Santiago Lorenzo: ''Soy ateo por la gracia de dios y de un colegio del Opus''
20:21
7 Octubre 2022

Santiago Lorenzo: ''Soy ateo por la gracia de dios y de un colegio del Opus''

El escritor y cineasta que triunfó con 'Los asquerosos' en 2018 regresa con su nueva novela, 'Tostonazo' (Blackie Books)

Aun celebrado por la presunta modernidad, que ha convertido algunas de sus creaciones en contraseñas -pensemos en la palabra mochufa, de producción propia-, Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964) es en realidad un concentrado de muchos modos y maneras de la tradición literaria y artística española.

Y no sólo porque sus novelas actualizan a su manera el fenómeno del pícaro, el tío que «no se sabe muy bien cómo va a salir adelante» y que él mismo ha encarnado, se podría decir, saltando de un arte a otro hasta dar en la diana de la literatura.

E incluso porque, en plena entrevista en el centro de Madrid, el hombre se enardece recordando que «en un solar aquí al lado hubo una casa en la que vivió Ramón Gómez de la Serna, y otra en cuyas escaleras se sentaba el Cadalsillo, un personaje de 'Miau', de Galdós».

La prueba definitiva es que Lorenzo, que se reclama depositario de esa tradición, aunando un costumbrismo sui generis con un humor corrosivo legatario por ejemplo de Rafael Azcona, se pone a parir a sí mismo en sus propias novelas: «El personaje más chungo soy yo, y me encanta decir cosas malas de mí, no hay nada más sano». ¿Qué hay más español que el tipo que complota contra sí mismo, se sabotea, vuelve al principio después de estar a un paso del final?

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Su carrera en realidad ha sido un poco así hasta anteayer. Pasó del teatro en los 80 a los cortometrajes en los 90, y le iba «de puta madre» hasta que produjo y dirigió su primer largo, Mamá es boba, en 1997. Lo que se prometía como el pistoletazo de una carrera cinematográfica fecunda fue en realidad su lápida.

Pese a las excelentes críticas -Álex de la Iglesia llegó a decir que iba a fundar un club de fans de Lorenzo, Santiago Segura otro tanto-, la peli duró en los cines comerciales dos telediarios, y su autor descubrió que para hacer buen cine no sólo bastaba con hacer buen cine.

«El problema fue que yo produje la peli, y en aquella época no querían que aparecieran más productoras, y tenían montado un tinglado con las distribuidoras para ganar dinero con ellas sin que fuera nadie a verlas [sólo con ayudas públicas]. Fue una enorme caída del caballo. No había la lógica escolar de 'si estudias te irá bien'. Estaba trampeado. Aunque estaba yendo bien, la quitaron de un montón de cines. Además, ¿quién iba a creer que la quitaban por eso? Todo el mundo iba a pensar que era porque no la quería ver ni dios. Cinco años después tu periódico reveló estas prácticas. Yo las sufrí en carne propia».

El desencanto le pasó al otro extremo: «Intenté hacer cine industrial... Sólo quedaba tirarse al otro lado y fue un horror». En efecto, Un buen día lo tiene cualquiera (2007) no compartía el talento desopilante y muy singular de Mamá es boba, y a Lorenzo se le empezaron a acumular problemas económicos con cierta falta de dirección -se dedicó durante un tiempo, y aún lo hace, a hacer maquetas para películas, escenografías-.

Total, que decidió comenzar a dirigir dentro de su propia cabeza.

«Me di cuenta de que no hacía falta contratar a actores, localizas donde tú quieres, no hay límite presupuestario... ¡Tenía que haber empezado a escribir antes! Además, aquí sí funciona la lógica de, digamos, Adam Smith: si lo haces bien, tienes premio».

Del ominoso centro de Madrid, donde había vivido los faralaes y las cutreces del mentiroso mundo del cine, se trasladó a la verdad rural del pueblecito segoviano en el que vive desde hace 10 años, e inesperadamente lo que parecía un paso atrás fueron dos hacia adelante sobre todo con Los asquerosos, la novela que le catapultó en 2018 al miniestrellato literario español.

Ahora, de nuevo tirando piedras contra «mis propias mierdas», como dice él, ha titulado su nuevo libro Tostonazo (Blackie Books), como para reírse hasta de su sombra -aunque ya saben que el payaso siempre se ríe sobre todo de nosotros-.

El plan, el de siempre: «Esto es lo de siempre: empezar con un problema y hacerlo crecer, a ser posible problemas que hayas tenido tú, para venir con la documentación ya preparada. A mí me ha pasado, no tener donde caerte muerto. Si has experimentado los problemones, sabes lo que es bracear para salir de ellos».

¿Y cuáles son los problemones? «El amor y la pasta, siempre. Lo demás son derivadas»

Lorenzo ajusta cuentas con el cine en la primera parte de la novela, carcajeándose de las miserias del gremio -«si dinero llama a dinero, miseria llama a miseria»- vistas por un meritorio que se abre paso como un lazarillo, tal cual hizo él.

Y luego -otra de sus constantes- el protagonista huye a la España provincial -en este caso, a Ávila; Lorenzo vivió toda su juventud en Valladolid-, a acompañar a un tío abuelo pachucho. Y ahí, la ternura y la discreta caspa de nuestra inimitable españita.

«Nuestra tradición realista es increíble, es nuestro fuerte», dice, «yo no creo en viajes interestelares, ni en martillos de Thor, ¿cómo es eso del martillo de Thor?».

A él dale una estepa castellana como esa a la que va a trasladarse en breve después de 10 años en Segovia, o el colegio del Opus en que disfrutó «de los seis a los 16 años», y disfrutar no en su acepción genérica: «Soy un ateo como dios manda gracias a aquel colegio, pero debo admitir que había allí un enorme interés por el teatro, por el arte... Era una gozada. Hay que conocer las paradojas que nos rodean».

De nuevo, el contrilla español en su máximo apogeo.


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