Muere Domingo Villar, autor de novelas negras psicológicas, musicales y nostálgicas, a los 51 años
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18 Mayo 2022

Muere Domingo Villar, autor de novelas negras psicológicas, musicales y nostálgicas, a los 51 años

El autor de la serie de Leo Caldas tenía 51 años y había sufrido un ictus cerebral en su ciudad, Vigo

'El último barco' "El mundo nos pide ser brillantes en pocos caracteres" 'Algunos cuentos reunidos' "Hay gente que lleva vino a cenar. Yo llevo cuentos"

En las 712 páginas de El último barco (Siruela, 2019), la novela que disparó la fama de Domingo Villar, había 30 o 40 líneas, como mucho, dedicadas al mal, a explicar los agravantes y los atenuantes del asesino de aquella chica bien pero de vida un poco bohemia que desaparecía en las primeras páginas del libro. En contra de la norma no escrita del género criminal, a Villar no le interesaba el mal, ni mucho menos la violencia, sino el bien. Se diría que Leo Caldas, el detective de El último barco y de otras dos novelas más, no exploraba los motivos del crimen sino que indagaba en el fondo de bondad de todos los falsos culpables que se le ponían por delante en sus investigaciones. Se diría que su método consistía en creer en las personas, con todas sus paradojas, hasta que alguna de ellas no estuviese a la altura de esa confianza y se descubriera como culpable.

Domingo Villar ha muerto en Vigo, en su ciudad, a los 51 años, víctima de un ictus cerebral, y es una tentación pensar, en la tristeza de su muerte, que esa manera de abordar la novela criminal era la expresión de un sentido moral muy profundo. Todo alrededor de la trama, tan racionalmente expuesta, tenía una segunda lectura de bondad casi machadiana: padres e hijos, amigos y amores añorados, noches de mirar a las estrellas, arraigo y ciudadanía... de todo eso iban también las novelas de Domingo Villar. Más Markaris que Sjöwall y Wahlöö, más novela negra psicológica que política, para entendernos.

El primer origen de la literatura de Villar estaba en su padre, un personaje que aparecía en cualquier conversación con su hijo. Aquel hombre, un vinatero gallego que era el modelo obvio del padre de Leo Caldas en las novelas, había sido un escritor aficionado, autor de coplillas para los días de fiesta y, quizá (ese detalle ya será difícil confirmarlo) de historias populares que llevaba al papel por placer personal. Lo importante es que Domingo Villar contaba que de aquel señor soñador heredó una idea de la literatura muy sencilla y feliz: la del cuento ante una botella de vino, unos amigos y un fuego. Es un pequeño consuelo pensar que el último libro publicado en vida por Villar, Algunos cuentos reunidos (Siruela, con las ilustraciones de Carlos Baonza) sea el que más se acerca a esa memoria del relato oral como celebración.

"Hay gente que lleva vino cuando le invitan a cenar y yo llevo cuentos", explicó Villar en EL MUNDO después de publicar Algunos cuentos reunidos. En el prólogo de esa colección, el escritor vigués explicaba la otra otra clave de su literatura: su musicalidad. "Yo le leía mis textos a mi padre pero se murió y me tuve que buscar a otros penitentes. No buscaba tanto su aprobación, sino escucharme a mí mismo porque creo firmemente en el valor oral de los textos. Cuando siento que escribo bien, siempre es por la música, más que por lo que es estrictamente literario", explicaba en esta entrevista Villar.

Y continuaba: "El gallego y el español que se habla en Galicia tienen una sonoridad muy especial, son más eufónicos. Yo creo que el habla que se escucha en Galicia, el portugués de Brasil y el italiano son las formas más melodiosas que existen, por lo menos en la familia del latín. Y eso es una ventaja cuando escribes pero también es un peligro, porque es fácil llegar a pensar que tus textos son mucho mejores de lo que son en realidad. Es como creer que una buena melodía hace buena la letra de la canción".

La referencia al habla de Galici es el hilo que permite terminar de tejer el retrato de Domingo Villar, de sus libros. Villar, un vigués que pasó casi toda su vida adulta en Madrid, se supone que felizmente, y que trabajó en la empresa privada hasta que publicó La playa de los ahogados (2009), sólo dedicó a la capital un relato de encargo. Todo lo demás fue una evocación de la ría de Vigo, de su sonido y de su gente.

"Está esa idea del gallego como ser antropológicamente complejo...", explicó Villar en estas páginas. "Es una frase de Cunqueiro, se refiere a la mezcla de credulidad y descreimiento de los gallegos. Los interrogatorios de mis novelas policiacas, que son interrogatorios imposibles, hechos de preguntas infinitas. A mí eso me hace gracia".

Hablar con Villar era una experiencia estupenda, llena de frases inolvidables: "A mí me gusta comparar las novelas negras con Samba en preludio, que es una canción de amor de Vinicius de Moraes", explicó Villar en otra entrevista en EL MUNDO. "En Samba en preludio primero aparece él, canta su melodía, luego aparece la voz de una mujer y canta otra melodía y después se unen las dos voces en el estribillo. En las novelas negras pasa eso: tienes una historia en pasado, que es el crimen, y otra en presente, que es la investigación, y hay un momento en el que las dos historias confluyen. Yo he trabajado con lutiers para esta novela [El último barco] y me he sentido un poco como ellos: busco materiales, buenas maderas, intento tratarlas con paciencia y con cariño y espero a que luego suenen bien". En eso también consiste ser buena persona.


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