Messi, tiritona en Valdebebas y una maldición que no cesa
15:08
11 Abril 2021

Messi, tiritona en Valdebebas y una maldición que no cesa

El argentino acumula siete partidos sin ver puerta ante el Real Madrid, a quien no marca desde el 6 de mayo de 2018.

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Leo Messi se puso a tiritar. Calado hasta los huesos, no tuvo otra que acercarse a la banda y cambiarse la camiseta. Messi murmuraba ya con el gesto torcido. Se había pasado la noche corriendo de un lado a otro. Incluso buscó su gol prohibido, el olímpico. Pero siempre se vio demasiado solo en su lucha contra el gol. El argentino, máximo artillero de los clásicos (26), no marca frente al Real Madrid desde el 6 de mayo de 2018. Quién sabe si habrá más oportunidades.

Hay noches que bien podrían quedar resumidas en una única escena. Por su trascendencia. Por la incoherencia de los nuevos tiempos. A Kroos le tocó botar una falta en la frontal del área tras arrancarle Vinicius una falta a Araujo. Cierto. Ya sabes, las barreras defensivas se han convertido en un tétrico espectáculo. Un circo de tres pistas. Esta vez no se tiró nadie al suelo tras los traseros de los futbolistas. Pero el plan tramado para defender el golpe franco fue igualmente esperpéntico.

Antes de que Toni Kroos golpeara la pelota, Jordi Alba, el más bajito de la barrera, se echó a correr hacia su propia portería para situarse bajo el travesaño. Es decir, para impedir que Ter Stegen tuviera margen de maniobra alguno a su derecha. El disparate tuvo continuidad. Sergiño Dest, en vez de hacer frente al disparo, optó por girarse, provocando así que el balón cambiara su trayectoria. ¿Y Alba? Él ya estaba sobre la línea. Esperando la llegada del balón. Pero con los ojos cerrados. Quién sabe por qué. Como no vio lo que le venía encima, el esférico golpeó en su cabeza y se coló sin remedio en su portería. Era el 2-0. Era el segundo remate a puerta del Real Madrid en el partido.

El orgullo de Mingueza

Koeman erró en el planteamiento inicial de la noche. Ya no tanto por la insistencia en el esquema de los tres centrales, corregido tras el descanso, sino por permitir que esa zaga, sin el liderazgo de Piqué, defendieran a 40 metros de la portería ante un Real Madrid tan definitivo en la transición a campo abierto. Mingueza, ante la velocidad de Vinicius, no podía más que correr mirando al suelo. Como si fuera la única manera de alcanzarle. Olvidarse del mundo y concentrarse en dejarse los pulmones. El orgullo de Mingueza fue quizá la única bendición azulgrana. A Araujo, que hacía dos meses que no era titular, le tocaba descifrar a un delantero genialmente indescifrable como Benzema, quien dio la bienvenida al uruguayo con su gol de tacón. Lenglet no corrigió nada. Mientras que Dest nunca supo qué hacer, si atacar a Mendy -nunca lo hizo-, o si centrarse en defender a Vinicius -tampoco lo hizo-.

En el 1-0, por cierto, también asomó Alba para apuntarse el error. Es un futbolista desconcertante, principal arma ofensiva, y de hecho asistente en el gol de Mingueza, pero turulato en defensa. Abandonó el carrilero su posición para ir en busca de Valverde, sin tener en cuenta que la potente zancada del centrocampista convertiría su imprudencia en un pecado capital. Así fue. Valverde pasó a Alba como un rayo, dejó solo a Lucas y Benzema sacó el taco.

Errático Dembélé

También sufrió el Barcelona en el ataque estático, sin que el Real Madrid penalizara ni la ausencia de Sergio Ramos ni la posterior lesión de Lucas Vázquez tras una entrada de Sergio Busquets.

Pero nada brotaba del juego combinativo, con De Jong, esta vez en el centro del campo, incapaz de escapar de la precipitación y Pedri viéndose superado ante el oficio blanco. Tampoco había nadie en ese primer acto para finalizar las jugadas. Porque el Barça, sí, salió a Valdebebas con Dembélé de nueve. Y ya se sabe. El francés, como única referencia y sin espacios, es un tormento.

Koeman se corrigió volviendo al 4-3-3. El Barcelona encerró al Madrid. Reapareció Sergi Roberto. También dio cuerda a Griezmann, tan suplente como en el clásico de la primera vuelta. Pero quien revitalizó al Barça fue La Masia. Mingueza marcó con la tibia. Ilaix intimidó, con un remate dramático al larguero. Y Messi se quedó, quién sabe, con una última falta. Se subió el calzón, pero su remate, flojo, absorbió la frustración.


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