Lo que pierde Estados Unidos sin la economía rusa: compradores de pisos de lujo y 'turismo de partos'
18:40
10 Julio 2022

Lo que pierde Estados Unidos sin la economía rusa: compradores de pisos de lujo y 'turismo de partos'

EEUU está muy poco expuesto a Rusia. Por ejemplo, sólo 66.000 empleos dependen de las comerciales entre ambos. Pero sí hay ámbitos muy particulares en los que la guerra se dejará notar

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Estados Unidos es una reproducción a escala de los efectos globales de la invasión de Ucrania y las sanciones a Rusia: inflación (en especial, de la energía), endurecimiento de la política monetaria, frenazo a la transición energética, caída de la Bolsa, ralentización de la actividad económica y, debido a todo ello, tensión política. La razón de ello es que EEUU supone el 24% del PIB nominal mundial, tiene la divisa de reserva del mundo -el dólar- y su mercado de bonos es el más profundo y líquido de la Tierra. Así que el país internaliza los efectos de la crisis, aunque ésta no vaya con ellos.

Porque ningún sector de actividad ha sido golpeado directamente por la guerra ni por las sanciones, por la sencilla razón de que la economía estadounidense está prácticamente aislada de la de los países combatientes. Según la Oficina del Representante Comercial (un organismo que podría considerarse el equivalente de la Secretaría de Estado de Comercio española), en 2019 apenas 66.000 puestos de trabajo dependían del comercio con Rusia. En una economía con casi 159 millones de personas trabajando, eso supone el 0,04% de los trabajadores empleados. En materia de inversión, se repite el mismo esquema. De toda la inversión extranjera directa en EEUU, el stock en manos rusas sólo supone el 0,9% del total.

El país no necesita en muchas de las materias primas que constituyen las únicas exportaciones de Rusia. Desde que la extracción de petróleo y gas por fracking empezó a crecer de manera notable en torno a 2005, la producción de hidrocarburos se ha disparado hasta el punto de que hoy es exportador neto de gas y petróleo. De hecho, Estados Unidos va a ser uno de los principales proveedores de gas a Europa cuando la Unión Europea y Gran Bretaña empiecen a reducir su dependencia de Rusia.

Así que, incluso aunque la guerra se prolongue, seguirá siendo inmune a sus consecuencias directas. Un estudio llevado a cabo por el bufete de Chicago Sidley Austin y el think tank liberal Mercatus Center de la Universidad George Mason estima que el impacto directo de un embargo económico total a Rusia por Washington y sus aliados apenas costaría a EEUU un 0,1% del Producto Interior Bruto (PIB). En el caso de Alemania, el impacto sería del 1,2% del PIB. Esa enorme invulnerabilidad estadounidense frente a Rusia es lo que da a ese país su enorme margen de maniobra para adoptar medidas contra Moscú.

El petróleo ruso, por ejemplo, suponía el 1% del consumo y el 3% de las importaciones de crudo. Incluso cuando se sumaban los derivados, la proporción apenas llegaba al 8%. Y Estados Unidos no compraba gas a Rusia. Así que, cuando tras apenas dos semanas después del inicio de la invasión Joe Biden prohibió la compra de hidrocarburos rusos, estaba adoptando una medida que tenía consecuencias muy limitadas para los ciudadanos de su país.

Trump y los pisos

Pero sí hay un sector muy emblemático, aunque con poco peso específico, en el que la desaparición del dinero ruso sí se está notando: el de las viviendas de lujo. Y esto, a su vez, lleva a Miami y a Donald Trump.

La verdadera trama rusa de Donald Trump no es con la supuesta -y nunca demostrada- colusión entre el ex presidente y el Gobierno de Vladimir Putin en la campaña electoral de 2016. Es algo más pedestre: los millonarios rusos han comprado durante años los apartamentos más caros en los edificios de Trump. Nadie lo explicó mejor que el hijo del ex presidente, Don Junior, en una conferencia inmobiliaria en 2008, cuando dijo: «Un montón de dinero nos viene de Rusia». Trump Junior, que ha sobrepasado a su hermana Ivanka como el miembro de la familia más valorado entre los votantes de su padre, lo explicó con detalle al añadir que «en términos de la gama más alta de nuestros productos en Estados Unidos, los rusos son una proporción desproporcionadamente alta». «Ya sea en Dubái, y desde luego en nuestro proyecto en el SoHo, o en cualquier sitio de Nueva York», añadió.

Así es como, en el extremo norte de Miami, se encuentra el llamado pequeño Moscú. Sunny Isles Beach, que es la localidad que recibe ese nombre, es un área de rascacielos de lujo en la que el piso más barato cuesta varios millones de dólares. A orillas del mar, la mayor parte de los residentes son extranjeros aunque, en realidad, muchos son de América Latina y los que son conocidos como «rusos» a menudo son de Ucrania. Sea como sea, en el pequeño Moscú de la subtropical Florida se pueden pedir platos de Siberia y, en su día, la admiración por la amistad entre Donald Trump y Vladimir Putin era palpable en la zona.

No se trataba solo de algo ideológico o de afecto entre dos países, sino también de un reflejo de una situación muy real. En Sunny Isles Beach, tres rascacielos con la marca Trump (tras sus suspensiones de pagos, el futuro presidente se limitaba a poner su nombre y capital en sus edificios, pero no participaba en la gestión) fueron salvados del colapso financiero en la crisis de las hipotecas basura en 2008 y 2009 por los compradores de la antigua Unión Soviética. Según los propios gestores de las propiedades, un tercio de los apartamentos fueron a manos de rusoparlantes. En su mayoría, son propiedad de sociedades que encubren el nombre de los propietarios, de los que casi la mitad no son residentes en EEUU, según la agencia de noticias Reuters. Suena a lavado de dinero. Pero es un lavado de dinero muy rentable.

Florida capta el 29% de la inversión inmobiliaria rusa. Pero, aun así, es un porcentaje muy pequeño. La Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios estima que apenas el 0,2% del valor total de ventas inmobiliarias en el estado se realizó a rusos en el periodo que va de julio de 2020 a mayo de 2021. Eso se debe en parte a las sanciones que Estados Unidos empezó a poner a Rusia tras la anexión de Crimea y la invasión del este de Ucrania, en 2015, y que continuaron reforzándose durante los años de Donald Trump en la Casa Blanca.

Las sanciones no solo dificultaban las transacciones; también creaban incertidumbre tanto entre compradores como entre vendedores, porque nadie sabía si en la siguiente oleada de restricciones se iba a prohibir la venta de pisos a ciudadanos ruso, como en la práctica ha sucedido tras la invasión de Ucrania.

Hasta que estalló esta guerra, Florida fue, también, el escenario de una curiosa práctica rusa: el turismo de nacimientos. Empresas como Miami Mama ofrecen alojamiento (frecuentemente en Sunny Isles Beach, por aquello de que allí se habla ruso) y asistencia médica a visitantes de la antigua URRS que van a tener hijos a Estados Unidos, aunque entran con visados turísticos. La razón de esa actividad es que toda persona nacida en ese país obtiene automáticamente la nacionalidad, con lo que el niño llega al mundo como estadounidense aunque su madre viva en Vladivostok.

Es una práctica controvertida, porque se mueve en un terreno resbaladizo en materia de inmigración, como pone de manifiesto el hecho de que Miami Mama fuera registrada por la policía en 2017 ante las sospechas de que había mentido al asesorar a sus clientes en la solicitud de visados. Pero, sea como sea, la empresa sobrevivió. Y ahí sigue, con su pagina web en ruso y en inglés aunque ahora, con las restricciones de movimientos de todo tipo desencadenadas por la invasión, su negocio es más incierto que nunca.


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