Últimas noches con Serrat: ''Yo estaría aquí cantando hasta soltar el bofe, pero tampoco está uno como para dar espectáculos''
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8 Diciembre 2022

Últimas noches con Serrat: ''Yo estaría aquí cantando hasta soltar el bofe, pero tampoco está uno como para dar espectáculos''

''Olvídense de las nostalgias y de las melancolías. Estoy despidiéndome con alegría tras una carrera en la que he sido muy feliz'', dice en la primera de sus tres noches de despedida en Madrid

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El grupo toca los acordes flamencos de Dale que dale y Joan Manuel Serrat sale del fondo como quien va de paseo. Cuando llega al borde del escenario saluda abriendo los brazos y se inclina un poco ante las 12.000 personas que se han puesto en pie para aplaudirle. No quiere más, es solo una reverencia, un momento. Sonríe como sonríe Serrat. Entonces se acerca al micrófono, canta los versos de Miguel Hernández y comienza el concierto con la suavidad con la que zarpan los barcos.

Lo deja claro a las primeras de cambio: "Olvídense de las nostalgias y de las melancolías, déjenlas a un costado. Estoy despidiéndome con alegría tras una carrera plena y divertida en la que he sido muy feliz". Hombre, hombre, señor Serrat, lleva seis décadas alimentando la nostalgia y la melancolía de millones de oyentes y ahora nos viene con una fiesta en su despedida. Y una despedida definitiva, además, que ya se sabe que tras la armadura de ironía usted es hombre serio y grave, más cantor que embustero.

"Joan Manuel Serrat / casado, mayor de edad, / vecino de Camprodón, Girona. / Hijo de Ángeles y de Josep, / de profesión, cantautor", se definió en A quien corresponda, una canción que no sonó esta noche, como muchas otras, porque son tantas.

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No es que sobrara nada en el repertorio, pero esta mujer que tengo dos filas más adelante agarrando su abrigo contra el regazo probablemente habría estado flotando sobre su asiento cuatro o cinco horas más. Lo mismo que ese otro que se sonreía cada vez que empezaba una nueva melodía, y la reconocía y la saludaba como a un antiguo amigo que te encuentras de improviso.

Pero usted, que es cantautor de profesión y, como cantautor, un profesional, no quiere ver a nadie triste esta noche. Con la ayuda de sus dos escuderos más fieles, los pianistas Ricard Miralles (también de 78 años, su colaborador desde finales de los 60) y Josep Mas (68 años; más de cuatro décadas en su compañía), la música se desliza con abundantes detalles luminosos y distendidos, arreglos incluso ligeros, como en Señora, No hago otra cosa que pensar en ti, Algo personal o Tu nombre me sabe a yerba, y por supuesto en El carrusel del Furo, tan juguetona, y, bueno, en Hoy puede ser un gran día, que es la canción más optimista de nuestras vidas y que bien podría haber servido de gran final, con esos últimos versos: "Hoy puede ser un gran día / y mañana también". Canciones que hacen frufrú, sonido de jazz de cafetín o de pequeña banda de música popular, un septeto dominado por los pianos con viola, acordeón, saxofón, contrabajo y una guitarra eléctrica tan rítmica como solista, tan discreta como eficiente.

Suena vivaz y alegre el señor Serrat cuando canta a Antonio Machado en Cantares, uno de los grandes momentos de la actuación, y cuando vuelve a Miguel Hernández en Para la libertad, donde también saca a trotar su vibrato ya anciano ("azucenaaaaaas"), y más melancólico y tierno en las Nanas de la cebolla: una estupenda interpretación envuelta en suspiros.

Pero al final se puede escapar de todo excepto de uno mismo y la nostalgia es, realmente, el mar por el que más ha navegado su barca estas seis décadas. En mitad del concierto, ante la certeza de estar en 'el último concierto' del cantor en el otoño de sus días, más de un espectador veterano (mayoría) debió sucumbir a la añoranza de algo que aún podía sentir y escuchar, y disfrutar, y celebrar, porque las canciones de Serrat han sido siempre una celebración, y mientras canturreaba, por ejemplo, Aquellas pequeñas cosas, pensar al mismo tiempo en que todo aquello lo estaba perdiendo para siempre. Nunca fue más cierta, ay, la letra de Lucía: "No hay nada más amado / que lo que perdí".

JAVIER BARBANCHO

Pero Serrat se muestra socarrón y alegre ante el muy apacible público; está despidiéndose del escenario a punto de cumplir 79 años y no quiere hacer concesiones a la sensiblería. Bromea sobre los achaques y hasta sobre la reina de Inglaterra, no deja de sonreír y podría haber cantado mejor que nunca Tío Alberto, cuando dice aquello de "Qué suerte tienes, cochino. / En el final del camino / te esperó la sombra fresca / de una piel dulce de 20 años". El hombre lleva ocho meses recibiendo cariño en grandes oleadas y diciendo adiós a lo grande. No hasta luego: adiós. En total, una gira final de 74 conciertos, 45 de ellos en España. Esta noche era la primera de las tres en el WiZink Center de Madrid, "una ciudad que tanto me ha querido durante tanto años y con tanta complicidad", dijo. Luego actuará en Andorra y finalmente otras tres noches en el Palau Sant Jordi de Barcelona justo antes de Navidad.

Lo hace justito de voz, sufriendo en las melodías más vigorosas, pero estupendo de voz, según se quiera tener en cuenta la edad de sus cuerdas vocales. Y lo hace sin dejar de hablar entre canción y canción. Recordando al abuelo asesinado en la Guerra Civil y abandonado en una cuneta, a Miguel Hernández, "un hombre que amaba profundamente la libertad y la vida, y las dos se las arrebataron", a su padre, que "trabajaba como lampista, un chapuzas del gas y el agua", y a su madre, "que se dedicaba a lo que eufemísticamente se decía sus labores, es decir, a trabajar como una mula".

Así que la nostalgia y la melancolía, sí, se extienden por el gran recinto en la parte final del concierto, cuando suenan Pare, Mediterráneo (oportunamente más lenta y plácida que en la versión original), Aquellas pequeñas cosas (cantada mansamente por el público), De vez en cuando la vida y Penélope.

"La vida es lo que uno recuerda y cómo lo recuerda", reconoce ya tras dos horas y cuarto de concierto, citando a García Márquez, antes de cantar Los recuerdos, todo melancolía.

"Yo estaría aquí cantando hasta soltar el bofe, pero tampoco está uno como para dar espectáculos", dice antes de afrontar la despedida, las luces de todo el pabellón iluminadas, para que empiece a sonar le verbenera Fiesta entre palmas y con todo el público en pie.

Y qué fiesta, Serrat, qué fiesta, pero qué pena.

JAVIER BARBANCHO

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