Rigoberta Bandini: ''De pequeña quería ser un niño, me parecía más divertido''
08:27
13 Abril 2022

Rigoberta Bandini: ''De pequeña quería ser un niño, me parecía más divertido''

Antes de su gira de verano y de los festivales, Paula Ribó reedita su novela de autoficción 'Vértigo', un viaje a Estocolmo y a las profundidades de una crisis personal de la que nacería Rigoberta Bandini

Benidorm Fest "Mi canción es todas las mujeres de España, unidas por un mensaje de esperanza" 'Sold out' de verano "Todos somos perras, da igual la identidad sexual... Perra is a lifestyle"

Antes de ser Rigoberta Bandini, antes del Ay mamá y de que España coreara ¿por qué dan tanto miedo nuestras tetas?, Paula Ribó (Barcelona, 1990) publicó Vértigo, una breve autoficción en la que ya laten las imágenes, letras y arquetipos que luego convertiría en hits: Too Many Drugs, In Spain we Call it Soledad o Perra. Este pequeño volumen-joya escrito en 2018 y hasta ahora inencontrable vuelve a las librerías con la reedición de Penguin Random House. Vértigo es un viaje a Estocolmo en una atmósfera de soledad, como un cuadro de hotel de Hopper o el deambular por Tokio de Scarlett Johansson en Lost in Translation. En esta precuela confesional de Rigoberta Bandini hay versos que suenan a canciones futuras, escenas de resaca en las que promete no volver a beber, un vuelo con sensación de película de Sorrentino, un jacuzzi bajo la nieve, el recuerdo de sus canicas, un sueño-interludio sobre La Soledad Divina (o un guiño al LSD)...

En el prólogo escribes que antes tenías un nombre y ahora dos. ¿Cómo se vive siendo Paula y Rigoberta?

Casi todo es positivo. Recibo mucho más amor y feedback. Pero a veces la demanda externa es muy exigente y me gustaría poder apagar algún botón. Con estos dos nombres puedo tener cosas que no hubiera imaginado, una libertad creativa y de recursos que es un privilegio increíble y que como artista nunca había conocido. Vengo del mundo del teatro que es bastante precario. Conseguir una silla blanca era..., buf, números rojos todo el rato.

Ahora puedes hacer hasta una teta mapamundi [la escenografía de Ay mamá].

Puedes crear una teta de cinco metros de diámetro y quedarte tan ancha, sí.

¿El Benidorm Fest te dejó un sabor agridulce? ¿Fue una decepción el resultado?

La verdad es que no. En el momento en que no ganamos hubo algo en mí que se puso muy feliz. Comprendí que tenía todo el sentido estar allí para alcanzar un público al que nunca habría llegado, pero que igual ese no era mi camino. Yo es que a veces soy muy mística, de creer que todo lo que tiene que ser, es, y lo que no tenía que ser, no es. Ay mamá había recibido tanto apoyo y amor que esta victoria me queda para siempre. Ir a Eurovisión sería superdivertido, pero prefiero que mi canción haya pasado a ser de la sociedad.

Hace un año eras un fenómeno indie y ahora te conoce toda España. ¿Da vértigo?

Por supuesto. Cada día me paran por la calle, pero es muy llevable. Es raro y muy nuevo. Noto que después de este boom necesito hacer cosas con mi núcleo, mis amigos, mi familia... Necesito conectar conmigo a través de mi gente, volver a mi centro porque es muy fácil que la energía se te disperse con tanto ruido alrededor. Mi única obligación ahora mismo es ponerme el paraguas para que todo ese ruido externo no me quite lo más preciado: escribir sobre lo que quiero de verdad.

Al releer ahora el libro te das cuenta de que son siempre los mismos hilos los que te duelen. ¿Cuáles?

Hay problemas que con la maternidad han desaparecido porque te hace tocar tierra desde otro lugar. Pero hay otras que siguen ahí: libertad, espíritu, melancolía... Sobre todo, mi búsqueda insaciable de libertad, que no sé qué coño quiere decir [ríe]. Esta cosa de estar en un lugar y a la que empiezo a sentirme cómoda tener que buscar otro... Leo el libro y me pregunto '¿bua, siempre seré igual?'. Pero a la vez me hace ilusión porque me han pasado tantas cosas en tan poco tiempo... Conectar con palabras previas a este cambio brutal me parece un halago hacia mí misma y me da seguridad. Me digo: 'Tranquila, que eres la misma, solo han cambiado las cosas a tu alrededor'.

Vértigo nace de una crisis, de una ruptura de pareja. Lloras mucho en el libro...

Lloro mucho en general. Llorar está muy bien, yo lo recomiendo. El libro es un poco la Lonely Planet, en sentido literal [planeta solitario], de Estocolmo.

Una guía que en un «ataque de salvajismo» acabas tirando al río...

Ah, sí, claro. Siempre sale esta parte: la perra...

¿La perra que a los 18 años lanzó su bolso al mar en una noche de verano?

Sí, he hecho muchas cosas y muy divertidas en esta búsqueda tan obsesiva por sentirme libre, por sentir que todavía mantengo mi parte salvaje. Lo que más temo es la superficialidad y hacer las cosas porque sí, el vivir en una especie de piloto automático. Soy tan pesada con lo de conectar y conectar... No quiero hacer lo que tocaría, no por innovar sino porque en cada momento somos una persona. Tú haces una paella y la gente siempre quiere paellas. Después de Ay mamá voy a sacar una canción superdiferente, no porque quiera fastidiar a nadie. El otro día me decían: 'Pero si esto ha gustado, ¿por qué no les das más?' Quiero ser fiel a mí misma. Ahora estoy empachada de este color. Necesito otra cosa, aunque sé que no va a funcionar igual. Y eso me encanta. No puedo estar siempre siendo una máquina de... no sé.

Cuentas que los sábados por la mañana te gusta hablar de Dios. ¿Qué relación tienes con Dios, con lo espiritual?

Siempre digo que creo en todo: en una arteria universal que nos une y en mogollón de conexiones que tenemos de las cuales no somos conscientes porque están dormidas. Cuando entras un poco en la espiritualidad empiezas a sentir esas conexiones, a entender que perteneces a algo mas grande. Me ayuda a escribir, a dar conciertos. Para mí no deja de ser un ritual de catarsis colectiva, una unión. Tiene mucho que ver con Dios y la espiritualidad. La música no solo suena, es mucho más poderosa, te penetra.

En una carta que Paula se escribe a sí misma, te preguntas: '¿Qué mierda quiere decir ser una mujer?'.

Todavía me lo pregunto porque me cuesta tanto discernir sobre toda la información que he recibido cuando era pequeña... A veces dudo de si nos hemos inventado el género. Obviamente, hay cosas que no compartimos, una anatomía que nos condiciona. Nosotras sangramos una vez al mes y eso nos hace más vulnerables, está claro. Pero no todas las mujeres sangran una vez al mes, para empezar. Es un tema que me obsesiona. Cuando era muy pequeña decía que quería ser un niño: me parecía más divertido. Después me feminicé muchísimo.

¿A los 12, cuando «aparecieron dos pechos en mi torso sin pedir permiso»?

Me hipersexualicé muy pronto, tenía complejos y me juzgaba mucho a mí misma, a mi cuerpo. He oscilado entre la masculinidad y la feminidad según lo que la sociedad ha necesitado, pero me pregunto qué hay de mí de verdad en todo esto. ¿Qué es ser mujer?¿Lo que me han dicho que tenía que ser? ¿Lo que soy ahora? ¿Lo que seré? Lo que sí sé es que ahora mismo ser mujer es más cómodo que nunca, en este momento vital. Cuanto más años pasan más cómoda me siento porque voy desaprendiendo y encontrando mis nuevas maneras de ser mujer. Me siento cómoda en una feminidad a mi medida.

Tu prólogo está dirigido a una Querida lectora y acaba con una posdata al lector indignado. Siempre hay esa reivindicación feminista...

Hablar en femenino me hace sentir mejor, el usar genéricos como '¿Venís todas?'. Hay algo conceptual en el poder del lenguaje. Hace unos años, cuando oía a alguien hablar en femenino me parecía ridículo, pensaba 'Vaya chalada, tía, acepta el mundo, se dice así'. Pero con los años me siento más cómoda con el femenino, es algo que me alivia. Decir querido lector me dolía en el esternón: con lectora me refiero a todas las personas. Pero, ya verás, dirán que es un libro escrito para las mujeres... Por eso lo aclaré con una posdata: señoros, también sois personas.


Etiquetas:  #Rigoberta #Bandini #De #pequeña #quería #ser #un #niño #me #parecía #más #divertido

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