Quentin Tarantino: ''Desde que vi aquella película a los nueve años no he vuelto a ser el mismo''
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21 Enero 2023

Quentin Tarantino: ''Desde que vi aquella película a los nueve años no he vuelto a ser el mismo''

El director muestra su amor desmedido por las películas en el libro 'Meditaciones de cine', una autobiografía cinéfila de la que adelantamos un extracto en exclusiva

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El nuevo libro de Quentin Tarantino, Meditaciones de cine (Reservoir Books), sale a la venta el 26 de enero.

A principios de los años 70 mi madre salía con un futbolista profesional llamado Reggie. Este, en un esfuerzo por anotarse un tanto con ella, se ofreció a pasar algún rato conmigo.

Como jugador de fútbol que era, preguntó a mi madre:

-¿Le gusta el fútbol?

-No, le gusta el cine -contestó ella.

En fin, quiso la suerte que a Reggie también le gustara el cine. Y, al parecer, veía todas las pelis de blaxploitation que salían. Así que un sábado a media tarde Reggie (a quien no conocía) se pasó por el apartamento, me recogió y me llevó al cine. Fuimos a una parte de la ciudad donde yo nunca había estado. Había visitado las zonas de grandes cines de Hollywood y Westwood; pero aquel era un sitio distinto. En aquella avenida había cines enormes en ambas aceras y se sucedían a lo largo de unas ocho manzanas. (Ya de mayor, caí en la cuenta de que Reggie me llevó a la zona de cines del centro de Los Ángeles, situada en Broadway Boulevard, que incluía, entre otros, el Orpheum, el State, el Los Angeles, el Million Dollar Theatre y el Tower). No solo eran grandes los cines, con amplias marquesinas delante, sino que también eran gigantescos (de siete metros de alto, o eso me pareció a mí) los carteles de las películas que había encima de las marquesinas. Y, a excepción del clásico de las artes marciales De profesión: invencible y (curiosamente) My Fair Lady, todas eran películas del género blaxploitation. Películas que yo nunca había visto, pero conocía por los anuncios que veía en televisión (especialmente en Soul Train) u oía por la radio en 1580 KDay -la emisora de música soul de Los Ángeles-, o por la fascinante publicidad presentada en forma de cómic que leía en la sección «Agenda» del Los Angeles Times.

El sol empezaba a ponerse y se encendía ya el neón de las marquesinas de vistosos colores con su característico zumbido. Mi nuevo amigo me dijo que podía elegir la película que más me apeteciera ver (excepto My Fair Lady). La noche de aquel sábado pasaban en aquella calle Hit Man, con Bernie Casey (un remake con actores negros de la película británica Asesino implacable), y Goldy el Chulo, que pronto se convertiría en un clásico, protagonizada por Max Julien y Richard Pryor.

-¿Qué tal Goldy el Chulo? -pregunté.

-Bueno, Goldy el Chulo ya la he visto -me informó.

-¿Es buena?

-¡Es sensacional! -contestó-. Y, si de verdad es esa la que quieres ver, yo puedo ver Goldy el Chulo otra vez, pero sigamos para ver qué más hay.

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También pasaban Super Fly, Su majestad, el Hampa, Cool Breeze (un remake con actores negros de La jungla de asfalto) y Come Back Charleston Blue (secuela de Algodón en Harlem), y él ya las había visto todas. Pero la nueva película en Broadway, recién estrenada el miércoles anterior, eraPólvora negra, el último filme de Jim Brown, la superestrella del blaxploitation. Yo esa semana había visto mucho los anuncios en televisión, y parecía muy interesante. Incluso recuerdo los anuncios de radio, que proclamaban: «Jim Brown va a pillar al cabrón que mató a su hermano».

El caso es que Pólvora negra era la película que Reggie quería ver a toda costa. Para empezar, como el buen entendido que aparentemente era, había visto todas las demás. Por otra parte, se veía a la legua que Jim Brown le molaba.

Le pregunté quiénes eran sus actores preferidos. Dijo: Jim Brown, Max Julien, Richard Roundtree, Charles Bronson y Lee Van Cleef.

Me preguntó quién era mi actor preferido.

-Robert Preston -dije.

-¿Quién es Robert Preston?

-¡El de Vivir de ilusión!

(Por entonces yo era una gran fan de Vivir de ilusión).

Como era sábado por la noche y ponían la ultimísima película de Jim Brown, la enorme sala (tendría un aforo de unas 1.400 butacas) no estaba exactamente abarrotada, pero desde luego sí muy concurrida, y se palpaba la expectación.

Mi cara pequeña era la única blanca entre el público.

Jim Brown, en una escena de 'Pólvora negra'.Jim Brown, en una escena de 'Pólvora negra'.

Esa iba a ser mi primera película en una sala con un público totalmente negro (excepto yo) en un barrio negro. Corría el año 1972. Hacia 1976 me aventuraría a ir solo a un cine en el que casi todo el público era negro, el Carson Twin Cinema (en Carson, California), donde me puse al día de todos los clásicos del blaxploitation y el kung-fu que me había perdido en la primera mitad de la década (Coffy, Goldy el Chulo, Foxy Brown, J. D.'s Revenge, Cooley High, Sin testigos, Doctor Black, monstruo asesino, De profesión: invencible, Hapkido, Furia oriental), además de todas las otras películas del blaxplotaition que salieron en esa época.Y, a principios de los 80, volví casualmente a esos cines de Broadway. Pero por esas fechas el barrio era mucho más mexicano que negro, y en general las cintas de 35 mm que exhibían contenían subtítulos en español.

Además, ya avanzados los 70, pasaba muchos fines de semana en casa de Jackie (una antigua compañera de apartamento de mi madre), que vivía en Compton. Para entonces, Jackie era como mi segunda madre, su hija Nikki (que era cuatro años mayor que yo) era como una hermana para mí, y el hermano de Jackie, Don (lo llamábamos «Gran D»), era como mi tío.

Y Nikki y sus amigas me llevaban al cine en Compton, donde vi Mahogany, piel de caoba, Dos tramposos con suerte, De profesión: estafadores y Adiós, amigo (no solo veíamos películas de negros; también vimos Aeropuerto 1975 y Juego peligroso).Además, Nikki y una de sus amigas me llevaron (cuando yo tenía 14 años) al Pussycat Theatre, en Hollywood Boulevard, a ver mis primeras películas porno: Garganta profunda y El diablo en la señorita Jones, la clásica doble sesión que se pasó en esa sala durante ocho años. (No entendimos a qué venía tanto revuelo con Garganta profunda. Pero El diablo en la señorita Jones nos pareció una película bastante buena).

¿Cómo conseguí entrar a los 14 años?

Primero, era un chico tirando a alto. Solo me habría delatado la voz de pito. Así que sencillamente dejé hablar a Nikki.

Segundo, el cine abría toda la noche. Así que nos presentamos a las dos de la madrugada. Dudo que en el Pussycat Theatre se negara jamás la entrada a una mujer que se acercase a la taquilla a las dos de la madrugada.

Más adelante, ya a los 16, conseguí trabajo de acomodador en el Pussycat Theatre de Torrance.

Pero volvamos a mí, Reggie y Jim Brown.

En el Tower Theatre ponían Pólvora negra en sesión doble con otra película, un drama social un tanto amateur sobre la situación de los negros titulado The Bus Is Coming.

Entramos en la sala cuando aún faltaban unos tres cuartos de hora para que terminase The Bus Is Coming. Como ya he dejado claro, en tanto que niño que veía películas estimulantes en compañía de espectadores adultos, yo era una persona bastante sofisticada. Había visto a muchos públicos adultos distintos reaccionar ante muchos tipos de película diferentes. E incluso había presenciado situaciones en que el público se mostraba contrario a una película y abucheaba contra la pantalla (eso ocurrió con un filme de Crown International titulado Los jóvenes graduados). Pero no conocía nada parecido a la reacción de aquel público ante The Bus Is Coming.

Joder, qué hostilidad la suya.

Y empezaron a proferir obscenidades sin parar contra la pantalla durante los tres cuartos de hora restantes de la película. La primera vez que oí la expresión «¡chúpamela!» fue cuando un espectador se la gritó a un personaje que salía en la pantalla. Como nunca antes me había encontrado con nada parecido, al principio no supe cómo tomármelo. Pero sus insultos a los personajes eran cada vez más subidos de tono, y, conforme avanzaba la cinta, más profundo era en apariencia el desprecio del público y más cómicos los insultos. Hasta que se me escapó la risa. Y al poco rato me reía ya sin control. Estoy seguro de que mi reacción y mi risa desinhibida y aguda de niño de nueve años debió de hacerle tanta gracia al futbolista que me acompañaba como me la hacía a mí el público.

-¿Te lo estás pasando bien, Q? -preguntó.

-¡Esta gente es de lo más chistosa! -dije, y no me refería a la película.

Me sonrió y me dio una palmada en el hombro con su mano enorme.

-Eres un niño enrollado, Q.

Y, a partir de ahí, envalentonado, decidí sumarme al alboroto y grité contra la pantalla. Al instante miré de reojo a Reggie para ver si ponía algún reparo. Pero Reggie, viendo que yo me sentía lo bastante a gusto como para participar, se limitó a reírse. Así que participé. Hasta el punto de que proferí en dirección a la pantalla mi nueva expresión preferida: «¡chúpamela!».

Y, ante esa salida, Reggie y otros adultos sentados cerca empezaron a troncharse de risa.

¡Qué noche aquella! ¡No veáis!

Pero la velada no había hecho más que comenzar.

Lo último que recuerdo sobre The Bus Is Coming es la escena final, cuando aparece el autobús y el niño negro de 12 años que lleva toda la película esperándolo (el autobús debía de ser una metáfora, creo) empieza a gritar una y otra vez la frase que da título al filme («The bus is coming» [«Viene el autobús»]). Momento en el cual un espectador contestó a voz en cuello: «¡Vale, pues móntate, y anda y que te jodan!».

Cuando se encendieron las luces en la enorme sala, tuve que enjugarme las lágrimas porque lloraba de risa. Comenzaba a entender que, para ganarse a mi madre, Reggie intentaba congraciarse conmigo. Le pregunté, pues, si podía comprar una Coca-Cola y unos caramelos en el bar. Pero, en lugar de llevarme al puesto, sacó la cartera, extrajo un billete de 20 dólares y dijo: «Cómprate lo que quieras».

Por mí, mi madre bien podía casarse con aquel tío.

El caso es que, en un cine descomunal prácticamente del tamaño del Metropolitan Opera House, me encaminé hacia el bar. Después, cargado de chuches por valor de diez dólares, regresé a mi asiento cuando las luces ya se atenuaban. Enseguida, en aquella noche de sábado en el centro, empezó a parpadear a través de la ventana del proyector Pólvora negra, la última película de Jim Brown, para un público sumamente entusiasta formado por unos 850 negros, 800 de los cuales eran hombres.

Y, para ser sincero, ya nunca he vuelto a ser el mismo desde entonces.

A partir de ese momento, en mayor o menor medida, me he pasado la vida entera yendo a ver películas y haciéndolas, en un esfuerzo por recrear la experiencia de ver una película de Jim Brown recién estrenada, un sábado por la noche, en un cine con público negro en 1972. Lo más cercano a esa experiencia que había vivido antes fue el año anterior, cuando vi mi primer James Bond, Diamantes para la eternidad, mientras el público, con una actitud cómplice, respondía a cada comentario jocoso de Sean Connery. Y quizá debería añadir las reacciones del público ante Clint Eastwood en Harry el Sucio.

Aun así... no había punto de comparación.

Cuando Jim Brown está sentado detrás de su escritorio, y Bruce Glover (el padre de Crispin) y el otro esbirro blanco lo amenazan, y Gunn pulsa un botón bajo el escritorio y cae en su regazo una escopeta de cañones recortados..., los espectadores negros que llenaban la sala prorrumpieron en vítores de un modo que el niño de nueve años que yo era nunca había visto en un cine. En aquel entonces -viviendo con una madre soltera- fue posiblemente la experiencia más masculina de la que había formado parte jamás.

Y cuando la película terminó con un fotograma congelado de Jim Brown en el papel de Gunn, el tío sentado detrás de Reggie y de mí declaró en voz alta: «Esto sí es una peli sobre un cabronazo de lo más malo».

Por desgracia, después de esa noche, nunca volví a ver a Reggie.

Y hoy por hoy sigo sin saber qué ha sido de él. De vez en cuando preguntaba a mi madre:

-¿Qué fue de Reggie?

Ella se encogía de hombros y decía:

-Ah, por ahí anda.


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