The Velvet Underground, el grupo que dijo no a todo
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16 Octubre 2021

The Velvet Underground, el grupo que dijo no a todo

Todd Haynes retrata en un documental definitivo los orígenes y el sentido del grupo que redefinió el sonido de los años 60 y que activó una completa revolución en el rock &roll antes de autodestruirse

Crítica Todd Haynes recupera intactas las infinitas voces y profecías de Lou Reed

«La música sondea el cielo», se lee en el frontispicio del documental de Todd Haynes empeñado en poner imagen a lo que fue, sigue siendo y será The Velvet Underground. La frase de Baudelaire quiere ser a la vez advertencia y libro de estilo. Si el sonido de la banda de Nueva York reordenó la energía de un tiempo convulso y eléctrico del que surgió entera, como Atenea de la cabeza de Zeus, la promesa de un futuro no necesariamente mejor pero sí infinitamente más deseable (y aun deseado), la película que fue presentada en Cannes y que ahora se estrena en Apple TV ofrece la perfecta imagen sinestésica de ese estallido.

Pero, ¿cómo representar lo que no tiene rostro? ¿Cómo reimaginar el pasado de un grupo del que, pese al mito que le mantiene intacto, apenas se conserva material gráfico tradicional? Sí, existen infinidad de fotografías y películas recogidas al azar como en un naufragio, pero nada más. De hecho, el motivo de que nunca antes se haya abordado un trabajo como éste reside en una razón tan rutinaria y perezosa como que no se conserva apenas nada rodado de sus actuaciones ni memoria más allá de la leyenda de las célebres Exploding Plastic Inevitable con las que Paul Morrissey revolucionó el concepto de una actuación en directo.

«A diferencia de lo que ocurre con cualquier otra banda, en este caso, la idea de hacer simplemente un documental era imposible. El material de archivo experimental o de la época que utilizamos finalmente no está ahí para decorar la historia sino que es el propio firmamento que la música, como diría Baudelaire, excava y sondea», comenta Haynes consciente de haber hecho de la necesidad virtud. Y sigue: «El verdadero argumento no es tanto la banda como el espacio mismo en el que primero surgió y poco después transformó completamente. Ver el Nueva York de antes de la Velvet y ver lo que quedó de esa ciudad después de la irrupción del fenómeno liderado por Lou Reed y John Cale es tanto como ver el propio rostro del grupo».

Maureen Tucker, John Cale, Sterling Morrison y Lou Reed.Maureen Tucker, John Cale, Sterling Morrison y Lou Reed.APPLE TV

La película, que sólo puede llamarse como se llama (The Velvet Underground), es un collage que como un caleidoscopio de ácido y sueño explota en la mirada del espectador a través de las esquirlas dejadas por 600 horas de archivo y más de 7.000 imágenes quietas. Y en medio, los testimonios de los supervivientes, con John Cale a la cabeza, y del gran ausente, Lou Reed (fallecido en 2013), cuya presencia es convocada en un ouija hipnótica a través de las infinitas grabaciones de su voz monocorde siempre quebrada.

El primero en aparecer es John Cale. Haynes no oculta su nada velada preferencia por él. En 1962, el músico se presentó en el programa de la CBS I've Got a Secret. Su secreto era un concierto en el que para pasmo de espectadores y paseantes interpretó al piano la misma pieza una y otra vez durante 18 horas. El galés de esqueleto desarbolado y cabello opaco llegó a Nueva York para revolucionarlo todo. Y hacerlo desde el primer instante y desde el apartamento que compartió con el cineasta y artista de más cosas Jack Smith y el actor, además de genio multimedia, Tony Conrad. Cuentan que los tres dedicaban buena parte de su tiempo a sentir desde dentro el placer intenso de una única nota sostenida hasta mucho más allá de lo soportable por cualquier otro que no fuera ninguno de los tres.

Quizá sólo uno más podía ser capaz de tanto: Lou Reed. Cale y él se conocieron por la misma razón que el asesino flirtea con su víctima: para apreciar de cerca el color de la sangre ajena. Uno era el artista puro, radical y místico. El otro, el ángel negro de todos los pecados, violento, caprichoso y orgulloso de cada una sus debilidades. Se cuenta en el documental que es mentira que de niño su padre hiciera que le aplicaran electroshocks para curar su incipiente y persistente homosexualidad. Lo cuenta su hermana y en el desmentido va el rastro de una leyenda enamorada de cada una de sus mentiras. Se dice que un buen día, obstinado suicida vocacional, el hombre que convirtió la heroína en bandera de redención se cortó adrede la mano con un cristal porque simplemente quería hacerlo y así dejar de tocar. Pero todo no son más que recuerdos hilados en un puzle que se hace grande en cada uno de sus vacíos, en la detallada descripción de lo huecos.

Lou Reed y el resto del grupo The Velvet Underground.Lou Reed y el resto del grupo The Velvet Underground.

«Ellos», habla el director, «funcionaron completamente al margen de todo desde el primer segundo. Quisieron ser una excepción en los años 60, que ya era de por sí una excepcional excepción». Reed leía a Burroughs, a Ginsberg, a Selby y a Delmore Schwartz, y desde ahí, desde su convencido caminar hacia el abismo, la noche, los garitos oscuros de cuero apretado y, otra vez, la heroína se sabía desde el primer segundo una estrella de rock. Y la mezcla, de por sí cacofónica entre el elegante experimentador de formas y el agresivo experimentador de sí mismo se hizo cuerpo en el sonido agrio de un milagro imposible.

Fue idea de Paul Morrissey traer a Nico a la banda. Se cuenta que Andy Warhol, el presumible productor de ese primer disco con ella (The Velvet Underground & Nico, 1967) en realidad no hizo nada. O mejor, no hizo nada más que enamorarse de Lou exactamente igual que Nico. Por la pantalla desfilan las huellas, que también son heridas, de aquel tiempo y todo, poco a poco, cobra sentido. Habla el cineasta Jonas Mekas y a su lado el inclasificable inventor de sonidos mudos y de estruendos ciegos La Monte Young. Habla la crítica de cine Amy Taubin y, por supuesto, la batería del grupo Maureen Tucker, que transformó la percusión en amenaza sonámbula.

Al llegar aquí, ya queda claro que un documental de Todd Haynes no puede ser sólo un documental. De hecho, y en sentido estricto, es su primer documental. Pero no lo parece. Y no lo es por la misma razón que su película sobre Bob Dylan, I'm not there, acabó por ser lo contrario a una película sobre la vida de nadie, y su cinta a vueltas con el ajetreado glam de David Bowie e Iggy Pop se transformó en la narración estridente del espíritu estridente de un tiempo esencialmente estridente. «La capacidad de rebelión y revolución de un artista depende en gran medida de su convencimiento para decir no. Y la Velvet dijo no a todo, colocándose en una lugar completamente inédito y a la larga deseado por todos», comenta el director en su deseo quizá de hacer coincidir la negación revolucionaria del grupo de sus obsesiones con la suya propia. Todo The Velvet Underground no es más que un documental que se niega a ser construido desde otro sitio que no sean los pecios de una época que ya no existe y a través de imágenes perdidas para siempre. Y así.

Para cuando llega el siguiente álbum, White Light / White Heat, 1968, ya todo está dicho. El sonido amarillo y dulce de ese plátano que invadía la portada de su debut lo ha cambiado todo. El milagro queda consumado y todos tienen claro que el mundo acaba de ser partido en dos. Sólo queda una arrebatada borrachera de anfetaminas que, cuenta la cinta, fue el caldo de cultivo de ese segundo disco. Ellos fueron los que introdujeron en el rock and roll las ganas de experimentarlo todo y la idea de que el rock and roll podía y debía o ser una forma de arte o no ser nada más que nada.

El afán autodestructivo de Reed, en la narración de Haynes, lo puede todo. Reed se deshace acto seguido de Cale como antes se había desposeído de la gracia de Andy Warhol. Quién sabe si en realidad no fuera todo el resultado de un meticuloso ejercicio de suicidio creativo. Quién sabe si la supuesta furia incontrolada con la que Haynes dibuja cada decisión de Reed no obedeciera a un plan calculadamente perfecto. Y satánico. Lo cierto es que, contra la propia tesis de la película, la sustitución de Cale por Doug Yule no se tradujo en nada más que en el prodigioso tercer álbum de la banda. En 1969, The Velvet Underground (siempre el mismo título) fue, como vuelve a quedar claro, una obra profundamente pasional, profundamente mística y profundamente sucia. Puro Reed. Para cuando se llega al último disco, Loaded, 1970, la película ya está exhausta, cansada de su intensidad. Y Cale vuelve a contar la vieja historia del reencuentro con Reed, de la amistad (o casi) recuperada. Y de la convulsión del principio se llega a la calma del mito eterno.

Cuenta Haynes que la primera vez que llegó a Nueva York apenas tenía 11 años. Era un viaje en familia. Corría, si las cuentas son correctas, el año 1972. La Velvet para él apenas era nada entonces. Pero la ciudad le impresionó tanto que decidió en ese mismo instante que abandonaría su California natal para irse a vivir allí. Luego descubrió que Nueva York era lo que era entonces por culpa de Reed, Cale, Morrison, Tucker y Nico; cinco tipos convencidos de que la música sondea y excava el mismo cielo.


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