Muere a los 75 años el poeta polaco Adam Zagajewski, premio Princesa de Asturias 2017
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21 Marzo 2021

Muere a los 75 años el poeta polaco Adam Zagajewski, premio Princesa de Asturias 2017

El régimen comunista prohibió su obra en Polonia y él se exilió en 1982, durante dos décadas, en Alemania, Francia y Estados Unidos.

El poeta polaco Adam Zagajewski ha fallecido este domingo en el que se celebra el Día Mundial de la Poesía a los 75 años de edad, según ha informado la prensa de su país natal. Zagajewski fue premiado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017.

La Segunda Guerra Mundial atravesó la vida de Zagajewski (Lwów, 1945) como una estaca: vivió en Silesia y en Cracovia, y este lazo entre los primeros lugares en los que existió y algunos de los episodios más tenebrosos de la contienda hizo que su membrana sensible se volviese para siempre permeable al calvario del Holocausto. Esa lente no se la arrancó jamás. "De niño paseaba con mi abuelo por un parque de Lvov y había unas barracas que, me dijeron, habían sido una filial de Auschwitz. Era un lugar muy oscuro y yo sentía que tocaba algo muy terrible".

Estudió Filosofía y Psicología y con poco más de 20 años se unió al grupo de disidentes de Cracovia llamado "Teraz". Ahí activismo y poesía. Colaboró en la revista clandestina Zapis -uno de los principales medios de la oposición democrática polaca-, escribió el manifiesto Un mundo no representado y su rabia y su dolor se canjearon en Carnicerías, un poemario que fue como un puñetazo político sobre la mesa. Fue un autor social, un animal poético implicado y el principal referente de la llamada generación del 68: movimiento cultural de humanos rebeldes y valientes. Los dos principales lemas de este grupúsculo fueron Powiedz prawde -Di la verdad- y Mow wprost -Habla claro-

El régimen comunista prohibió su obra en Polonia y él se exilió en 1982, durante dos décadas, en Alemania, Francia y Estados Unidos. En Canción del emigrado, escribía: "En ciudades ajenas venimos al mundo / y las llamamos patria / mas breve es / el tiempo concedido para admirar sus muros y sus torres (...) En ciudades extrañas / contemplamos las obras de viejos maestros / y, sin asombro, en añejos cuadros vemos / nuestros propios rostros (...) En la iglesia ortodoxa de París, los últimos rusos blancos, / encanecidos, rezan a Dios, varios lustros / más joven que ellos, y, como ellos / impotente. En ciudades ajenas / permaneceremos, / como los árboles, como las piedras".

Zagajewski siempre dejó claro que su personalidad era más bien la de un disidente de los disidentes, y acabó descubriendo que "la poesía está en otra parte, más allá de las inmediatas luchas partidistas, e incluso más allá de la rebelión -aún la más justificada- contra la tiranía". Ese aprendizaje cristalizó en Plótno (1990), un libro que parió mientras trabajaba como profesor en la Universidad de Houston (Texas), ya residente de Estados Unidos. Esos versos ya habían mutado en un campo de contemplación poética, rayana en el misticismo. "El tiempo arrebata y devuelve la memoria". Claro.

Adepto a Machado

Y la nostalgia. "Me estremece solo pensarlo: somos tan débiles, dependemos tanto de lo que quiera decirnos por lo bajo nuestra época, de lo que quiera proponernos –ordenarnos– el espíritu de nuestro tiempo". Dice que la ideología lo aleja a uno de la verdad y que no aspira a ser historiador, ni siquiera de Cracovia -los historiadores lo defraudan por su falta de estilo-.

Un dolor antiguo, palpitante. "Soñé con mi antigua ciudad, / hablaba la lengua de los niños y de los humillados (...). Entonces oí unas palabras de todo diferentes: / 'Pero los milagros existen, no todos creen en ellos, / pero los milagros ocurren...'. Y al despertarme, / cuando salí lenta y penosamente del búnker de aquel / sueño / entendí que todavía duraban las disputas, / que todavía no se había solucionado nada". 

El poeta se confesó admirador de la obra de Antonio Machado y se convirtió en el primer autor en lengua polaca en obtener el Premio Princesa de Asturias de las Letras. "Mi país se libró de un mal. / Quisiera que le siguiera aún otra liberación. / ¿Puedo aportar algo para ello? No lo sé. / No soy hijo de la mar, / como escribió sobre sí mismo Antonio Machado, / sino del aire, la menta y el violonchelo, / y no todos los caminos del alto mundo / se cruzan con los senderos de la vida que, de momento, / a mí me pertenece". 


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