'Rojo y negro', la película falangista maldita que Franco prohibió
19:27
21 Mayo 2021

'Rojo y negro', la película falangista maldita que Franco prohibió

La plataforma Flixolé reestrena una versión remozada de 'Rojo y negro', la película perdida de Carlos Arévalo que reflejó el horror de las checas en Madrid y que enfureció al franquismo

Pa negre La Guerra Civil, esta vez sí (o casi)

Hay películas devoradas por su propia leyenda y pocas (o ninguna directamente) en el cine español como 'Rojo y negro', el prodigio que Carlos Arévalo presentó en mayo de 1942 haciendo coincidir su estreno con el regreso a Madrid de los primeros repatriados de la División Azul. Después de tres semanas insólitas de éxito en el cine Capitol de Madrid, la cinta desapareció. A unos, militares mutilados por su victoria, les molestó probablemente su sinceridad, la crudeza de un relato que no admite más triunfalismo que la barbarie. A otros, cronistas sorprendidos, les cautivó un raro hallazgo alejado de lo común, a distancia del cine propagandístico de cruzada y tan cerca de la vanguardia como atenta a la tragedia de una guerra que no podía acabar nunca. Y a Franco, cuentan las crónicas con algo de imaginación, le irritó que el cineasta que renunciara a dirigir su terrible guión 'Raza' se atreviera a retratar sin maniqueísmos al enemigo comunista, por obra gracia de un único plano memorable, como mártir de todos y figura trágica de un país entero. Se suponía que era una obra de exaltación falangista, que también, pero no se quedó ahí. Contra su tiempo y a favor de la historia probablemente, lo que se veía era una obra oscura que junto al horror cierto de las checas madrileñas dibujaba con un precisión desusada la monstruosidad de todo. Y desapareció.

Hubo que esperar a mediados de los 90, para que Ramón Rubio, de la Filmoteca Española, diera con las bobinas perdidas en poder del que fuera primero el presidente del consejo de administración de la productora CEPICSA, Pedro Barrié de la Maza, y luego, ya investido como Conde de Fenosa, compañero de pesa y banquero de referencia del dictador golpista. Entonces, todo quedó a la vista y todos tuvieron razón: el enfado de militares, el asombro de los periodistas y la desconfianza (o simple ira) del entonces caudillo estaban justificados. En puridad, la película nunca fue censurada, y menos prohibida, simplemente se desvaneció. Y lo hizo como testigo de una vergüenza infinita. Y hasta ahora. Tras sus limitados pases en Filmoteca en 1996, ahora 'Flixolé' la convierte en su producto estrella y hoy misma la reestrena o, mejor, 'rereestrena'. Y ya no hay escapatoria. El tan traído como criticado argumento de la Guerra Civil que tanto persigue al cine español alcanza uno de sus momentos más brillantes, por crueles.

Escena de la Checa en la película 'Rojo y Negro'

"La película", comenta Miguel López desde la plataforma del cine español, "llegó a nosotros muy defectuosa y arañada, y con la imagen muy inestable, con muchos parpadeos de luz. Se ha escaneado en una calidad de 4K tras su limpieza fotograma a fotograma". Digamos que el resultado, por decirlo en cursi, otorga a la película la virtud de la claridad en la desconsolada oscuridad que propone. Eso además de discutir en buena medida muchos de los tópicos que convierten el cine sobre la contienda de la época en carne o de propaganda o de escarnio.

Carlos Arévalo, que venía de dirigir '¡Harka!' con el galán del régimen Alfredo Mayo, recuperó un viejo guión de 1934, según el historiador del cine Juan Antonio Ríos Carratalá, y lo adaptó a sus propias vivencias durante la guerra y, lo más crudo, a cada uno de sus desengaños. El viejo libreto se titulaba 'Dos' y en él contaba la historia de una pareja comprometida que acaba por abjurar de su fe revolucionaria tras ver de cerca las consecuencias injustificables de sus actos. Sea como sea, ni rastro de falangismo. Ahora, bajo ya los muy falangistas colores de 'Rojo y negro', la pareja interpretada por Conchita Montenegro e Ismael Merlo, Luisa y Miguel, toman cada uno un camino. La primera hace suyo el credo de Primo de Rivera y el segundo, el de Dolores Ibárruri. Arévalo renunció a dirigir 'Raza', como decíamos, por el convencimiento que tenía en su historia. Y, de hecho, las dos películas acabaron por rodarse a la vez.

Sin renunciar al gesto altisonante del que se sabe observado por los vencedores, 'Rojo y negro' incorpora recursos sorprendentes que más tienen que ver con el teatro y cine de vanguardia que con los estrechos márgenes de lo publicitario. Para retratar la ceguera de los políticos y de la intelectualidad de la época, el director echa mano a recursos más propios del surrealismo y hace que los personajes, lejos de cualquier pauta realista, se muevan por la pantalla con los ojos vendados. El discurrir del tiempo es representado con unos recurrentes fundidos en los que el globo terráqueo gira sobre las manecillas de un reloj. La pantalla es rasgada en un momento de furia como si de un autosacramental se tratara en la que la soflama se confunde con el hallazgo visual. Y por encima de todo, las escenas rodadas en la checa de Fomento donde la cámara se mueve por el edificio de un piso a otro, de una estancia a la de al lado, transformando la superficie de la pantalla en una cuarta pared ingrávida, transparente y, a su modo, hiperreal.

Arévalo era hijo y hermano de asesinados durante la guerra. Y él mismo se convirtió en quintacolumnista en el Madrid leal al Gobierno. La certeza y verosimilitud de lo que sucede en el edificio público convertido en prisión, y antesala de la muerte sin juicio, tiene mucho probablemente de lo vivido en primera persona. Y es ahí, donde la película crece, adquiere volumen y pierde cualquier amago de sencillez condescendiente. Y es ahí, donde probablemente 'Rojo y negro' firma su condena al silencio por negarse a decir lo único entonces decible. Pese a ello (o por ello), las tres semanas que estuvo en cartel antes de ser defenestrada sin aclaración fue un éxito incontestable. Lo que se veía se reconocía como propio, doloroso y veraz. Y desapareció. Y con ella, la propia y prometedora carrera del director.

Pero con todo, el pecado imperdonable de una película falangista que en realidad no lo es tanto llega al final. Miguel, el comunista, resulta no ser el desalmado que la lectura del régimen obliga. Miguel, como Luisa, su amor infantil ahora asesinada, es un hombre que duda. Y en la duda es capaz tanto de la incomprensión por lo monstruoso como del sacrifico ante lo inevitable. Todo es demasiado absurdo y voraz. La cámara se alza y el cuerpo sin vida del héroe que no puede serlo acaba transformado en testigo de una redención para nadie; en el cadáver de un mártir pagano con los brazos en cruz. El supuesto diablo resulta ser también Cristo. Sacrilegio, sin duda, Ambigua hasta la exasperación, 'Rojo y negro' concluye con un enigmático ejercicio de funambulismo ideológico empeñado en no contentar a nadie: ni a unos ni a otros ni mucho menos a los puros empeñados en colocarse en un punto medio tan inexistente como culpable.

Lo que queda es una película que se niega a ser devorada por la leyenda y que ahora vuelve como una provocación intacta e irredenta.


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