Muere Eugenio Martín, director de 'Pánico en el Transiberiano' y maestro español de Tarantino
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23 Enero 2023

Muere Eugenio Martín, director de 'Pánico en el Transiberiano' y maestro español de Tarantino

El cineasta fue un maestro del cine popular de los 70 y el autor de, al menos, tres obras maestras.

Un documental sobre Eugenio Martín La memoria oculta, sucia y perfecta del cine español

El cineasta de todos los géneros o, por aquello de las homonimias no buscadas, el director transgénero. Éste podría ser uno de los sobrenombres de Eugenio Martín, o de Herbert Martin, o de Martin Herbert, o de Gene Martin. Con todos estos nombres, seudónimos, apodos y traducciones mas o menos forzadas firmó sus películas uno de los más tozudos, brillantes y ocultos realizadores de ese otro cine español tan salvaje e inconformista como apasionado que configuró la materia viva de los cines de sesiones dobles y del imaginario entero de un país a la fuga de su propia realidad. El cine de Martín huele a ozono pino, a cine de barrio, a cine al límite de la imaginación. El viernes murió a los 97 años el responsable de, al menos, tres obras maestras que no acostumbran a figurar en los catálogos pese a ser, como diría Spade, la materia misma con la que están hechas los sueños. Pánico en el transiberiano (1972), El precio de un hombre (1966) y, apurando, Una vela para el diablo (1973) dan forma a una filmografía que siempre se adaptó "a la exigencia de la historia", como le gustaba decir a él desde su punta de mal genio.

La ciencia-ficción, el terror, el thriller, el spaghetti-western, el musical, la comedia a la española o las aventuras de piratas. Nada le fue ajeno al último y mayor representante del cine como experiencia compartida, como viaje al fondo de una alucinación común. Su obra más conocida fue la adaptación de una historia de extraterrestres que también lo era de zombis sin renunciar a vestirse con las galas del cine de época. Pánico en el transiberiano fue un encargo que respondía a la exigencia de reutilizar una costosa maqueta de tren empleada en una película anterior (El desafío de Pancho Villa). Desde esta modesta y surreal exigencia, y de la mano de una producción británico-estadounidense, Martín se las arregló para hacer que los míticos Christopher Lee y Peter Cushing se exhibieran en todo su morboso esplendor en la primera adaptación de la historia de la que luego surgiría El enigma de otro mundo, de Howard Hawks.

Se contaba la historia de un alienígena sin forma que lo mismo ocupaba cuerpos ajenos hasta vaciar las cuencas de los ojos que absorbía las imágenes de los cerebros. Y todo ello en el interior de un tren que atravesaba las nieves del este de Europa mientras se anunciaba una revolución inminente contra los zares. La gracia de este prodigio se encuentra tanto en su frontal exhibición del cine como constructor de mundos como en la capacidad para reconciliar al espectador con sus miedos más reales y evidentes. La película logra, como todo buen ejercicio de fantasía, elevarse como una perfecta metáfora de un tiempo de pánico a la vez que se ordena ante la mirada como una bella y turbia representación del propio cine que, como sabemos, está hay para vaciarnos por dentro.

Martín demostró una vez más en la que es su obra más celebrada su capacidad para adaptarse y, sobre todo, para reinventar desde la pasión más elemental las reglas siempre impuestas por el género. La idea fue siempre ofrecer al espectador un espectáculo de ensoñación y misterio en toda su pura y brutal crudeza. El precio de un hombre está ahí como testigo de una forma de entender el oficio sin coartadas. La película que Quentin Tarantino defendió como uno de los mejores spaghetti de la historia a la altura de cualquiera de las producciones emblemáticas de Sergio Leone y que, además, catapultó a su protagonista Tomas Miliam es todo un vademécum de cine visceral, tórrido y violento al borde de su más íntima desesperación. Tal cual. Y lo mismo vale para Una vela para el diablo, el más crudo y oculto relato de 'brujas' del que ha sido capaz un cine español condenado.

Repasar su filmografía se antoja un ejercicio similar a hojear un manual de cine que también lo es de la historia de España. Eugenio Martín dirigió a Julio Iglesias en La vida sigue igual (1969), a Lola Flores en Una señora estupenda (1970), a la reciente desaparecida Gina Lollobrigida en El hombre de Río Malo (1971) y a Marisol en La chica del Molino Rojo (1973). Él fue testigo, y sobre todo víctima, de todas las censuras, de todos lo olvidos, de todas y cada una de las miserias de un país aquejado de mal de memoria.

Eugenio Martín nació en Ceuta en 1925 y poco después se trasladó a Granada. Allí crecería leyendo a escondidas a Lorca y León Felipe y envenenándose de cine. Su primer contacto con el que luego sería su oficio fue en el cine-club que él mismo fundó. Y así hasta que la censura de un jesuita (que le conminó a repasar cada texto que publicara y cada película que exhibiera) le hizo desistir. "Granada entonces era una cárcel", declaró en un entrevista. Cuando se decidió a exiliarse, le llegaría la posibilidad de estudiar en la Instituto de Cine de Madrid y ahí que acudió con el que era su primer cortometraje (Viaje romántico a Granada) rodado, editado y empaquetado.

Con el tiempo filmaría su debut, Despedida de soltero (1960), y con él llegaría su primera decepción. No diremos fracaso. Eso le llevó a aceptar ser ayudante de dirección para continuar en el mundo del cine lo que a su vez le haría conocer a directores como Michael Anderson o Nicholas Ray. Los corsarios del caribe (1961) sería su bautismo en el cine de género, en el cine por la aventura, en el cine por el cine. Y ahí se quedó a vivir. El cineasta de todos los géneros. Descanse en paz



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