Muere Francisco Brines, conciencia y sensualidad en la poesía
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21 Mayo 2021

Muere Francisco Brines, conciencia y sensualidad en la poesía

El poeta valenciano, académico y último Premio Cervantes fallece a los 89 años en su casa de Oliva, junto al paisaje de su infancia, después de una existencia dedicada a la escritura, el hedonismo y la amistad

Entrevista a Francisco Brines. "Sin tolerancia, la vida tiene un punto de desagrado" Concesión Premio Cervantes. El gozo poético de Francisco Brines Opinión de Antonio Lucas. Los Reyes con el poeta

A los poetas auténticos puedes descifrarlos en un puñado de versos propios por los que es posible concretar su asunto en la vida. Francisco Brines es uno de ellos. Bastarían unos pocos poemas para tener consciencia no sólo del poeta entero que es, sino del sabio que ha sido, del hombre sin prisa en la escritura, del clásico a conciencia, del hedonista entre naranjos en el refugio íntimo del pueblo en que nació, Oliva (Valencia), y donde ha muerto a los 89 años. Entre las palmeras y el mar.

Nació en 1932. Pasó parte de la Guerra Civil entre Marsella y San Sebastián. Al regresar, aún niño, a su tierra natal, la familia se instaló en la casa que llamaron Elca, y aquel fue el paraíso de infancia donde empezó de nuevo todo. Donde su idea del mundo tomó impulso y se fue haciendo cargo de una prematura idea de belleza, de afirmación y de un precoz sentido de pérdida. En la última entrevista concedida a EL MUNDO, en noviembre de 2020, días después de la concesión del Premio Cervantes, decía: "Casi siempre he escrito desde ese sentimiento de pérdida. Y la pérdida tiene unos valores por sí misma. La respuesta de la poesía tiene ambas facetas: gracia y pérdida. Por lo tanto, en ella está lo positivo y lo negativo. Pero lo negativo en un poeta puede ser, incluso, gran poesía".

Es importante saber del lugar vibrátil donde Brines se echó al camino para entender que la luz de su poesía resbala exactamente desde ahí, desde el desorden elegante de la luz que arde en todas direcciones y el meticuloso perfume del azahar cuando la piel del aire se exhibe encendida. Francisco Brines comenzó en la poesía cuando aún era un estudiante de Derecho entre Deusto, Valencia y Salamanca. Un poco antes de pasar a Madrid a estudiar Filosofía y Letras.

Para entonces ya estaba dando vueltas a los primeros poemas de lo que sería el primer libro, 'Las brasas' (Premio Adonáis en 1959). Lo publicó a los 28 años. Incluso tarde para un poeta joven. Traía un vago rumor de Cernuda atravesándolo todo. Y fue la afirmación de un poeta distinto que perfilaba ya un gusto por la sensualidad, por lo sensorial, y a la vez con un precoz timbre elegíaco que sería seña y norma de toda su escritura. Porque la poesía de Brines no cambió demasiado y, sin embargo, no ha dejado de ser (de otro modo) distinta.

Hijo de terratenientes adinerados, como Lorca, trasladó su residencia a Madrid y fue vecino del poeta José Manuel Caballero Bonald. Aquí, en la ciudad, encontró más amigos, más placeres, más libros y la noche. "Y entro así, cristalino en la honda noche/ que ha de darme más vida". Perteneció a la nómina canónica de la hoy casi extinta Generación del 50. Una promoción poética compacta en la amistad y dispar en la poesía. En medio de aquella tribu, Brines tuvo algo de gato solo. Y el valor suficiente o la temeridad necesaria para hacer de su escritura lo otro, lo que nada tiene que ver con lo generacional. Eso sucedió con casi todos ellos, en verdad.

El erotismo es otro de los puntos de amarre de la poesía del autor de Palabras a la oscuridad (1966). "Acerco tu rostro hasta mi boca, y quiero que/ mi vida y tu historia concluyan bruscamente". Un erotismo con mucho de furtivo, con momentos de delicadeza y otros de una gozada sordidez (vivida como otro esplendor) que es complementaria y es también contradictora. Pues entre la meditación y la lujuria sucede Brines. Y de ahí salen algunos de sus libros, espaciados en el tiempo por años. A veces muchos años. Aún no, de 1971. Insistencias en Luzbel, de 1977. El otoño de las rosas, de 1986 (Premio Nacional de Poesía). La última costa, de 1995 (un título otra vez de despedida). Y en 2020, en la antología Desde Elca, siete poemas inéditos de un conjunto en el que lleva trabajando, con demora, desde hace dos décadas. Sobre él decía a este periódico hace unos meses: "Es un libro del que ya conozco poemas y estoy de acuerdo con ellos. Cuando el poeta escribe un poema y sabe que pertenece plenamente a él se puede dar por satisfechísimo. Y yo me lo he dado en algunos de los poemas que he escrito en los últimos años. Pero ese libro todavía está para terminar. Y cuando algún día se publique, entonces sí, podré decir que mi obra ha terminado definitivamente".

Una obra que ya en 1974, al reunirla en un solo volumen por primera vez, le dio un título que es un lema: Ensayo para una despedida.

Brines vivió exactamente para la poesía y para vivir -las dos vocaciones se funden en un libro de entusiasmo lector: Escritos sobre poesía española contemporánea (1994)-. Con sencillez e intensidad. Con inteligencia. Rodeado de amigos en Madrid o en Oliva. Sus leales Luis Antonio de Villena, Fernando Delgado, Carlos Marzal, Vicente Gallego, Jaime Siles, Guillermo Carnero, el malogrado Antonio Cabrera... "Mi fe es lo que he expresado ante la vida. Aunque mi existencia ha sido modesta es la que considero más asequible a mí. Debo decir que ha sido maravillosa. Y si debo expresar una fe diría que es la plena estimación del vivir".

No pretendió más originalidad que la de ser él mismo, que no fue poco. Y hacer del poema la expresión verdadera. "Mi esperanza es que mi poesía siga teniendo o llegue a tener el asentimiento de los lectores, que la hagan suya y que les emocione. En definitiva, sentirla como propia. De la misma manera que tenemos amores muy intensos de vidas que nos son ajenas. Cuando he leído a los poetas que me emocionan, de algún mundo me han activado la vida. Ojalá algunos de los versos que he escrito provoquen lo mismo en quienes se acerquen a ellos", decía.

La tolerancia fue uno de sus rasgos. Esa plenitud de comprender desde la radical individualidad, desde el estoicismo de quien gusta de una libertad a través de la que se ocupa la realidad aceptando también su precariedad y su fracaso último: "Sin tolerancia la vida tiene un punto de desagrado. La tolerancia es una de las formas de la plenitud. Desde la tolerancia aprendemos a querer a los demás y a aceptarnos a nosotros mismos".

En 2001 fue elegido miembro de la Real Academia Española y tardó cinco años en leer su discurso de ingreso, dedicado a Luis Cernuda. Dos infartos y demás achaques de salud prolongaron el tiempo de tomar posesión en la RAE. Para entonces ya había emprendido el regreso a la casa familiar. Iniciando así la lenta despedida. Ese reencuentro consigo mismo, con los sustratos de su primera memoria, con el origen como quien vuelve los pasos a un paraíso originario: "Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde".

Basta un poema, Mi resumen para entender cómo concluye la voz de un poeta que remontó hasta el último día el rastro de su vida guiado por un sosiego de pasiones: "'Como si nada hubiera sucedido'./ Ese es mi resumen/ y éste en él mi epitafio./ Habla mi nada al vivo/ y él se asoma a un espejo/ que no refleja a nadie".


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