Mancini y la leyenda del ''tocapelotas''
22:12
10 Junio 2021

Mancini y la leyenda del ''tocapelotas''

El seleccionador italiano, de exitosa y turbulenta carrera, lidera a un país en busca de la redención.

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Italia ya no habla de catenaccio. Ya no insiste en recordar por qué se quedó fuera de un Mundial por primera vez en 60 años. No se retuerce en debates como la idoneidad de ofrecer galones a futbolistas con más talento que presencia física, con el menudo Insigne como metáfora. O tampoco teme que se descarríen los nuevos ídolos, más aún viendo el avance de Nicoló Barella. La Italia de Roberto Mancini (Iesi, Italia, 1964) se estrenará este viernes frente a Turquía en la Eurocopa una vez Andrea Bocelli haya dado buena cuenta del Nessun Dorma en el Olímpico de Roma.

Lo hará aún con Bonucci (34 años) y Chiellini (36) vigilando la cueva, pero con la sensación de haber cerrado por fin un capítulo de su historia. La Nazionale ha logrado registros nunca antes vistos en el país, como su pleno de victorias en la clasificación o sus 11 triunfos consecutivos. Lleva ya 27 partidos sin perder. Y Mancini, al que hubo quien le discutió sus éxitos en el banquillo del Inter por haber coincidido con el Moggigate, al que incluso le afearon que conquistara la Premier con el Manchester City 44 años después por no haber sigo algo más barroco, ha conseguido ya lo más difícil: que el fútbol vuelva a tener en cuenta a Italia.

No hay deporte tan dado a las verdades absolutas, o sea al estigma, que el fútbol. Quizá por ello convendría recordar que Mancini, durante tantos años señalado por una presunta estima por la prudencia, jugaba a fútbol con la gracia y la valentía de los artistas. Si tienen tiempo, recuperen al menos un gol, el que marcó el 9 de marzo de 1991 al Milan de Sacchi y su constelación de estrellas: Baresi, Costacurta, Maldini, Rijkaard, Donadoni, Gullit y Van Basten. Un control orientado en largo dejó turulato a Giovanni Stroppa. Un preámbulo estético, pero sobre todo eficiente, para finalizar con una caricia parabólica ante la salida de Pazzagli. Un recurso bello, pero sobre todo con sentido.

"Lo controlaba todo"

Mancini, estandarte de aquella Sampdoria campeona del Scudetto y que un año después perdería la final de la Copa de Europa en Wembley por culpa del martillazo de Koeman, jugaba como los ángeles, pero también se obsesionaba con alcanzar la perfección. De ahí que no hubiera otro destino que los banquillos. Su primer tutor fue Sven-Göran Eriksson, quien lo reclutó como ayudante en la Lazio después de haberlo sufrido como pupilo también en la Sampdoria.

«Mancini fue el mayor rompipalle [tocapelotas] que me encontré nunca. Lo digo con sumo cariño. Cuando estaba en Roma, Falcao me había hablado de un joven futbolista al que llamaban Mancio. Él pensaba que debía ficharlo. Cuando llegué a la Sampdoria él ya era el rey incuestionable del club, sobre todo después de la venta de Vialli. Era creativo como Roberto Baggio. También increíblemente inteligente. Veía cosas en el campo que otros no podían. En los entrenamientos era un líder, pero también alguien que se abría a nuevas ideas. Quería estar al tanto de todo. Antes de los partidos podía llamar al utillero para asegurarse de que las medias estuvieran en su sitio. A veces me enfurecía», recuerda Eriksson en su autobiografía.

«Se quejaba mucho en el campo. Y lo controlaba todo. Que la oficina estuviera bien. Que cortaran bien el césped... A veces era el malo. Pero una vez a la semana llevaba a todo al equipo a cenar. Y pagaba él. Siempre. Era muy generoso y los compañeros lo apreciaban», completaba el técnico sueco.

El volcánico carácter de Mancini le llevó a tener mediáticos enfrentamientos con Balotelli o Tévez. O con la Brujita Verón, cuando ambos jugaban para la Sampdoria: «Pateé mal un centro y él me dijo... '¡Levántala!'. Lo mandé a la... Llegué al vestuario y me quiso pegar. Ya se había sacado la camiseta y me venía de frente... Pero se metieron varios. Me paré, sabiendo que me había equivocado. Después le pedí perdón y en un partido contra el Inter que perdíamos 3-1, él vino, me abrazó y me dijo: 'Si demuestras las cosas por las que el club te vino a buscar, estaremos bien'», explicó Verón en El Gráfico. «Menos llegar a las manos, todo. Nos puteábamos muchísimo», recuerda Burdisso, dirigido por Mancini en el Inter.

Italia está ahora en sus manos. Y nadie quiere desconfiar de él.


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