luego, si me matan, haces una película aburrida, de esas de recuerdo».

El hombre que representa la libertad en Rusia es así: alérgico a la solemnidad, supersticioso, fan del Call of Duty y padre de dos adolescentes que llevan desde la infancia lidiando con la posibilidad de que pueda ser asesinado en cualquier momento. «Por favor, no tengáis miedo» es el mensaje que más veces repiten Navalny y su mujer cuando se dirigen al pueblo ruso. En el documental también se escucha esa frase tantas veces repetida en la historia de la humanidad que dice que lo único que necesita el mal para triunfar es que las personas buenas no hagan nada. «Rusia no es Putin y Putin no equivale a Rusia», afirma Rohen, «y cuando Navalny dice eso yo creo que no sólo se refiere a Putin, también piensa en Bolsonaro, en Trump y en Marine Le Pen», añade.

Es sabido por todos los directores de cine de no ficción que «estar en el momento y el lugar adecuados» es la clave para obtener los minutos de oro de cualquier documental, y Rohen los obtuvo con creces. «El día de las llamadas no pensábamos que fuera a ocurrir gran cosa, y lo que pasó lo cambió todo y se convirtió en algo gigantesco». Por «el día de las llamadas», Roher se refiere al cogollo de Navalny: un momento absolutamente delirante y surrealista, divertido si no fuera por el trasfondo criminal, en el que Navalny se marca un Gila y llama por teléfono a sus propios envenenadores, cuya identidad ha rastreado gracias a un nerd de los datos búlgaro. La historia es conocida, porque el opositor la compartió en todas sus redes sociales, donde acumula decenas de millones de seguidores. En la conversación, Navalny finge ser un superior y se entera de que el comando que tenía como misión acabar con él lo hizo poniendo veneno en su ropa. En concreto, en sus calzoncillos, la vía más directa para que el Novichok (a estas alturas, el sello personal de Putin) entrara en el interior de su cuerpo. El descubrimiento, cómo no, generó montañas de memes ridiculizando a «Vladimir, el envenenador de los calzoncillos». Y el documental retrata muy bien esa faceta de Navalny, una estrella en TikTok, Telegram y Twitter, experto en viralizar sus mensajes y usar el humor para llegar a los rusos más jóvenes.

La duda que surge es: ¿cómo retratar a alguien tan ultraconsciente de sí mismo y de la proyección de su imagen pública? «Él es un maestro de los medios y las redes sociales. Que él me invitara a rodar el documental era aceptar, en cierto modo, que me estaba utilizando para sus propias ambiciones políticas», reconoce el realizador canadiense. «Hubo un momento de lucha, ¿quién de los dos estaba dirigiendo la película? Fue un poco estresante», admite.

Navalny sigue hoy en la cárcel a la espera de juicio, custodiado por las mismas personas que ordenaron su aniquilación. Desde allí ha condenado la guerra de Ucrania. Hay un momento del documental en el que el opositor recuerda que, en su familia, de un pueblo a escasos kilómetros de Chernóbil, no se hablaba nunca de política hasta el accidente nuclear. «Aquel día obligaron a mi abuelo y a mi padre a salir a coger patatas para hacer ver que no había pasado nada».

Roher se muestra horrorizado ante la guerra de Ucrania y confía en que los rusos entiendan que «su Gobierno está cometiendo crímenes de guerra todos los días». «Si algo bueno puede salir de todo esto es que Putin se convierta en polvo y se inicie una nueva era en Rusia», dice. Para el cineasta, filmar a Navalny es una estrategia para mantener su figura «de actualidad» y que el mundo no olvide que es «el prisionero político número uno». «La visibilidad es lo único que puede prolongar su vida. Que su asesinato sea algo problemático para el Kremlin es lo que lo impide. Están pasando tantas cosas ahora mismo en Rusia que si decidieran acabar con él, esa podría ser la chispa que hiciera prenderlo todo. Pero nunca se sabe».

La película está prohibida allí: Roher y su equipo están considerados por Moscú como agentes de la CIA, «algo que como canadiense considero especialmente ultrajante», ironiza. «Es difícil romper la censura en un país como Rusia. Como director, jamás podría animar a la población rusa a que intente descargarse la película, aunque todos sabemos lo increíblemente eficientes que son los rusos a la hora de buscar información prohibida en Internet y descargar Torrents. Me resigno ante su desesperada necesidad de información. No animo a nadie, pero entendería que fuera inevitable». Su plan, confiesa, es rodar una secuela en una década. «Me encantaría filmar las primeras elecciones democráticas en Rusia. No sé si Navalny las ganaría, pero sería estupendo que pudiera presentarse».


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