Muere Carlos Pérez Siquier, el penúltimo arponero de la fotografía
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14 Septiembre 2021

Muere Carlos Pérez Siquier, el penúltimo arponero de la fotografía

El artista fallece a los 90 años en su Almería natal, donde hasta el final mantuvo la mirada alerta y la cámara dispuesta para dejarse asombrar

Entrevista (2017) Carlos Pérez Siquier: "Moriré con las fotos puestas"

"La fotografía es mi manera de prolongar la vida", le gustaba decir. Ha muerto en Almería a los 90 años Carlos Pérez Siquier. Eso quiero decir esto: ha fallecido uno de los Rolling Stones de la fotografía española. Formó banda con Oriol Maspons, Ramón Masats, Ricardo Terré, Gabriel Cualladó, Xavier Miserachs, Joan Colom... Ellos, y otros tantos, afianzaron una forma de mirar España, de encuadrarla, de adivinar su luz de sol y de tocino. Establecieron una segunda vanguardia gráfica en un país donde los 600, la nevera y los Planes de Desarrollo dejaban atrás el aceite de ricino y el piojo verde. Una España de curas con sotana, de barrios paupérrimos, de primeras ráfagas yeyés, de procesiones y campamentos de la OJE.

De aquel país descompensado hicieron memoria en vivo estos hombres con una cámara colgada al hombro. Ya sólo queda en pie el imbatible Ramón Masats. Carlos Pérez Siquier echó a volar la revista Afal de fotografía y cine en 1956, una herramienta de vanguardia, un cobijo para quienes hicieron del oficio de hacer fotos algo más que un álbum, algo más que un repertorio en blanco y negro para el recuerdo. Fueron una vanguardia europea al margen de casi todo. No sólo retrataron una España de contraluz, sino que la descifraron desde Afal celebrando y denunciando realidades penosas, folclores, costumbres, bondades, pobreza, 'glamour', fracasos y deseos. Y todo aquello lo impulsó Pérez Siquier desde Almería, una de las ciudades veladas del sur.

Trabajaba en el Banco Santander de lunes a viernes. Era tipo con una de esas dobles vidas necesarias para poder volcarse en lo que importaba. Un hurón de escenas. Un cazador iluminado. Echó 30 años de vida en el banco hasta que en 1985 se dedicó sólo a hacer fotos y así continuó hasta este verano. Hasta los 90 años. A finales de los años 70 amplificó su trabajo. Desde entonces su obsesión fue el color. Un color poderoso. Los mares de Siquier son de un azul espléndido y sobrepasado de sí mismo. Él nos enseñó el principio de un turismo de costa que todo lo invade, sino las verdades insólitas del Cabo de Gata, que todo lo encumbra. "La fotografía es una búsqueda a tientas desde el accidente a la trascendencia".

Hace unos años publicó un librito, Mi sombra yo, donde efectivamente retrata su sombra y se retrata él. Estampas tomadas con una de esas cámaras de turista ochentero que instalada en su córnea se convierte en un generador de audacias. Pero una de sus grandes obras son los retratos de La Chanca, el barrio marginal de Almería donde pasó varios años retratando a la gente que la ocupa, la miseria y la bondad de un mundo extremo. A esas fotos le puso letra Juan Goytisolo. "Me he guiado por la intuición. Mirar y asombrarme después. Así funciono. La fotografía sólo puede se explicarse después de que suceda. Antes de una fotografía sólo hay especulación".

Tenerlo cerca era un espectáculo. Leal en la observación a media tarde de ese Mediterráneo que tan bien descifró a pie de ola o desde la terraza de su casa de Almería. Con la melena blanca de violinista partida en dos, muy lisa y peinada a un lado y otro del cráneo. Por atrás le dejaba el pescuezo una onda de plata, un bucle galán. Había que verlo mirar con los ojos de arrapiezo listo y quizá también de tímido desenvuelto. Observando desde el fondo de un nervio óptico muy vivo. El lienzo de la cara, moreno. La palabra eléctrica, las manos con rastro de esa lágrima que deja el hielo de un gin tonic en el cristal del vaso. Estaba en en la fotografía como un potro. Tuvo hasta última hora mucho rock and roll en la masa de la sangre. Nació en 1930. Cuánto le gustaba la poesía.


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