Smiley, la peor serie de la semana: banalidad gay
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16 Diciembre 2022

Smiley, la peor serie de la semana: banalidad gay

La obra de teatro que conquistó algunos corazones hace una década reaparece como una comedia romántica pueril, repetitiva y cursi.

El viaje de Smiley empezó en un pequeño teatro de Barcelona en 2012. Diez años después, la historia de dos chicos cuyo amor nace de un malentendido telefónico es una serie. Por el camino la inocencia no es lo único que ha perdido.

Entre los espectadores que la disfrutaron en su momento en la sala Flyhard había un robot tomando notas. Hoy ese androide es una de las inteligencias artificiales con las que jugueteamos para ver si saben escribir, dibujar o encabezar la rebelión de las máquinas. Una IA que recibió la siguiente orden: «convierte esto en una serie». El resultado se estrenó hace unos días en Netflix.

No, lo anterior no es cierto. Firma Smiley el autor de la obra de teatro, Guillem Clua, que con la excusa de que ya era de hora de tener comedias románticas comerciales protagonizadas por dos hombres homosexuales, se sube al carro que tan mal le funcionó a la reciente Bros. La insistencia promocional en lo inédito del proyecto hizo a Bros olvidarse de que como comedia romántica era pasable y, sobre todo, vendible. Smiley no ha sido tan pesada promocionándose, pero sí ha creído que su peculiaridad podría ocultar sus carencias. Unas derivan de la falta de medios (su presupuesto parece ínfimo), otras de la confianza en un público cautivo garantizado y alguna que otra de obviar que a estas alturas de la película ya hemos visto muchas series mejores.

Los protagonistas de Smiley son una mezcla de estereotipos exagerados y sueños aspiracionales. Bruno (Miki Esparbé) es serio, tranquilo y aburrido; Àlex (Carlos Cuevas) es frívolo, nocturno y hedonista. Su relación, convenientemente forzada a través de las reglas de la comedia romántica, es un ni contigo ni sin ti pasado por el filtro de lo que creen que es Ser Gay algunos urbanitas homosexuales incapaces de mirar fuera de su claustrofóbica burbuja. Pero todo sea por ser más comercial, claro. Todo sea por ser más Gay. Esas ganas de ser accesible explican también que Albert Triola y Ramón Pujol los protagonistas de la Smiley teatral, no estén en la serie (Triola) o queden relegados a un desaprovechado personaje secundario (Pujol). Los Bruno y Àlex de Netflix son Miki Esparbé en piloto automático y Carlos Cuevas, de nuevo en un personaje diseñado para calentar a ese urbanita homosexual teórico al que la serie va dirigida y cuya historia es sin duda más interesante que la de Bruno y Àlex.

Para rellenar tiempo y disimular su falta de foco, Smiley incluye otros personajes y tramas. Nada ni original ni reseñable, pero ese no ha sido nunca el problema de ninguna comedia romántica. Que la nueva comedia gay de Netflix sea tontorrona y superficial no es malo. Que sea repetitiva, cursi y pueril, por muchos chicos follando que salgan en ella, sí.

Smiley habría sido un hito si explorase sus ideas con un mínimo de voz adulta. O si su humor fuese menos chapucero. O si al un programa informático al le hubieran dicho: «No te esfuerces demasiado con estos chicos, que luego no te quedan fuerzas para montar Skynet».


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