Los misterios de la sociedad guerrera que revolucionó la Península Ibérica hace 4.000 años
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24 Febrero 2021

Los misterios de la sociedad guerrera que revolucionó la Península Ibérica hace 4.000 años

Un proyecto de investigación estudia los principales yacimientos de la cultura argárica, que creó en la Edad del Bronce la primera sociedad urbana y estatal del occidente mediterráneo.

La historiografía tradicional asegura que las comunidades prehistóricas de la Península Ibérica eran atrasadas y bárbaras, y que esta situación no comenzó a revertirse hasta la llegada y los intercambios de los fenicios con los asentamientos del sur, a partir del siglo X a.C, y de los griegos poco después. Sin embargo, la arqueología está desvelando un panorama diferente: entre 2200-1550 a.C., a comienzos de la Edad del Bronce, en un territorio de 35.000 kilómetros cuadrados que abarca partes de las actuales provincias de Murcia, Almería, Alicante, Granada, Jaén y Ciudad Real, se constituyó una sociedad realmente innovadora tanto en el plano arquitectónico y de ingeniería civil y militar como a nivel social.

La sociedad argárica estuvo gobernada por una clase dominante guerrera y organizada jerárquicamente en colectivos especializados, registró evidentes desigualdades en función de la riqueza y el género y edificaron y habitaron ciudades. El Argar, como así ha sido bautizada, supuso "una revolución para su época: funcionó estructuralmente como una verdadera civilización en un escenario y en un tiempo inesperados", destaca Rafael Micó Pérez, catedrático de Prehistoria de la Universidad Autónoma de Barcelona y uno de los directores de las investigaciones. Fue la primera sociedad urbana y estatal del occidente mediterráneo.

El proyecto Almoloya-Bastida: descubrir una civilización de la Edad del Bronce, financiado a través de programas de I+D, convenios con las administraciones y el mecenazgo privado de entidades como el Grupo Fuertes o la Fundación Palarq —es uno de sus 20 candidatos a ganar los 80.000 euros del II Premio Nacional de Arqueología y Paleontología—, se centra ahora en dilucidar los dos grandes interrogantes sobre la sociedad argárica: cuál es su origen, cómo se desarrolló y funcionó, y por qué desapareció de forma repentina a mediados del II milenio a.C.

El equipo de investigadores del Departamento de Prehistoria y la Facultad de Filosofía y Letras de la UAB lleva más de una década excavando y recuperando asentamientos como el de La Almoloya, en el municipio murciano de Pliego, donde se ha documentado un palacio que habría actuado como epicentro del poder político; o La Bastida, en Totana, un yacimiento único a nivel europeo por sus dimensiones —cinco hectáreas— y por los hallazgos registrados, especialmente un sistema de fortificación monumental con unas características que rompen con todo lo documentado hasta ese momento en la Península Ibérica. 

Las campañas sobre el terreno han dejado paso ahora a un trabajo más interdisciplinar y de laboratorio —análisis estadísticos, de materiales, de ADN, de isótopos de los huesos humanos, ambientales, etcétera— que están permitiendo resolver los misterios de El Argar. "La gran pregunta es por qué en ese momento y en ese lugar surgió una sociedad conquistadora, violenta y desigual que se expandió militarmente por todo el cuadrante suroriental peninsular hasta configurar un auténtico estado y que duró seis siglos", enuncia Rafael Micó.

Vista de una sección de la muralla de La Bastida.

Vista de una sección de la muralla de La Bastida. ASOME-UAB

Si bien los orígenes resultan más imprecisos —¿vinieron de Oriente como los fenicios y luego los griegos?—, los expertos manejan una hipótesis clara para explicar la caída de la sociedad argárica: un conflicto interno agravado por una crisis ambiental resultado de la deforestación. "Era un sistema muy desigual y quizá una parte de la población dijo basta e inició una revuelta violenta", apunta el catedrático. Se ha descubierto que muchos de sus poblados, situados en cerros escarpados para controlar visualmente el territorio, fueron incendiados en algún momento.

De esa destrucción se libró la capital argárica: La Bastida, que habría que considerarla, según Rafael Micó, como "la primera ciudad de la Península Ibérica": "No se trata solo de un asentamiento grande y densamente poblado, una ciudad es aquel sitio en el cual viven de manera permanente colectivos especializados en funciones diversas y organizados jerárquicamente". Además de esa muralla única a nivel continental equiparada a la de la legendaria Troya, con torres cuadrangulares macizas y datada por carbono-14 hacia 2200-2100 a.C., La Bastida presenta una compleja trama urbanística, con casas levantadas en los aterrazamientos de la ladera.

Diadema de plata y brazalete de oro hallados en La Almoloya.

Diadema de plata y brazalete de oro hallados en La Almoloya. ASOME-UAB / Fundación Palarq

Mundo funerario

Una de las curiosidades de esta civilización es que enterraban a sus muertos debajo de los hogares. En su capital, en la que habitó un millar de personas, se han documentado 250 tumbas, la mayoría individuales, con ajuares de distinta calidad —en las necrópolis de esta sociedad se han documentado objetos de oro, plata y cobre— según el estamento social del difunto y su género. Las armas, espadas y alabardas de cobre y bronce, siempre han aparecido asociadas a enterramientos masculinos, pero solo a los de la clase dirigente. "La gran diferencia es que en El Argar la violencia era ejercida por unos pocos", señala el catedrático. "Este ordenamiento, propio de los Estados, fue una nueva revolución". En las sepulturas femeninas se han hallado punzones destinados labores textiles, lo que refleja la división de tareas, pero también espectaculares joyas como la diadema de plata descubierta en el yacimiento de La Almoloya y que pudo pertenecer a una princesa.

Una de las tumbas en cista de La Almoloya.

Una de las tumbas en cista de La Almoloya. UAB-ASOME / Fundación Palarq

En La Bastida, asimismo, destaca la presencia de un sistema de ingeniería y gestión del agua a gran escala que permitía el almacenamiento de hasta 300.000 litros. Esta importante cuestión queda de relieve también por un acueducto subterráneo de más de 70 metros de longitud. Las investigaciones han desvelado, además, que los habitantes argáricos practicaron una agricultura eminentemente de secano, estableciendo por primera vez una vinculación entre el cultivo de la tierra y la ganadería con el uso de abono animal; y que la élite consumía una dieta más rica en carne. Nuevos estudios se están llevando a cabo sobre cuestiones demográficas, condiciones de salud, esperanza de vida o patrones de actividad y de trabajo.

"En términos de conocimiento del pasado desde un punto de vista científico, la sociedad de El Argar, y en concreto estos dos yacimientos, ha proporcionado mucho, pero tiene todavía muchísimo camino por andar", cierra el investigador, lamentando que si estos hallazgos se hubiesen registrado en Inglaterra tendrían tanta publicidad como Stonehenge. En la cima de La Bastida, por ejemplo, se ha documentado un muro enorme que podría corresponder a algún edificio administrativo-político, aunque son necesarias más excavaciones. La arqueología de El Argar habla, además, de "cuestiones clave que nos preocupan hoy en día: el origen de las desigualdades, de la violencia, la actitud ante la muerte, las relaciones entre los sexos… Estos sitios nos brindan una oportunidad única para conocer temas que nunca pasan de moda".


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