Un 'paraguas nuclear' para la central de Zaporiyia
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19 Agosto 2022

Un 'paraguas nuclear' para la central de Zaporiyia

Zelenski reclama a la ONU que promueva la salida de los rusos de la central y la convierta en una instalación protegida

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El presidente turco, Recep Tayip Erdogan, se ha empeñado en convertirse en puente entre dos mundos que han cortado sus vínculos. Así que este jueves se desplazó en avión hasta la ciudad polaca de Rzeszow, curiosamente el mismo aeropuerto al que llegan las armas occidentales, y de ahí, ya en coche, hasta la monumental Leópolis, un puzle histórico de la historia de Europa, a unos 150 kilómetros de distancia, donde le esperaba Volodimir Zelenski tras hacer una visita al hospital de la ciudad para condecorar a soldados heridos y mutilados en el frente. A diferencia de muchos líderes internacionales, Erdogan no se desplazó hasta Kiev, sino que tuvo que viajar el propio Zelenski hasta la llamada "capital cultural de Ucrania". Se vieron en el palacio de Potocki.

El 5 de agosto Erdogan se reunió con Vladimir Putin en la ciudad rusa de Sochi, y no es descabellado pensar que ambas citas, aquella y la de ayer, están relacionadas. Muchos ucranianos ven en Erdogan un negociador al servicio del presidente ruso, aunque es evidente que tiene su propia agenda en la que algunos asuntos, como su interés en ocupar el norte de Siria, pueden colisionar con otro aliado del Kremlin: Bashar Asad.

El presidente turco buscó este jueves un acuerdo previo con Zelenski para un rato después sentarse en la mesa junto a Guterres, secretario general de Naciones Unidas. Intentó relanzar algún tipo de alto el fuego como primer paso para acabar con la guerra, un escenario que aún se ve muy improbable viendo la evolución de la invasión. Ninguno de los dos bandos ha cumplido sus objetivos. Putin no tiene aún la totalidad del Donbás, un objetivo de mínimos, y está lejos de conseguirla. Zelenski ha prometido liberar todo el territorio ocupado por Rusia, incluyendo la ilegalmente anexionada Crimea y sólo ha llevado a cabo pequeñas contraofensivas. Ninguno de los dos tiene ningún incentivo para sentarse a negociar.

Lo que sí puede desbloquearse es la presencia de tropas rusas en la planta nuclear de Zaporiyia. Zelenski pidió a Guterres que sea la ONU la que «garantice la desmilitarización» de la central atómica «para evitar una catástrofe de proporciones desconocidas». Pero sin permiso del invasor ruso, parece una entelequia. Ahora la pelota se encuentra en el tejado celeste de la ONU. «Naciones Unidas tiene que encargarse de la seguridad de ese lugar estratégico, su desmilitarización y la completa liberación de las tropas rusas», dijo el presidente ucraniano.

Es la primera vez que a la organización supranacional se le pide que se haga cargo de una instalación de estas características. Como demuestran las imágenes tomadas por satélite, Rusia lleva meses usando la central de Zaporiyia como almacén de armamento pesado y como lanzadera de ataques al otro lado del río Dnipro controlado por Ucrania. Consigue Moscú de esta forma proteger sus columnas blindadas de los letales ataques de los misiles Himars, que van destruyendo cada depósito de armas y combustible rusos a larga distancia, pero incapaces de usarse contra la central por razones lógicas.

Moscú ha acusado por su parte a Kiev de atacar la central, una denuncia que en realidad se hacen mutuamente. Lo que sí ha hecho Moscú es desconectar la planta del sistema de energía ucraniano para conectarla al ruso.

Rodeados cada líder por seis de sus ministros, era fácil distinguir a turcos de ucranianos por los trajes de unos y las camisetas verde oliva de otros. El asunto tras la central nuclear fue el grano, que va saliendo con cuentagotas del puerto de Odesa vía Estambul. El viernes Antonio Guterres visitará esa ciudad para comprobar in situ que se cumplen los compromisos de exportación del cereal ucraniano.

La curiosidad la puso el más extraño del séquito de Erdogan en Leópolis: Haluk Bayraktar, dueño de la empresa que factura los famosos drones con los que Ucrania detuvo a las columnas rusas en las afueras de Kiev. Esta compañía ha regalado hasta 24 de sus modelos de reconocimiento a Ucrania, además de algunos modelos de ataque pagados con donaciones anónimas procedentes de los Países Bálticos. Su compromiso con Kiev parece total y no es extraño que firmen nuevos contratos para enviar más drones, cuyo nombre ha inspirado una canción en Ucrania que se escucha a todas horas en las radios de los taxistas.

Desde el principio de la invasión, la importancia de la ciudad de Leópolis ha sido capital en el esfuerzo de guerra ucraniano. No sólo era la puerta de salida para millones de refugiados que llegaban de todo el país, sino la de entrada para decenas de miles de hombres y también mujeres dispuestos a alistarse en su ejército. Algunos de ellos eran extranjeros, pero la mayoría eran ucranianos con el servicio militar. En sus hoteles y sus cafés la actividad fue frenética en esas primeras semanas, ya que la mayoría de las embajadas occidentales se trasladaron allí por su lejanía con el frente. Los servicios secretos ucranianos buscaban espías rusos mientras EEUU insistía a Zelenski para que se trasladara a la seguridad de esta ciudad. Finalmente lo ha hecho, pero no para terminar con la guerra ni para rendirse.


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